San Mateo, tierra encantada
Desde Antarumi hasta Piscuy,
la magia teje su lliklla de colores
en los cerros, y el viento
canta entre molles y retamas.
En el camino de Ninatinco a Alfapata,
la brisa es perfume de quitarrura y tuna,
tierra que exhala sueños de chamana.
Puntamocco y Llachohuaycco,
Ccollca, Tominguillohuaycco
hasta sus lagunas de nostalgia plateada,
guardan historias de amores
en sus cristalinas aguas,
Donde las nubes de los Apus
ordenan lluvias
para el allinkawsay,
donde el tiempo flota
como espuma de frutilla.
Los andenes son verdes
escaleras al cielo, que se
visten de choclo y durazno
su frescura, y el rocío de escarcha
besa nuestros pies.
La mañana despierta
al ritmo de pichincos,
el sol asoma su mirada
con alegría en Puntaccocha,
dorando el frescor
de los eucaliptos y lambras.
El pregonero anuncia la reunión,
mientras el humo de las tejas
es ofrenda que se eleva al cielo.
¡Oh, el aroma de la humita recién hecha!,
la leche tibia con anís, y el ccoccao
que sana el hambre y apaga el frío.
Pastores guían sus rebaños,
llevando queso fresco, mote,
llevan pan recién horneado,
calabazas o humitas al horno.
Otros llevan el cuy asado,
otros, el chicharrón crujiente.
¡Banquete de la tierra generosa!.
En Punopata, la quena solloza el tiempo,
su melodía se pierde en los cerros,
mientras la tinya redobla
la alegría de los huacataquis.
Cuando la noche cubre su manto,
lamparines y linternas son estrellas
que titilan en los caminos
guiando el regreso tras la minka.
Bajo el cuero de oveja,
las voces de los abuelos
narran leyendas de fantasías
y sucesos épicos,
mientras luces misteriosas
de aulos danzan sobre los tejados.
¡Oh, San Mateo!, joya de Tintay,
tierra del oro, del cobre,
de la flora que canta
y fauna que susurra.
Te llevo escrito
en el mármol de mi alma,
como escudo eterno
de mi historia:
revolucionaria, combativa,
oculta en mi primer verso.
—Christian Aycho Carbajal



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