Desierto
Ya no sé
cuál es la verdad.
Naufrago en un mar
de rostros
quebrados
de espejos heridos
de esquirlas astilladas,
donde mis sentidos
atraviesan en sombras
danzando al compás
de las
mentiras.
Las apariencias
son cristales
opacos,
que reflejan
vacíos,
caretas opacadas
fantasmas sin
rostro,
sin huella de
espíritu.
No hay savia
en lo que toco,
ni luz en lo
que miro.
mi mundo es un
reloj
sin manecillas,
Mi existencia
un mapa
sin brújula,
sin razón,
donde las
formas
han perdido su
nombre.
Las personas
son marionetas
de barro,
sus almaterias estrellas
apagadas sin
luces
Sus
personalidades,
máscaras de
cera
que se derriten
bajo el sol de
la hipocresía.
Se esconden en
laberintos
en caretas de
espejismos,
engañosos.
Donde el eco de
sus voces
solo repiten vacuos
silencios
de un adiós
perenne.
Las lágrimas de
los dioses
son ríos tormentosos
que destruyen
corazones
No le encuentro
sentido
a este teatro
de sombras.
¿Acaso Dios ha
olvidado su obra?
¿O acaso el
cielo
se ha cansado
de mirarnos?
Todo se ha
desvanecido,
incluso el amor
propio,
ese fuego que
una vez
nos iluminó a
la humanidad.
El amor al
prójimo,
es ahora es una
idea
una estrella
fugaz
un destello abstracto
que se
apaga
con la obscura
maldad
de noche indiferente.
La esencia
humana,
Aquella chispa
que nos hacía
soñar,
que nos
empujaba a luchar
que nos motiva
a recorrer
el fango, llanuras
espinosas
lamentos
reverberantes
en sol, sed y estómagos
vacíos
por causas
justas,
por los grandes
sueños,
se ha
convertido en cenizas.
Pero aún
respiramos algunos,
como árboles
sin hojas
con el pilar
fuerte
sobre la Pachamama
en medio del
desierto,
con raíces
profundas de bondad.
Esperando la
primavera
para relucir las
ramas
que se
extienden
para dar
refugio,
con frutos que
alimentan
el corazón de
millones
de almaterias
que liban
de tu alquimia
cuántica.
Este desierto,
árido y desolado,
aún guarda
semillas de esperanza
cada cápsula en
la piel del tiempo
en el pliegue
de la Pachamama
bajo la arena
seca y febril
latiendo la
promesa
de un nuevo
Edén.
Depende de
todos nosotros,
de nuestras
manos cansadas
pero firmes, firmes
y deseosas
con la lumbre,
con la fuerza
de la energía
que nos da el latido
la chispa
divina, para regar la tierra
con sudor y
lágrimas,
Para volver a
cultivar
Regar y mantener
guirnaldas vivas,
que una vez
fuimos
desde nuestra
esencia
hasta el
horizonte
de la primavera
del Edén cuántico-cósmico.
Autor: Christian Aycho Carbajal



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