El Cansancio


















La sombra tétrica de una entidad me 
persigue,
pesa y pisa hondo, hunde el blando
piso
Salta y tuerce el corazón con latidos que 
lastiman 
Y en la mente, desgarra los brazos de los 
axones; 
tiemblan las dendritas como péndulos fluyendo más dolor.

Posa sus pies en temblor relajado,
sin paz,
me absorbe una oscura e indecible
angustia 
en mis ojos ahogados en un salado
mar
donde las olas lapidan las
orillas
de mis párpados. Ola tras ola hieren fuerte
la sien y las constelaciones
de mi conciencia en un torbellino en
erupción.

Sus gritos enjaulados sorben
remolinos,
susurrando cálido vapor en tormentas neuronales
que estiran y desgarran los brazos de las dendritas,
licuando más dolor, inflando fuego en las sienes.

Con ríos ácidos de saliva que rasgan el 
esófago,
con jadeos atrapados en las fosas secas, sin aire en la atmósfera neuronal.
La luz que atormenta la órbita ocular, irradiando 
insomnio.
Las paredes duelen como ruptura de los latidos rojos.

Lija el aire en los alvéolos, seca y ahoga su paladar,
remordiendo la mielina en palpitantes miedos
que asfixian,
Algo como sentido golpe, duerme en coma la cabeza,
mientras los ojos aún palpitan como en lenta
agonía,
con un hilo de nostalgia y preocupación que no cesa.

Un pliegue de su luz aún titila en sus
latidos,
calienta sus palmas y yemas de frío
sudor.
Angustias que cierran y vuelven a abrir sus párpados,
mirando luces blancas y difusas de
fiebre.

Respira gélidas voces que estallan
la sien
con miradas en el punto difuminado y
sin rostro
Late sin corazón con el núcleo de molesto
volcán
un núcleo sin núcleo que duele, encadenan e incinera.

Se desmoronan y deforman sus
pensamientos
que retornan a la densa nebulosa de tormentas.
Y el agujero que absorbe y muele el cuerpo en ahogos profundos,
estrangula las almas de los sosiegos en taquicardia,
brinca en sus párpados el viento roto en 
calma,
calienta sus órbitas y vuelve a calcinar 
sus ojos.

Un parpadeo y sigue demoliendo sus
ojos,
barre sus pestañas, despelleja sus
velos oculares.
Su mirada se desnuda y se vuelve a
plegar:
el cansancio muerde rabioso otra vez su 
mirada
con vértigos que cincelan fuerte como
flechas
sus angustias, que atan almas y
cuerpos
en sufrimiento dantesco sin escapatoria 
sin salida

Queda atrapado en su cubo que ahoga, 
su prisión
Un sismo que se vuelve una y otra vez al
inicio.
el problema, al dolor laten los 
momentos rotos
su preocupación es un punto de seguido
intermitente...

Escribe sus voces en latidos sintonizados,
latidos
que observan su rostro ajado. Y de su mirada un reflejo lo observa
en su cansada prisión que aplasta
sus lados.

Dura celda sin rejas, sofocante y sin paz,
quebrado en la curva del abismo.
El sueño reclama bajo la sima su
cuerpo;
sus pulmones esfuerzan sus pulsos
rotos

El dolor se desliza el peso de un tonel en el tímpano
Algo obstruye su redentora brisa de la
mucosa

Sus pensamientos siguen ahogados en
dolor
unas personitas pequeñas bucean en la
vitrina
En la pecera siguen golpeando sus manitas el vidrio sin respuesta
con gritos desesperados, agonizando
sin oxígeno,
balbuceando lava de sufrimientos en sus
párpados.

Sus jadeos espiran el tiempo que rasga
sus fosas
y bellos, rosa sus fríos silencios.
Sus pensamientos

retornan, nudo en la tráquea; la mirada de sus lóbulos rojos,

Una pupila negra y blanco brillo, vuelve a vigilar
sus velos.

El sueño forza el descanso en su
pecho,
cura sus pliegues, lo centra en sus
recuerdos,
le susurra palabras que le devuelven el dolor,
atormentándolo nuevamente.

Estira sus brazos que deslizan en
escalofríos
y remembranzas. Sus pensamientos
hundidos
reviven su mirar en el peso del
dolor
y los respiros sin oxígeno en la
cabeza.

Pesan sus cielos, pesan los ojos y su
cabeza.
La luz molesta a sus cansados
ojos
viento caliente con secas
miradas
en papel disuelto y chispa de piedra
cincelada

Un cabello muerto yace
caído,
el cansancio difuso lo ha
descifrado.

La pupila mira sus bordes,
unas lágrimas
rozando sus lóbulos, frota sus ojos,
sus dedos
palpitan el viento frío, tiemblan
al latido
su piel fría y húmeda. Ruedan
sus miradas
en la luz candente, los brillos incendian
el piso,
sus jadeos roncan y su cuerpo
tieso.

La luz de su habitación que alguien
encendió
se desliza inevitable, lo enciende y no se puede mover.
Calcina sus sienes al ver la luz, quema sus órbitas en agudo dolor.

Calienta su sangre cansada,
grita suspiros,
hilos salados de rocío frío que rizan
sus bellos.
La brisa de las hojas hiela
sus pelos
en temblor cálido que suda y
respira
donde el respiro ahoga y
no consuela.

Un suspiro vuelve a rasgar sus
pensamientos,
ciega el latido sigiloso. Vuelve a mirar
el cristal,
se detiene y para, mira y se detiene,
sin brújula.
Para, mira y se detiene, mira sus pies,
parpadea,
respira hondo e inflamado de
dolor.
La mucosa se ha disuelto como río
que seca.

Un parpadeo y el aire jadea en
fosas alegres
oxigenadas que las ventanas aletean,
dejaron
enfriar sus fosas. Que la seca lengua
lo saliva
desde sus labios y los suspiros
profundos.

Sus ojos se apagan ante sonidos que
capturan
voces que murmuran sin rozar
neuronas.
No encienden sus luces. Al fin el sueño
toca
sus pulmones y su mente se reactiva con
respiros
más hondos de esperanza. Ahora un tieso
descanso endureció su cuerpo.

Viaja en los brazos de hamaca de este
poema.
El poeta lo abraza en las paredes del
espejo,
le sugiere soluciones a sus
problemas
y un abrazo de consuelo. Estira su sábana,
cubre su pecho.

Acaricia su frente. Un susurro habla
silente:
«Todo tiene solución». Y en su silencio
calmado,
el cuerpo asiente, respira hondo y
descansa.

Cierro el cielo. Y entre ecos alejándose,
se oye
la misma voz: «¡Tu cuerpo no es máquina, descansa!
El día fue arduo y la noche eterna en
su cuerpo».

El sueño envolvió su universo, enviando
sus cansancios
al vacío que descansa hasta secar
sus miradas
que se hunden en sueños de descanso
terrenal.

Ya en su sueño viajero, su atmósfera
es viento cayendo y 
elevándose 
El viaje en el cosmos se detiene en el
presente
cava suelos con los dedos y deshoja flores de
retamas
camina sin suelos, vuela en avión
sin puertas
en un cielo envuelto en nieblas y estruendos
de guerras
Una guerra siniestra del vacío cuántico
sin soldados, sin aeropuertos, sin motores.

Levita su cuerpo y observa otros aviones
en el cielo gris de nublado mar.

Vuela al infinito sin conocido
final
El tiempo no lo ubica en el
espacio
su consciencia es un viaje a lo
desconocido
en profundo descanso del viaje del
viento

Traza horizontes volando su cuerpo
sin alas,
despega al viento como ave, mas
no es ave.
Ahora semilla en raíz de un
tronco viejo
que tomo en mi mano para lanzarlo
al río,
bajo un árbol frondoso de molle. Una
casita
humea a lo lejos.

El sol y el gallo rompieron su amanecer.
Sus ojos
ven sus esperanzas estirando
sus brazos
con un largo bostezo enredado en
nostalgia.

Observa sus manos a medio
mirar.
Sus brazos enervados buscan
ansiosos
el reloj que marca sus horas. Sus latidos encienden
el helicóptero de su corazón que parte
en vuelo.
Sus alarmas se activan, vuelven las tareas pendientes.

La rutina devastadora vuelve a disolver
estrés.
Su aliento vuelve al viento, es otro
nuevo día.
Ha vuelto a renacer en una
nueva sinfonía,
nueva sintonía con el horadado
cuerpo
en las deudas y cotidianos
problemas,
por el trabajo y las envolventes
rutinas.

—Christian Aycho Carbajal

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