La Savia de Orionis












En un lugar muy lejano

en los confines de la vastedad

de la multidimensión estelar,

un planeta conserva un Edén 

bajo el custodio de un reino.


Una legendaria galaxia 

denominada Lux, 

dónde una sinfonía etérea 

borda sus cielos 

entre nebulosas ardientes, 


Mora Amazona, huerto cósmico 

planeta gemelo de la tierra, 

joya cósmica de luz perpetua, 

resplandece con una belleza sublime.


Mas las fuerzas oscuras 

han descendido en sus aldeas, 

como rapiñas negras surgidas 

de las mazmorras del Hades,

sembrando el colapso existencial.


El averno de orcos y espectros

desgarró el gran imperio

del Rey Asturium y la Reina Luminaea,

sedientos de almas puras

desaparecer Amazona.


Colapsando urbes, aldeas,

y la tierra sagrada

con su oscuridad profunda,

la horda tenebrosa

aniquiló almas inocentes.


Incendiaron familias y raíces,

convirtiendo sueños en cenizas,

envenenaron cultivos y ríos,

segando futuros latentes.


El Rey Asturium convocó

a su consejo de guerra

bajo constelaciones ancestrales,

donde participó la princesa

presagiando el destino...


Para defender la corona

amenazada de presagios

contra el imperio de orcos,

seres de pesadilla oscura.

Fue una sesión única,

sellando pacto de acero estelar:

luchar con honor,

ofrendar vidas al cosmos.


Solo existía un camino:

¡Prefirieron la muerte erguidos,

como estrellas fugaces,

el rey miraba con tristeza 

los ojos de su reino!


Los soldados temblaban

de amor y deber profundo,

despidiéndose de hijos

cuyas lágrimas mojaron yelmos,

sus mascotas aullaban angustia.


Sus madres y padres

observaban horizonte de arrebol,

mientras vestían armaduras

guardando memorias de hogar,

abrazando por última vez

a sus seres más amados.


Sus esposas tejiendo esperanzas

en la penumbra del refugio,

con ancianos y niños

formando procesiones silentes.


Hacia catacumbas donde

sus reflejos cuánticos 

guarda plegarias eternas,

mientras miles de animales

compartían exilio forzado, 

el miedo devastador temblaba 

mientras oraban en oscuridad.


Un caballero llamado Orionis

en vigilia de acero y sueños,

recibió una visión celestial:

portal de lumbre cósmica.


Un arcano se develó

como constelación naciente:

el alma de su abuela

selló sueños estelares

en su alma con premura.


La fórmula ancestral,

secreto del universo,

componente esencial

de pureza cósmica.

El rocío sagrado

que besa mejillas inocentes,

capturado en el alba

cuando las estrellas suspiran.


Este néctar estelar del éter,

vertido como río de estrellas,

sobre espadas, lanzas y flechas,

transformó en constelaciones.


Encendió la savia lumínica

que cortó noche eterna,

haciendo retroceder

tinieblas demoníacas.


Desintegrando pieles

en partículas de luz danzante,

el rey se negó ante la estrategia 

del presagio celestial.


Pero la tropa del Este,

guiada por la sabiduría ancestral,

al mando del General,

aceptó el designio estelar.



Orionis reunió sabios

de manos conocedoras,

en horas de alquimia cósmica

dieron con la poción pura.


La probaron en ballestas;

Orionis cabalgó con leales

hacia aldea donde bestias

desollaban mujeres

y niños inocentes.


El ballestero empañó una flecha;

proyectil tornó cual cometa de ballesta 

que al colisionar con el orco,

lo hizo gritar de dolor abismal.


Infiernos huían de su cuerpo

como humo y cenizas malditas,

consumiéndose en la nada

de donde surgieron.


Confirmado el poder,

Orionis volvió como rayo lllapa, 

e impregnó todas las armas

savia calcinante de nieblas.


Mas el ejército del rey

ignoró la bendición celestial.

La contienda fue un infierno;

la Reina Luminaea cayó,


Un Orco perforó su cuerpo

en su mano desgarradora

el corazón aún latía 

mientras sorbía su alma.


Rey Asturium acorralado

por marea oscura del destino,

del Este llegaban legiones

cantando himnos de luz.


Guiadas por Orionis,

la batalla fue sinfonía divina:

orcos perecían convertidos

en polvo estelar puro.


Empalados por aceros

de energía cósmica pura,

sus almas se disolvían

en resplandor del multiverso

interdimensional.


Orionis escuchaba redobles

como latidos del universo,

los rostros de sus hombres

gritaban luz con fiereza sagrada.


Alto costo, sangre noble

regó la Pachamama estelar,

lluvias de flechas de luz

espadas, lanzas pulsantes

limpiaban las sombras.


En corazón de la lucha,

Orionis avanzó para salvar,

pero llegó segundos después

con el alma destrozada.


El abominable Rey Orco

hundió su oscuridad en el sol

que latía en el pecho de Asturium.

Orionis llegó milisegundos tarde.


Aquel demonio gritaba triunfo

al cosmos infinito,

rugió con voz helada

que congeló estrellas.


Enarbolando la cabeza sangrante

del monarca caído,

lamiendo sus arterias

con blasfemia demoníaca.


Orionis contuvo el dolor

convertido en furia fría,

mientras orcos los bebían

las almas de niños inocentes.


Con su lanza escribió

justicia eterna y pura:

desde la cresta de peñasco,

como dios de guerra interestelar.


Lanza celeste, hija

del rayo divina y venganza santa,

silbó canto de victoria 

destrozando yugular.


La punta atravesó corazón

que estalló en negrura,

vapores y demonios

huyeron de ser maldito.


La savia lumínica los venció,

mientras orcos restantes

huían como sombras sin dueño

tras princesa escondida.


Orionis luchó como huracán 

de luz pura y sagrada,

ordenando usar pócima

que traían en sus morrales

en olas y tsunamis de esperanza,


Venció con honor y sufrimiento

a los temibles orcos oscuros,

la princesa emergió con vida

renovada y purificada.


Los sobrevivientes alzaron victoria

tras horas de infierno,

minutos de sangre purificada,

valor y sacrificio eterno.


Orionis rescató a la princesa Elysia

de las fauces mortales,

ella cubierta de heridas

que brillaban en ahogo.


Elevada en sus brazos,

contuvo su desangro 

atando y con palabras

de aliento cósmico:

“Su majestad resista”.


“Su pueblo la necesita

entre las galaxias todas,

¡vivirá por Amazona

y por la luz eterna!”


La montó en su corcel,

con manos de sanador estelar

curó sus heridas profundas,

al romper alba cósmica.


Sus miradas colisionaron

y en sus pupilas nació el fulgor:

allí la esperanza renació,

una llama del amor los entrelazó.


Su héroe, desinfectó sus heridas

besando con reverencia  su mano, 

él le preguntó, ¿Su majestad 

se encuentra bien? y ella preguntó 

perpleja ante su luz por su nombre.


Ella lo miró con una sonrisa

que prometía futuros cósmicos,

convocó al reino entero

y al gran sacerdote estelar.


Héroes caídos descansan

en mares de lágrimas estelares,

armaduras profanas son

cenizas en viento interestelar.


El pueblo celebró la boda de siglos,

uniendo reinos de los confines

del multiverso de luz pura,

en la fiesta que iluminó nebulosas.


En la ceremonia donde las lágrimas

y la alegría se mezclaron,

Reina Elysia coronó como Rey

al caballero Orionis.


La boda fue ovacionada

por mares de aplausos,

Orionis se fundía en los besos 

de almíbar de Elysia.


Mientras una Sinfonía Cuántica

enternecía sus almas, el pueblo

enaltecía salve a los reyes,

¡Salve Amazona, salve Orionis!, 

¡Salve nuestro rey y héroe!

¡Salve nuestra reina Elysia!

¡Salve Dios por la eternidad!...


Rey Orionis y Reina Elysia,

unidos como soles del destino,

reconstruyen Amazona

sobre pilares de esperanza.


Con soldados leales

y pueblo que canta su nombre

entre estrellas brillantes,

gobiernan en edades de oro.


Recordando siempre la luz

del sueño alquímico puro

que apagó la oscuridad

para siempre en el cosmos.


Aquella savia que brota

del éter primordial,

que late en pulsos cósmicos,

en entrañas de creación.


Esencia de núcleos estelares

que disipa tinieblas,

renace en cada amanecer

del multiverso infinito.


Orionis volvió a recuperar el Edén

volvieron a florecer las semillas 

de las cenizas, abrazando

las especies que laten 

los pulmones de Amazona.


Pajarillos, ballenas, corderos,...

humanos, quarks,...estrellas,...

volvieron a entonar la sinfonía 

junto a millones de almas,

la eternidad estelar...


Porque aquella luz cuántica

de la savia ondular, es Dios. 


- Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad 

Derechos reservados ®

Perú, Apurímac, Abancay.

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