Mártires del Código Cósmico

 













Cada planta del éter 

es la representación

de los elementos químicos

que abundan espacios

específicos de los suelos.


Que en esencia con los fotones,

agua, tierra de los compuestos, 

y gases, transfiguran bellas

formas: Flores, hojas, tallos,

pieles, pelajes y jadeos.


El compuesto fluido

de la flora es alimento 

y cura para todos 

los seres vivos,

savia eterna de Dios.


Los ojos humanos 

de curiosidad y ciencia 

vieron en sus alimentos 

cura y nutrición.


Ni curanderos, ni alquímicos,

eran sabios que destilaban

Luz, filósofos anónimos.


Y no eran locuras 

sus descubrimientos

era consciencia en estado

fluido, es fulgente rayo 

que disuelve la ignorancia.


Los testarudos con miedo 

a perder sus tronos de oro

condenaron a muerte 

crucificando y apagando

a los descubridores 

del código cósmico.


Antes y desde Cristo,

Galileo, Sócrates, etc.,

eran en esencia fotones 

apagados por nebulosas,

cerraron los párpados 

de la ciencia y la conciencia.


Sumergiendo a la humanidad

a la oscuridad de supermasivo 

con supernovas que estallan

mentiras y dogmas teóricos 

fuera de la estela sagrada.


No eran brujas, ni arpías

eran luces de la ciencia 

que los dogmas agujeros

descabezaron del tiempo.


Poseían conocimientos

del alto valor bioquímico 

los secretos mágicos

de savia y estrellas.


Y no les arrancaron la vida

le clavaron una lápida 

incinerando cada germen 

de sus hipótesis,


Un negro viento se llevó

las pruebas y ensayos

en mentes que atesoraban

el verde evangelio 

que late en el xilema 

del tiempo.


La naturaleza no es dogma

es materia relativa continua 

cómo los escarabajos

que mueven el mundo cuántico.


O como las aves que al comer 

semillas, transportan la materia 

a diversos lugares del cosmos.


Flora y fauna se mueven

al son del sol, de la luna

de los vientos, del río etéreo.


No por supervivencia,

sino porque su código

es dinámico a la energía

orbital del firmamento.


El hombre deberá descifrar

estos movimientos para

afrontar su existencia.


Hasta descifre que su ADN 

es otro nombre para 

el polvo de estrellas.


Mejorando las condiciones 

de su manantial, sembrando 

los surcos del tiempo 

hasta que sus manos 

rocen por fin la corteza 

de Dios, el Edén Cósmico.


--Christian Aycho Carbajal 








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