El Tejido Cósmico
Los ojos de cada especie
miran una bóveda propia,
un cielo, un mundo.
El de la humanidad es otro,
el del tardígrado otro,
y todos son fractales
del mismo tejido.
del vasto multiverso.
En el fractal del firmamento,
entre el viento del camino,
se oía un tenue y extraño sollozo,
un chillido que cautiva la atención,
un llamado del cosmos.
Aquel día cuando papá
volvió a casa con la sonrisa
de un niño feliz,
aquella la expresión de un ser
que encontró su reflejo
en el espejo del éter.
Hijos, quiero que vean
este pequeño crío:
lo encontré de retorno,
estaba solo, moribundo
y expuesto al peligro.
Todos maravillados
contemplamos
a un pequeño bebé,
su piel era como la nuestra,
bello y frágil.
Mi papá lo calentó
en su regazo,
era tan pequeño
y sus ojitos aún
no veían nuestra luz,
nuestros rostros de ternura.
Le dimos leche y latidos
en un pequeño biberón.
Poco a poco su rostro
se fue llenando de bellos,
aquellos filamentos duros.
Su carita blanca,
su cuerpecito de roedor.
Lo más extraño
era la piel que llevaba
en su vientre:
el velo de bolsillo.
Día a día crecía más.
Se convirtió en un miembro,
un hijo más en la familia
para papá, mamá,
para mis hermanos.
Su pelaje limpio
lucía vigoroso,
era muy cariñoso,
guapo y lleno de vida.
Cuando llegó a ser joven
tuvimos que llevarlo
a su lugar de origen.
Mi papá,
mis hermanos lloramos,
nos despedimos
de un ser querido.
Aquel ser de luminostálgicos ojos
en su ser refractaba
un alma humana.
Él merece vivir
en su hábitat.
Nuestro hogar solo fue un tránsito,
el arka donde cuidamos
un fractal de nuestro mundo.
Ahí aprendí que cada piel
guarda un mismo latido cósmico.
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Cada planta,
cada animal
no son lo que la ciencia
ha tratado de clasificar
como meros seres
sin valor,
sin consciencia,
sin lenguaje.
Todos poseen lenguaje
y códigos más allá
de nuestro conocimiento excluyente.
Cada ser merece respeto
por el simple hecho
de respirar,
de sostener nuestras vidas
con su existencia,
con su respiro.
Somos el mismo tejido,
el mismo pulso,
en diferentes pieles.
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Alguien creó las larvas sombrías
para destruir los tejidos
de cada velo cósmico,
de cada cúpula de las especies.
(Pero el mal no nace de la esencia:
es un error, un vacío sombrío.)
Se adhieren a los cuerpos,
a la piel vulnerable,
a las membranas,
al torrente,
para sorber la vida.
Hay huéspedes indeseados:
que se adhieren en el andar,
que pesan cual carga,
que atan cada latido,
nos sumergen en pantanos neurales,
envueltos en nuestras pieles,
envueltos en nuestros pensamientos,
en bucles repetitivos.
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El agua no es solo hidrógeno y oxígeno.
En su paso por los cauces
es un compuesto alquímico,
el fractal del río lumínico.
Las plantas recuerdan
el origen de su luz
estallando sus pétalos
en órbita al sol,
recordándonos
que somos otras estrellas.
El mal se refracta
en el río de cristales
que hilvanan las hebras
del linaje.
Pero el canto del cosmos
se fracta desde la fuente del origen:
lo entonan la madre y el padre.
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El mal no es parte de la esencia.
Es una herida infectada,
la ausencia del río que ilumina la piel.
Si el río trae sonido,
no siempre es por aguas turbias:
a veces canta limpio.
Pero cuando el cauce arrastra huaycos,
su voz es lodo y advertencia.
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Cada ser, un fractal,
es la vida misma
en cada velo multiversal:
no somos los únicos,
ellos poseen otros niveles
de humanidad que nuestro
lenguaje aún no descifra.
Aquella zarigüeya
es aquella luz humana
en el rostro de otra bóveda,
de otro cubo del mismo
tejido del quantum.
Somos distintos frutos
del mismo río arbóreo
deslizándose en nuestras venas.
Aquel río creó la perfección,
el códice genocuántico
en nuestra esencia natural.
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Ahora entiendo:
salvar una vida
es salvar la fuente misma,
es amar la fuente inmaculada,
el gran río que teje el ser:
cada especie nombra y agradece
en sus cantos
la gran Sinfonía Cuántica.
Es cuidar la armonía,
la resonancia del Edén
que habita en cada núcleo
de nuestros fractales.
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Aquella memoria
que replica historias
de un tiempo sin barreras
en bóvedas de justicia.
Donde reencarna la luz
en el fractal de un error
del filo iónico de la intención
que colapsa los pulsos
en ciclos infernales.
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Un capullo abre sus pétalos
de pristales puros.
En nuevas pupilas
todo se nota en la belleza,
en la sinfonía de los colores,
en el aroma que habla,
en la textura interdimensional...
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Pero en el tránsito del mundo
las sombras del Hades,
las larvas del colapso
destejen y sorben
el color y la esencia del ser.
Los fractales se depurarán
en pristales puros,
tejiendo la luz de la razón existencial
en la travesía del río energético
a cada cielo ideal
del Multiverso Cósmico.
— Christian Aycho Carbajal
Dedicado a toda la humanidad
Perú, 08 de mayo de 2026
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