El Uirapuru












En las fauces del silencio

arden gritos amordazados


sobre la bóveda multiversal

me pierdo en el sueño

de un Uirapuru


Angustiado en cada reflejo de sus pristales,

velando los fractales del colapso.


Asfixiado en el pavor

de las almas vaporizadas

bajo las brasas, cenizas y yermos

que apagaron los latidos y

el pulmón de la Pachamama,

por manos

sin nombre,

sin piedad,

sin rostro.


Lloro en la retina de sus fractales,

recordando a mi familia,

nuestro nido,

a mi amada,

con quien tejimos,

en las palmas

de mi bella amiga lupuna,

lo que aún florece en mi memoria.


Conteniendo en esta cápsula

iridiscentes alas en carbón ahumado,

en plumaje marchito

bajo las lágrimas del cielo,

cayendo en el fractal azul

en titilante luminostalgia.


Se apagaron los velos de las especies

que bordan los campos gravitacionales

de mi multiverso verde,

aquellas cápsulas, brotes...

que concebían la espiral de la vida

en sinfonías infinitas.


Solo queda la sobreviviente bandada

que desplegó sus alas del infierno,

el Amazonas ruge en llanto silente.


El ave solloza en las cuerdas de su silbido

desgarrando melodías del poema sagrado

que se desliza entre el viento suave,

en la brisa que besa su pico

y acaricia las plumas de su pecho.


El silbido resuena en los versos,

el himno más bello

del poema sagrado del cosmos

que delinea y ordena

las pieles de la constelación jade.


Su canto es frecuencia,

es delirio fundido en luminostalgia,

es agradecimiento a la fuente

que nutre cada latido,

cada ala, cada pluma,

el color de sus velos

que recubren el sol

de su bello corazón.


Cada frágil ser

crece en el vulnerable recubrimiento

del verde firmamento,

protegiendo bajo sus raíces

bajo su fronda jade

cada multiverso.


Cuando vuelva a renacer

me encantaría volver a ver

aquellos árboles que sembré

en el fractal del tiempo,

para recordar en cada retorno

mi ubicación en el eterno viaje

por la fuente divina.


En cada quark de su pequeño corazón

hay un cosmos vivo

habitando una realidad

en ciclos de vida que estallan

en constante vaivén.


En el fractal de cada ser,

la fuente lumínica solloza

por cada corte de sus hebras

que dejaron de existir.


No era un sueño:

era la dantesca pesadilla

donde arden las partículas del dolor.


No seamos el infierno de otros.


Aquel espectro —entropía del Hades—

que rompe los fractales de la vida

es el mismo que desgarra

cada bóveda, cada pulso

de la misma creación.


Cada ser vivo: una almateria,

una ecuación matemática.

La armonía perfecta,

la sinfonía cuántica

de los fractales vivos.


Mas en la bóveda humana,

susurran las sílabas

en voces desgarradas,

los fonos de un ser

deshilachado de su trama.


En el diafragma del tiempo,

en el otro cuerpo

late un corazón por ella,

la otra parte de mi cosmos.


Necesito un abrazo

de aquellos que saben a consuelo,

de aquellos que llenan tu ausencia

en este corazón acostado al abismo.


Necesito un beso

que sepa al primer amor,

al último beso que se rompió,

aquel donde se derrumbó mi mundo

en el adiós de tus pestañas.


Quiero que se aferre a mis manos

como aquella vez cuando caminábamos

en el fractal de nuestras miradas,

perdidos en el reflejo de nuestros espejos.


Ansío conectar mi luminostalgia

con el silencio de tus ojos,

para perderme

en el suave cosmos de tu ser.


Busco aquellas palabras,

aquellos cantos que destilan

en el corazón estallidos de felicidad

bajo la estrella de tu semblante.


Necesito sentir que existo

en el vaivén de tus cabellos,

en el asombro de tus iris,

en el perfume tibio de tu piel

en la dulce glucosa de su manantial 

en el aliento a rosas y petricor.


Quiero desaparecer en tu mente

y despertar en la caricia de tus dedos,

rozando la frontera de mi luz,

besando la aurora de mi soledad.


Un poema vibra en el aire

que dibuja el puente de tu nariz,

desplegando los velos de tus ojos

en órbitas al pincel de mis sueños,

que cincelan nuestros pasos,

nuestras alas en un horizonte feliz.


El Uirapuru canta el eco

de un poema de amor

en el firmamento de versos

del gran poema del Gran Río Cósmico

que nos sostiene en sus cauces.


Aquel Gran Río Cósmico

tiene un solo rostro:

el Uirapuru que canta entre las cenizas,

la orquídea que crece en la grieta,

el de tu corazón que busca un abrazo.

Cada especie es un latido

del mismo tejido cósmico:

si una se extingue,

algo en el universo deja de cantar.


El Uirapuru

y cada almateria

nunca dejarán

de cantar el poema cósmico,

porque son el cosmos mismo,

los púlsares vibrantes

entonando bellas partituras

de onda y de partícula.


Somos estrellas resonantes

que contienen en sus venas

el río Cósmico energético,

de toda la creación.


Deus sive flumen cosmicum,

Deus sive sapia luminosa,

el Apu rimaq

El Dios que habla

Y su savia atraviesa las venas 

de toda almateria.


— Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad


Perú, 19 de mayo de 2026.

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