Oda al Néctar Cuántico
La armonía del tiempo
es el equilibrio que curva
las cuerdas del centro gravitatorio
que nos sostiene en la espiral.
Tu cuerpo musical
vibra la sinfonía
en la cuerda luminiscente
resonando tus pulsos
en ecos de voces,
de cantos y verbos.
Vivimos en un
firmamento estelar,
cada ser vivo
es una estrella.
Como las luciérnagas
poseen luz que vibra
fotones en su cosmos interior
pristales condensados
en su savia lumínica.
Desde el neutrino fantasmal
hasta complejas moléculas,
desde la Wolffia,
el tropidocarpum
hasta los galaxias,
la energía
es un hilo tenso
que enciende el río
de la expansión galáctica.
Un corazón que late
y vibra luz licuada,
la energía galáctica
revelando su expresión
su sonrisa alquímica
en trazos de un rostro.
¡Alégrate!
no eres simple carne.
Todos los seres
en sus venas
y en sus tallos
laten explosiones
de supernovas,
susurro de pulsares,
llevan el sello del sol
en el interminable
río cuántico.
El ADN,
es el código encriptado,
la semilla que preserva
el alfa y el omega del tiempo,
posee la savia etérea
en cada especie latente.
Todos renacemos
continuamente
en un vaivén eterno
al sur o al norte
de la transición.
Las plantas luchan
por la luz y el calor solar
mientras atraviesan
la tierra para recargar
su xilema y sus antenas estelares.
Ascienden a los cielos
con sus palmas y ramas
y besan las divinas nubes
y lluvias que bordan
sus raíces en rocío
y vida.
Las plantas,
creación sabia
diseñaron rosa y almíbar
que vierten el néctar
en los labios del mundo,
para perpetuar la existencia.
Flores, frutos, hojas
y raíces poseen
el néctar cuántico,
la bebida de los Dioses.
Los frutos son sorbidos
y las semillas se esparcen
en el vientre de la Pachamama.
Eres la estrella que recarga
su energía en los alimentos,
batería portadora de la savia.
Su néctar es la esencia
sensible que posee
el fuego que enciende
nuestra conciencia,
neuronas y células.
Somos la refracción
de la energía
que traspasa
por nuestra voz,
nuestros sueños
nuestros cantos,
nuestros actos,
somos piel de estrellas
y energía resonante.
El ser humano logra
encontrar la belleza
de su rostro en la fuente
de sus acciones,
y la belleza
del mundo
en su cosmos.
Donde haya luz,
tendrá color y
refractará la luz
de sus cristales cuánticos,
el prisma pristino
de los ladrillos
que bordan sus membranas.
El hombre y todos
los seres nunca dejarán
de existir, porque
dejarán semillas.
A menos que
dantescas fuerzas
muerdan sus memorias
y pretendan aniquilar
las hebras de su madeja.
Las hélices genéticas
se reactivan
con la purificación
y recalibración
de las baterías estelares
que atraviesan
en su vórtice corporal.
No podrán
somos la creación
amada de la primera luz,
el electrón primordial
de la savia, Dios.
—Christian Aycho Carbajal



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