Bastidas y Los Mistis
El reloj del huésped sombrío
masca sus dientes
mientras el agua
acicala su mañana.
El pan mancha al trigo leudado
con mermelada que el alquimista
de manos ásperas transformó y
se repite el ritual en cada canto del gallo.
Mantas de coplas extienden la mesa
que restauran sus rostros,
pinturas que desvanecen su color,
en la puerta un adiós canta
junto a un beso que el ocaso niega,
pero una sonrisa
dibuja fracturas sin retorno.
En los rieles de esta realidad,
desfilan ventanas en los ojos,
quienes con sus brazos secos
cultivan y ciegan en sudor al tiempo,
sueños de insomnio
ofrendan sus cuerpos.
Los flagelos del viento y del sol
agrietan su pesada carga,
mientras desde el balcón
acechan tiburones al vino,
para roer su sangre,
truecan minutos de familia
por horas de prisión.
Las coronas oscuras, hartas
de guiso y caviar,
besan sus placas y espían sus cárceles
sin muros, pero bajo las escaleras;
a sus pies desde su órbita,
el hambre alza el hocico,
sediento, jadeante,
anónimos y afónicos.
Los zorros dispersan
el rebaño en sus campos
de concentración
para beber sus lágrimas
en un bosque tuerto,
de metales oxidados y mulas enjutas,
donde las arañas sin alma tejen sueños
con finos hilos de cadena.
Aquella esposa que un día ofuscó
los ojos de Micaela Bastidas
y Tupac Amaru II
quienes con sacrificio
y junto a su pueblo
no dudaron en safarse,
hasta perecer en manos
de "Los Mistis".
El alba de la conciencia ilumina el tiempo,
el huésped sombrío devuelve al fin
lo que fue arrebatado, y en sus manos,
el pueblo es dueño.
— Christian Aycho Carbajal



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