Latidos Cuánticos
Es un salto al vacío
del espacio sideral cuántico
que ondula lo desconocido
en la oscura incertidumbre.
Es el correr de los minutos
sin reloj, sin retorno;
el giro incesante
de los quarks galácticos
del multiverso.
Es el punto ciego
del observador
que altera sus pupilas
en un instante relativo.
Es la conciencia lúcida
que transfigura en pulsos
pasiones, latidos,
anhelos y suspiros.
Es el fruto absorbido por
la materia cuántica corpórea
para alquimizarla
en materia
nueva y anhelada,
en fruto físico.
Es un respiro,
un jadeo inconsciente
que duerme despierto
con la mente que ondea
los sueños vivos.
Es un paso y otro paso
sin sentido conocido
hacia el horizonte dibujado
por los fotones.
Es la señal del viento
frío y lúgubre,
que vierte pulsos fríos
en el ciclo de los latidos.
Son las hojas del otoño
que caen en el filo
de la incertidumbre
para renacer como fénix.
La nostalgia del ocaso
y la alegría del nuevo alba
por nuevas aventuras.
Cuando el sol se pierde
en la densa oscuridad,
y se vierte el silencio pavoroso
con la ausencia de las almas.
Es la nebulosa gris
que cubre los ojos
que la luz lava.
Es la brisa suave
del monte inhóspito;
el pulso estelar
que vibra en los núcleos.
Donde las aves silvestres
vuelan con miedo
ante el sonido ruín
de los disparos.
Es el cristal del rocío
que un día fue
una lágrima.
Son las aguas de la acequia
que corren frías y rumorosas
por los surcos del tiempo,
llevando almas-semilla
en el eterno río cuántico.
Es la flor suave
de las parcelas,
y flor espinosa
de los eriazos.
Es la sinfonía de la quena,
los cantos de las aves
y animales que vibran
dulces nostalgias;
que pulsan el corazón
de las almas,
de las plantas
y de los animales
del plasma etéreo.
Es el suave olor
a queso fresco
y a cocido choclo
en la tela de algodón.
Es el sabor ávido
del pan caliente,
con aroma a
anís y manteca.
Es el néctar melifluo
del durazno
que besa los labios,
condensa los sentidos
y enciende el alma
y la materia viva.
Son las personas,
los hechos fugaces
que graban en el corazón
recuerdos eternos
y momentos inolvidables.
Es el olor a petricor,
de tierra caliente
tras las lluvias y granizadas,
cayendo en las hojas,
mojando tu piel,
tus cabellos.
Es el cansancio del leñador
que se echó a descansar
y a soñar bajo el molle.
Es la savia del árbol
más viejo y la frescura
del atardecer más cálido.
Son los tiesos callos
del agricultor
que besan la piel
sudorosa del viento
y el rostro del sol
con la esperanza
de una cosecha
que acabe el hambre
y nutra el amor.
El vacío que grita
en el alma y el rostro
del niño sediento
y hambriento.
Es el latido
del sacrificio
de la luciérnaga
que palpita sus
pocas luces,
buscando alimento
en el denso silencio
de la noche cuántica.
Algunas veces,
el muro de escalones
de la inercia
impuesto por las masas.
Son las modas moldeadas
al antojo del mercader.
Es el clamor por sed
de las semillas en el desierto,
por agua para crecer.
Es el dibujo de las manos
que delinean la historia
y escriben el tiempo,
donde no todos tienen
la luz de la sinergia.
Es la isla llena
de cuerpos vacíos
cubiertos por frágiles
capas de ego
y decepciones.
Es el calor que calienta hoy,
que no es mañana ni pasado;
es el ahora de los latidos.
Es la escultura
del caos impuesto
por la influyente
normalidad estrambótica.
La vida es el cristal vibrante
de los átomos-espejo
que reflejan tus acciones;
el bumerang inevitable
de tus golpes y pasiones.
La vida es una bella
estrella fugaz
que con el pasar
de los años
ya no vuelve,
y solo quedan
remembranzas
para la eternidad.
Es el amor de primavera
que llora en el invierno,
muere en el otoño
y renace en verano.
Es la esperanza
de un paraíso terrenal
que en la realidad
no ves, pero sueñas.
Es la luz esencial
que mueve tus pies
y tus brazos,
y te motiva
a quemar energía
hasta lograr
el manjar del tiempo,
más baterías de vida.
Es el ciclo de los eventos
que ondulan las moléculas
de la materia que tú ideas;
la creas en la conciencia neural
para vertirla en tu vida.
—Christian Aycho Carbajal



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