El río Cósmico
Un niño de doce otoños
vislumbra por la ventana
el susurro silente del viento,
cantando entre las hojas,
un suspiro apoyado al umbral,
divisando a través del cristal
la película cotidiana de la calle.
Papá… ¿quiénes somos?
Las mascotas beben el agua…
comen lo que comemos…
las plantas igual…
nos alimentamos de manera similar…
unos comen hojas,
otros frutos, carnes…
al final todos sorbemos agua
y materia de nutrientes.
Su padre lo mira pasmado.
Hijo, contempla el firmamento,
imagina que no conoces
este mundo y que todo
es algo nuevo y desconocido.
Hijo, observa tu palma,
tu piel, tus venas,
todo es tejido
un multiverso de tramas
cada familia,
cada especie,
cada árbol,...
todos convivimos juntos.
La energía desciende del cielo,
de las galaxias,
desde las estrellas,
del sol a los cristales del agua,
a los fractales de la Pachamama,
fluye en onda y partícula.
Fluye en las raíces sedientas,
en los tallos,
en las hojas;
estalla en las flores galaxias,
se condensa en los frutos,
y estalla en semillas,
en un Big Bang perpetuo.
Cada planta
sorbe elementos
para ofrendarlos a las especies
como fin primordial
tejer y asegurar los filamentos
las hebras de la vida.
Cada planta posee
follaje, flores supernova
y frutos expansivos de luz
y energía que cifran.
Los ojos de luminostalgia,
que observan sus venas,
sus raíces,
liban el néctar
y los frutos
que fluyen en los corazones,
que pulsan el flujo
en venas y arterias,
flexionando músculos,
brazos, alas, aletas y patas,
en continuo movimiento
hacia las fuentes de agua.
Otros seres sorben
de las pieles,
beben fluidos de la carne,
beben la savia lumínica.
El río atraviesa cada cuerpo,
cada manantial condensado,
cada reservorio:
un caleidoscopio,
una almateria viva
que fluye en el cosmos.
Todos, conductos vivos del ciclo,
vectores sensibles
de la energía del río cósmico.
Cada ser que renace
es la misma luz fractal
volviendo a respirar,
volviendo a vislumbrar
su piel cósmica
y este mundo
una y otra vez
Pero hay sombras
que no es del ciclo:
manos que vierten
venenos en la fuente,
El humo que amordaza
las pupilas y la razón de la luz,
a los niños, a los brotes,...
exterminando linaje, especies,...
que callan para siempre.
Sombras que infectan los ríos
neuralquímicos del hombre
que lo inundan
hasta olvidar que somos
el mismo río.
La entropía envolvente,
es desgaste titilante
de la misma luz,
acontece cuando las sombras
sorben los núcleos vivos.
Cuando los cuerpos
cierran sus pétalos de ciclos
de la materia transitoria.
La luz, fuente, causa
y origen de las ideas.
Las ideas son memoria
y códice existencial,
en cada transformación.
Incluso las estrellas
sostienen ese mismo viaje:
no un flujo idéntico,
sino un tránsito compartido
de la energía,
y la luz, sin dejar de serla,
se pliega en otro fractal
de la materia otra y otra vez.
Misteriosos códigos yacen
en los quarks
en el campo de datos alquímicos
de las esferas que nos contienen,
no es más que variación
del mismo pulso
gluones que nos abrazan a todos.
Aquella luz
que ordena estructuras y cuerpos
en constante transfiguración cíclica
el panal de las abejas,
tejiendo el néctar del infinito
la sinfonía cuántica
que nos sostiene.
Aquella luz
alfa y origen sin borde
es Dios.
El niño escucha en silencio.
Padre e hijo salen.
Ambos miran el horizonte.
El paisaje terrestre
se funde lentamente
con el cosmos.
Tierra y estrellas se confunden,
padre e hijo se funden
en la contemplación.
El niño toca una hoja
de la aromática albahaca,
aunque el humo haya manchado
los fractales del horizonte jade
los pristales esenciales.
Silencio.
Viento.
Fundido a verde.
— Christian Aycho Carbajal
Dedicado a la humanidad.
Perú, 21 de abril de 2026
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