Multiverso feliz












En el multiverso de los sueños,  

en los fractales del cosmos,  

me encontré con el niño  

que un día fui.


Me preguntó:

¿quién eres?


Veía su carita,  

aquel rostro tenue,  

irradiando alegría.


Le dije: antes

antes yo, 

fui tú.


Pero luces tan diferente,

sus manos callosas 

sus ojeras, 

su semblante de trastos.


Traté de justificar,  

pero preferí contarle  

el canto de filosofía.


Sabes:


Un manantial puro  

bebió las sombras y 

el fractal de mentiras  

de un río turbio,  

de una realidad encubierta,  

hasta convertirlo  

en su nuevo reflejo.


Cada ser es, en esencia, feliz.  

La alegría no colapsa en tristeza  

hasta que un ojo adulto la mide.  

Su entorno primordial contiene  

el pilar de su naturaleza.


Los momentos de luminostalgia,

cuando la ilusión toca cada corazón,  

cada sonrisa ante el asombro  

de un mundo de posibilidades.


Aquella alegría  

es tan pura,  

es tan inocente,  

es la señal  

de que el hombre  

es un ser feliz.


Algo creó las tinieblas,  

los velos de crisis,  

para recubrir un falso  

rostro del ser,  

transfigurando sonrisas  

en rostros apagados  

cubiertos de tétrica realidad.


¿Entonces dónde estamos?  

En un plano de capas  

donde el sufrimiento  

impide la refracción  

de la alegría de los seres.


Donde una sonrisa radiante  

desaparece en el supermasivo

de rostros desorbitados  

sin luz,  

astillados por el humo,  

la pólvora  

y la ponzoña amarga  

de los días de rabia.


Recuerdas cuando  

viajabas de niño,  

aquellas canciones,  

aquellas ilusiones  

al ver los árboles,  

los coloridos fractales,  

la ilusión por subir  

al árbol de durazno  

y deleitar el néctar.


Cuando contemplabas  

los peces de los ríos,  

jugando en el bosque,  

compartiendo con los tuyos.


Aquellos juegos —cómplices—  

reflejados en los ojos de los otros,  

los animalitos que jugaban  

sin preguntar el nombre de la alegría.


Te preguntas ¿dónde están?  

¿dónde?  

Aquellas ilusiones,  

aquellas alegrías puras.  

¿O es que el mundo  

en el que vivimos  

nos oculta el fractal?


Aquellos momentos  

cuando eras feliz  

con el juguete de carrito  

que no tenía una llanta,  

o la muñeca sin cabellos.


La felicidad estaba en las pupilas  

de la inocencia, donde la diversión  

y las ilusiones tejían tu mundo.


Eras feliz con mínimas cosas,  

con cada momento,  

cuando abrazabas  

a aquella muñeca,  

a aquella mascota,  

aquellos brazos  

que te mecían  

acariciando tus mejillas.


Te preguntas hoy:  

¿dónde quedó aquel ser,  

aquella inocencia tuya?  

¿Qué abismo te llevó  

a tener este rostro?


Perseguimos algo  

con ansias y estrés  

al extremo de olvidarnos  

de nosotros mismos.


Aquellos colores  

de cada objeto  

se desvanecieron  

junto a las sombras  

de tu estrellado ser  

titilando en un rincón.


El cristal de tus ventanas  

envejeció tu visión.


Pero hay algo que  

aún no hiciste:  

es quitar esta capa  

que se adhirió  

a tus fractales.


Desde el agua que bebes  

hasta el último fractal  

de tu cuerpo,  

de tu hogar,  

extirpa cada larva sombría  

que anidó tu esencia.


Que tu esencia vuelva a brillar,  

la sonrisa eterna;  

que la pureza de tu mundo  

posee conciencia e ilusión.


El niño le recordó:  

—Yo jamás me fui,  

tú te olvidaste de mí,

olvidaste amarme,

olvidaste amar

nuestro mundo.


Abrazó a su propio reflejo,  

al hombre triste y apagado,  

fundiéndose en un solo cuerpo.


Desde aquel día,  

el hombre volvió a relucir  

cada fractal de su vida:  

el hogar, la ropa,  

la comida, la piel,  

los familiares —  

y aquellos amigos de infancia  

que nunca necesitaron un porqué,  

volviendo al mundo  

que un día por poco olvida.


El niño es la esencia,

la esencia es un fractal

del río cósmico.


Y el río cósmico es Dios.


¡Bienvenido a la vida!


— Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad 

Derechos reservados ®

Perú, 19 de abril de 2026.


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