¿Dónde estás humanidad?

 











Pregunta suspendida en un hilo  

que tensa la vida en la oscuridad 

del tétrico vacío.


Una tarde dormí bajo un árbol;  

al abrir los ojos al firmamento

vi unos pajarillos cantar y jugar 

mientras con sus piquitos 

nutrían sus vidas,  

alzando sus trinos al éter.


Mas al volver a la urbe, encontré 

a un hombre bajo el puente:  

su hogar, un frágil techo de cartones.  

con la cabeza caída al escuchar  

música con sus auriculares  

su último bastión.

Su mirada: árbol de cicatrices.

dónde...

anidaba el frío, 

anidaba el olvido,

allí, las almas buenas  

dejaban vida en su noche perenne.


Un día, cargando cajas 

bajo el radiante astro, 

que abrasaba mi piel y hendía 

mi garganta en sed.

con los ojos al cielo,  

una señora me tendió un vaso de agua,

sentí brotar la savia de la esperanza.


Tengo amigos que atraviesan  

inviernos largos, y yo les doy  

un pedacito de luz 

sin decir palabras, 

los gestos míos 

resumen mi esencia.


Un día, en el metro, una señora  

quedó atrapada en el umbral  

con su silla de ruedas,

avancé a desatascar las ruedas;

sudé por desatar los nudos del infierno

que intentaba apagar su luz,

luego vi en su rostro, el alba,

¡Ahí estás humanidad!

esa gratitud que nombra 

lo que nos hace humanos.


Otro día, al cruzar la calle,  

vi un niño, pequeña flecha

en el arco de la muerte del Hades

corrí a sujetar su polo

cuando una camioneta rugía

para segar su luz.


La humanidad es el abrazo

que sutura las heridas del desangrado,  

con hilos de esperanza 

cuando la sombra clava 

dagas y astillas en su corazón.


Es un rayo compartido,

soplo en el pecho hundido.


Es una mano tendida 

sacando del abismo 

el corazón caído 

para sentir sus latidos 

en el eterno camino de la vida.  


—Christian Aycho Carbajal  



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