El rayo del alquimista
Se esconde en una línea difusa
en el semblante de una persona
que finge amistad.
Te sonríe y adula tu rostro,
mas en tu sombra
clava estacas de odio.
Hasta hundirte en miradas de rabia
alimentando torbellinos supermasivos
que absorben tu energía hasta dejarte
sin sueños, sin fuerzas, sin cuerpo,
masticando y triturando tu salud.
Te encierra en la isla oscura
en el dantesco cubo negro
donde termina
consumiendo tu cuerpo
en sufrimiento oscuro
en drogas, alcohol, comidas nocivas...
Te enloquece con tormentas
envueltas en murmullos
de vergüenza, miedo y problemas
disuelve tu cuerpo y lo fragmenta.
Siembra en tu mente
la "duda existencial"
y te inyecta la demencia
rompiendo tu reflejo
y oscureciendo tus cielos.
Penetra en tu sangre
un hilo oscuro de dudas y frío,
lo ingieres en sombras de carbono
el ácido lento del vacío existencial.
Penetra en tu savia,
en tus baterías,
te pudre en el dolor
transformando todo en caos,
carcóme tu raíz mental.
Pudre
tus pulmones,
tus neuronas,
tus células,
decolorando
y marchitando
tu esencia,
tu piel.
Mírate ahora en el cristal
ya no eres tú,
es la vil entidad
riéndose de su obra,
te mira,
ríe al verte.
Ha hecho de ti un autómata
que bebió su sufrimiento
con sus propias manos
para apagar sus células,
tu savia lumínica.
Pero ¡no es tarde!
tu corazón es otro,
tiene la esencia original
y de ahí emerge tu fuerza.
¡Quítate esta máscara!
Desecha las drogas, la cicuta...
con la fuerza de tu nostalgia,
trueca tus venenos oscuros
por alimentos de la alegría.
—¡No estás loco!—
te hizo creer sus cuentos tontos,
para atraer tu alma a su infierno
acechando tu cuerpo
y lamiendo sus colmillos.
Las enfermedades
son sus armas,
pero tu corazón
es tu escudo etereal
Eres una estrella viva del universo
que estuvo a punto de ser tragado
por un agujero negro.
Pero tú posees
la savia etérea de Dios
que irradia los rayos
que calcinan las garras
y el cuerpo de estas sombras,
incendiando las tétricas grietas
donde se esconde.
Tú eres quien siembra
la vida en tu piel
en el firmamento
de tus entrañas
y eres tú
quien transforma
tus sueños
en materia.
Eres el rayo de láser
que alquimiza
el barro cuántico del astro,
tu eres la estrella radiante,
el arma que apaga
el supermasivo.
Tu conciencia
es la savia de lumbre,
que vibra el sol
desde tu corazón
hasta tus manos.
¡Sólo tú!
logras todas las victorias.
Tú posees el corazón estelar
igual a todos los núcleos cósmicos,
tú posees la savia eterna del cosmos
que Dios atesora.
—Christian Aycho Carbajal



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