La XXIV Sinfonía Cuántica












¿Cuál es el sentido existencial?

¿Con quiénes vives?

¿Dónde estás ahora?

¿Qué es aquello que haces?

¿Eres feliz con aquello que haces?

¿Con qué frecuencia sonríes…?


Nos preguntó una sublime voz 

del universo por cada portal  

atravesando mis sentidos.


En aquel momento comprendí

la refracción de mis acciones;

intrigado, le respondí:

tengo un corazón latiendo,

lluvia de cristales de esperanza,

unos ojos que ven

y un cuerpo que se estremece

con el sufrimiento del mundo.


La luminiscente voz 

me respondió:

tienes un intramultiverso

dentro de ti; tienes infillones

de vidas entrelazadas a tu ser

y tienes muchas otras almaterias

a tus costados, en órbita a tu espiral.


Tu novia, tus padres, tus hermanos,

tus amigos, tus vecinos, tus mascotas,

tu pesebre, ríos, árboles, plantas,

ciudades, tierra, tecnología, materia…


Me recordó

toda la bendición divina.

En medio de aquella conversación,

en el jardín de flores y árboles,

volví camino hacia ella…


Mi novia me esperaba

con profunda luminostalgia;

la abracé, sentí la armonía

del vals de nuestra unión,

contemplé la magia 

de sus canciones al cocinar,

cantando junto a ella

lavando los enseres,

llorando junto a la cebolla herida

el himno de nuestra sinfonía.


Le susurré al oído

las melodías de luz

de mis pristales,

de mis cristales pristinos,

la pureza de mis latidos.

Ella se miraba en el reflejo

de mis pupilas, mi quantum,

con una pregunta intrigante:

—Siempre vas a estar conmigo,

siempre, mi amor… ¡promételo!


—¡Te lo prometo, mi amor!

¡Te amo!


Nos tomamos de las manos

para atravesar juntos las barreras

interestelares, las nebulosas,...


Dibujamos nuestros nombres

en la piel de la luna,

con un corazón.


Abrazados en nuestra nave,

con trajes extravehiculares sellados,

calibramos las escotillas, 

el oxígeno y viseras

mientras el radar digital 

advierte nuestras pupilas.


Revisamos mapas estelares 

y vectores de salto,

celdas fotónicas, 

el combustible energético

y la telemetría de nuestros latidos,

nuestra temperatura ideal

unidos al pulso del motor cuántico.


Entre giroscopios, escudos 

y gravedad simulada,

flotamos con botas magnéticas al hangar;

dos astronautas enlazados 

al mismo destino, 

atravesando nebulosas 

abismos y vacíos intergalácticos

con luminostalgia, 

contemplando asteroides solitarios

y planetas desolados.


Esquivando cada cometa,

cada lluvia de meteoritos,

dibujamos nuestros deseos

en cada galaxia,

en cada aurora constelar,

en cada remanente de supernova.


Soñando en el secreto cósmico,

embelesados por el firmamento,

saludando estrellas fugaces

y otras naves vecinas,

hasta llegar a nuestro jardín cósmico.


Construimos el hangar

y el hogar de nuestra especie,

sembrando el latido de otros velos

que endulzan nuestras sonrisas.


Sus besos de luz encendían

mi cuerpo estelar,

cuidando nuestros spines cuánticos

y nuestras baterías estelares.


Cada abrazo volvía a encender

nuestros latidos titilantes;

transfiguramos la adversidad

en momentos de felicidad

con el canto del cosmos.


El canto del agua

reverbera luminostalgia

en el océano de sus ojos;

en las orillas de su paladar

surca sus labios, sus velos,

sus conductos arbóreos,

pulsando neuralquímicos.


El manjar cuántico,

que deleitan sus fractales,

recompone y reexpande

sus cuerpos estelares.


La expresión del fruto

es la refracción,

la muestra local

del alcance espiral.


Los patrones del deseo

requieren de una base fija;

ideamos el diseño de nuestro

huerto, la distribución de espacios

por niveles multiversales.


La matemática fractal

revela la armonía de la belleza

de nuestros bosques,

de las flores y frutos;

disolvimos el cociente error

del caos, cenizas y desechos.


Cada árbol frutal

tiene encriptado

en su código genocuántico

los fractales de su producción,

diseño de sus flores,

hojas, tallos…

los detalles de sus frutos,

el néctar y las semillas

de su reproducción

en el tiempo.


Al beber el néctar

sorber de golpe no debes;

siente la dulzura del árbol,

la textura, olor, sabor, aroma…

y el beso del tiempo.

Respira y disfruta

con tranquilidad

su dulce sinfonía.


Cada especie

es un conducto

de ladrillos de cristales,

conductor del río alquímico

que los mantiene con vida.


Somos vórtices energéticos

que liban fotones y partículas

que se refractan en nuestra piel.


Si sorbemos sombras,

refractamos sufrimiento

en nuestras membranas,

apagando nuestros párpados

con la muerte.


Nuestros deseos

son los frutos

que se condensan

en nuestros labios,

en nuestro corazón,

en nuestra piel,

en el aliento

que nos permite caminar

tras el Jardín del Edén.


Sembrar semillas

es el deseo atravesando

los pliegues de la Pachamama

para emerger de la noche

ubérrimas flores, polen,

polinizadores y frutos

de la esperanza.


Las manos que siembran

el tiempo cosechan la eternidad,

abrazando su linaje.

Abracé a mi comandante

y a los nuevos habitantes,

arquitectos cosmicos

de nuestro multiverso.


Sembramos y construimos

hogares sostenibles

para todas las especies,

con los objetos

que embellecen

nuestro paisaje cósmico,

refractando la belleza

de nuestros corazones

y de nuestros rostros.


Cuando llegó el día

más triste de nuestra despedida,

le miré a los ojos,

repliqué la promesa

en sus fractales cuánticos.


Te veré en la otra vida,

mi amor,

con otros ojos,

con otro corazón,

pero con la misma esencia

que nos define.


Aun si atravesaras agujeros

y la adversidad nos desgarre

en el intercosmos,

el universo unirá

nuestros destellos

electromagnéticos

en el espejo cuántico.


El amor respondió

la primera pregunta

del vacío existencial:

si no existo, el vacío

es una simple ilusión;

el amor percibe su reflejo

en la piel cuántica del amor.


El cosmos nos volverá a unir

para volver a sentir

tu corazón, tu luz,

la sinfonía cuántica

de nuestro amor.

¡Te amo, mi amor!


En lo profundo del ser

los pristales vuelven 

a refractar aquella voz,

es la luz, la partitura de Dios.


—Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad.


Perú, Apurímac, Abancay,

11 de febrero de 2026.




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