La Ruleta Fractal
—Hola, papá.
—Hijo, me siento cansado;
trabajé demasiado,
me duele la espalda…
Dime, hijo.
—Papá, ¿por qué
no somos una familia feliz?
—Hijo, sé que no estoy contigo
porque una fuerza
me aparta de ti
y de nuestra familia,
en lapsos de distancia,
succionando nuestro entrelazo
y acortando la felicidad.
Somos el número
que versa mayor recaudo
rédito orbitando coronas
con careta de república.
Cifras de estadísticas frías,
trampa de cámaras energéticas
libando el elíxir
del sacrificio, del dolor humano.
Hijo, hay causas
que nos han dispersado
de los campos a la ciudad,
a los campos tensos
donde el sudor humano
destila estrés y dinero,
condensando bienestar
en desgaste corporal.
Hijo, sé que no estoy presente
aquí contigo todos los días,
y que los únicos días
que disfrutamos en familia
son los domingos.
—Te quiero mucho,
¡hijo mío!
—Yo te quiero más, papá.
Hay algo que quiero que sepas,
hijo mío.
—Abre el portal vítreo.
—Papá, entrará el humo.
—Ábrelo, hijo…
observa a lo lejos.
El vertedero de sombras
sobre la fuente
vórtices de toxicos
desembocan espectros infernales
en las venas
en los ojos del mundo.
Los datos fuman el vaho del Hades,
oliendo a osarios de la muerte,
atrapados en plasmas digitales,
agujeros supermasivos
donde cada cuerpo muere
sin historia y sin nombre.
—¿Ves esas personas sin hogar,
durmiendo en las calles?
—Sí, papá…
—Es el síntoma
de la desconexión cósmica.
—Hijo, ¿ves nuestra maceta?
—Sí, papá, se ve bonita la orquídea
y las plantas. Tu madre
las riega, las abona, les habla
y les susurra bellas canciones
y ellas refractan aquel canto
en bellos y mágicos pétalos.
Cada núcleo cuántico
fracta y refracta el comportamiento
estético de la energía:
la armonía cósmica.
La belleza es armonía cuántica;
se imprime en la conducta
de cada ser.
La buena alimentación,
la higiene neural y alquímica
son procesos que abarcan
todo el cosmos.
Somos los instrumentos
que el cosmos articula
con cada pincel ondular.
Nuestras voces son las melodías,
la polifonía interactiva
en nuestra piel fractal.
Nuestra alma es el eco
del espacio, en himno sinfin,
en el manantial cuántico
de cada linaje.
Nuestra existencia
espiral expansiva de la luz,
luminostálgico viaje
el vaivén de las almas
deslizándose en los fragmentos
de las estrellas.
No morimos:
renacemos continuamente.
La expresión de los qubits
de la piel, de los ojos,
de las membranas
de cada cuerpo
deriva de la resultante
colisionante de los patrones.
El cuerpo es una ruleta fractal,
derivada de cada impacto
y de los paquetes cuánticos.
Pero hay algo inexplicable.
Las demás especies
no necesitan ropa;
tampoco muestran
lujos o estatus,
no hacen daño
a la Tierra,
a la Pachamama.
El ser viene impreso;
necesitas aprender a ver las huellas
reveladas en cada expresión,
en el latido del tiempo
reflejado en el corazón
y en el comportamiento de cada ser.
Tú puedes cambiar el patrón
de los errores establecidos
desde tu órbita:
la figura alquímica
fractando en cada pupila
tu energía humana.
Cada ser vivo es un cosmos,
un núcleo subatómico
que cumple una misión distinta
dentro de todo el sistema:
neutrinos que bailan
en la savia lumínica carmesí,
gluones que abrazan
los cristales cuánticos,
la memoria del cosmos.
Protones, neutrones, electrones,
unidos por enlaces gravitatorios,
formando velos estelares de
átomos, moléculas, células,
membranas, órganos, sistemas
de almaterias inteligentes.
Cada fragmento o cuerpo visible
de qubits y bits de cada vórtice espacial
es información cuántica.
La información altera el estado
de cada caleidoscopio cuántico
que atraviesa el campo ondular.
Cada dato es una constante
del giro de cada núcleo:
escasez o abundancia
de baterías energéticas,
la ausencia o presencia
de la continuidad
de la sinfonía cuántica.
En terrenos ubérrimos,
la armonía existencial es continua;
en terrenos yermos,
la supervivencia reproduce
cuerpos fracturados.
Desde que el hombre se sumergió
en las paredes de las urbes ajenas,
desterrado de su tierra edénica,
se desconectó para beber y comer
con sudor y vergüenza el tiempo.
El hombre necesita retornar
a la piel de la Pachamama
libar los cristales
de sus manantiales,
el néctar de sus duraznos,
la miel de sus colmenas.
Disfrutar la parrilla de sus bueyes,
beber el vino de su viñedo,
abrazar a sus hijos;
sembrando semillas de vida,
cultivando y cosechando
los frutos alquímicos
de su sinfonía cardíoestelar.
—Hijo, aquí estoy
y estaré para ti,
disfrutando cada instante
cada abrazo,
cada compartir,
el ayni cósmico,
te quiero mucho Hijo.
La ruleta curva la luz
en el fractal del intercosmos
en infinitas probabilidades
en amor multiversal.
Este rostro mío no es eterno,
pero tengo un corazón que te ama,
en la memoria infinita del quantum,
eres mi constante feliz.
—Christian Aycho Carbajal
Dedicado a la humanidad.
23 de febrero de 2026.
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