La Cámara












En una ciudad del mundo,

donde ancestrales viviendas 

aún respiran el pasado y

el eco quebrado del universo,


Vive Margaret, 

una niña inteligente,

curiosa y tan divertida 

como su padre.


Cuenta la historia 

que sus amigas de la Escuela 

habían planeado ir 

a una casa abandonada

a grabar un video.


Pero fue grande la sorpresa:

la cámara dejó de funcionar,

sus celulares se volvieron lentos

cual bloques fractales muertos.


El lugar estaba lleno de polvo,

con olor a hierro y moho,

oscuridad y objetos que parecían

haber sido arrancados del tiempo:

un televisor empolvado,

un sofá con telas viejas y oscuras

recuerdos aún adheridos

al retrato de una familia 

junto a una niña.


Al salir de aquel lugar,

las niñas comenzaron 

a sentirse mal:

síntomas anormales,

escalofríos, náuseas, 

y dolores de cabeza.


—Papá, hay algo extraño

que sentí en mi piel,

unos escalofríos estremecedores

cuando fui a la casa abandonada

con mis amigas.


—Sentimos dolores extraños

yo hasta vomité…

Creo que fue algo que comimos,

pero desde ese día

no he dejado de tener pesadillas.


—Es extraño lo que me cuentas, hija.

Necesito ir contigo a ese lugar

para comprobarlo.


Una tarde, padre e hija

fueron a la casa.

La reacción fue similar:

él también sintió los síntomas,

desde la piel hasta el vértigo.


En aquel momento comprendí

que aquella casa 

guardaba un portal quebrado

a otro mundo.


El padre investigó el caso,

cual misterio por resolver,

la historia de aquel lugar,

fue intenso el suspenso 

detrás de la pantalla, 

las órbitas de sus ojos 

leyeron los documentos 

del peritaje atravesado 

por un pasado fatal.


Cuenta la historia 

que en esa casa

vivía una familia feliz.


Pero algo ocurrió.


La esposa, a quien tanto 

amaba su esposo,

un día los abandonó:

a su hija y al hombre

con quien había construido su vida.

Lo engañaba con un hombre rico.


Lo conoció por medio de una amiga.

Al principio fue detallista,

cuidadoso, generoso, 

ella sentía que era el futuro 

de su existencia, 

se enamoró perdidamente 

hasta los huesos.


Al paso del tiempo,

el hombre fue revelando 

su rostro oculto,

un lado lujurioso:

una obsesión enfermiza

por la belleza de aquella mujer.


No podía apartarla de su mente.

Decidió poseerla,

rodearla de regalos, joyas,

de promesas.


Ambos decidieron convivir juntos

en la mansión del hombre rico:

lujos, compras, alcohol, festines,

viajes, amigos, ella sentía 

un vacío espectral.


Pero la locura de aquel hombre,

su obsesión descompuesta,

derivó en algo más oscuro,

más cercano a la esquizofrenia 

del deseo.


Era celoso en extremo

no permitía que converse

con amigos o con su ex esposo.


Una tarde encontró el móvil

desbloqueado de su mujer,

Vio las fotos de su familia.

Se detuvo en la imagen de la hija,

en traje de baño,

recuerdos ajenos en ropas

menores en la piscina.


La mirada cambió de dirección.

la obsesión mutó de objeto,

sus órbitas sicalípticas

envolvían otra almateria.


La mujer sentía que el hombre

tenía palpitaciones y ansiedad,

mirando su celular,

una noche salió de su casa.

la mujer notó su repentina partida,

eran las ocho de la noche.


Revisó su teléfono

y vio un mensaje enviado por él:

eran las fotos de su hija

reenviadas al correo del sujeto.


Entonces comprendió

el motivo de su rumbo,

observo que el revolver

de su caja ya no estaba. 


Salió despavorida,

latiendo un presentimiento

que desgarraba la razón.

Tomó un taxi

hacia la casa que había abandonado.


El hombre asesinó al padre.

Luego fue a la recámara de la niña.

La violó.

El grito atravesó las paredes.


La mujer llegó

en el instante mismo del crimen.


El sujeto sostenía el cuerpo sin vida

y se burlaba de él y de la niña

desnuda con signos 

de estrangulación y violación,

un cuadro aterrador.


Ella tomó un cuchillo

para acabar con aquel criminal.

Pero él la golpeó,

le arrebató el arma,

le cercenó el brazo y el rostro.


Se desangraba,

gritando de dolor.

El hombre la violó

mientras agonizaba.


Miraba con tristeza absoluta,

cada latido un eco de arrepentimiento, 

río de lágrimas en los ojos,

recostada en su propia sangre.


Había visto cómo aquel demonio

le arrancó la vida

al hombre con quien fue feliz

y de la niña que emergió de su vientre.

Ambos muertos,

con las órbitas abiertas

curvando el espacio cerrado

de la casa derruida.


Los vecinos, 

al oír los gritos,

llamaron a la policía.

Pero ya era demasiado tarde.


Tres cuerpos yacían sin vida.

El sujeto fue sorprendido

intentando huir.

Tomó el cuchillo

y se quitó la vida.


Esa fue la historia

de aquella casa abandonada.


El padre de Margaret, 

detective de investigación criminal,

reconoció aquel caso:

como uno de los más aterradores

que había leído,

junto a las fotografías

un macabro escenario.


Dentro de las paredes

aún yacía la cámara del suplicio.

aún vibraba el clamor

de las ondas del sufrimiento

de aquella madre,

de su hija,

de su esposo.


Una familia que sufrió el crimen

por un desliz que desató

un hilo irreversible,

el supermasivo 

que atrajo su esposa.


Un espacio misterioso,

como cometas colisionando

en todas direcciones,

impactaba la piel

desde arriba, 

desde abajo, 

desde los costados.


Incrementándose 

con cada estrella radiante

que pasa en el túnel

que imprime interior y exterior

con cada espectro

de este espacio cerrado.


La cámara resonante:

vibraba con una energía extraña

un recinto alterado

donde la energía se condensa,

fractándose y refractándose

de las paredes al centro,

del centro a las paredes,

en ondas vibratorias estremecedoras.


Cómo si el dolor 

de aquella familia 

hubiera quedado estática 

en este punto constelar.


—Hija, la cámara enmudeció

porque el horror cuántico

no tiene imagen.

Hay realidades dimensionales

que se quiebran y se superponen

al lente de esta otra realidad.

Solo la piel —los velos cuánticos—

sienten aquellas colisiones.


Desde aquel día,

padre e hija, junto con su familia,

llevaron flores a la casa.

Margaret escribió una carta

dirigida a la niña y 

a la familia que murió.


La leyó en voz alta:


«Escuché tus gritos.

Aún los percibo.

Sé que existe memoria 

en el quantum,

la sangre en cada rincón,

la inocencia, 

la luminostalgia,

el amor, energía almaterial,

que nos hace humanos.


Lo siento por todo.

Quisiera pedir perdón

por aquel desalmado

que les quitó la vida.

Vinimos como familia

y desde ahora pueden liberarse

de esta tensión interdimensional.


¡Los queremos mucho!


Atentamente,

la familia de Margaret».


Su padre, su madre e hija

lloraron de compasión,

sus lágrimas caían al piso

atravesando la barrera 

del mundo cuántico,

resolviendo el caos

de todo lo sucedido.

en sinfonía cuántica,

cual si fueran familiares

con un abrazo interdimensional sincero.


No era polvo lo que cubría el lugar:

eran resonancias 

de almateria sedimentada 

luminostalgia suspendida sin resolver,

en cada cristal cuántico de aquella casa,

en capa superpuesta de dolor solidificado,

estratos de gritos buscando la salida

petrificados en su propia onda.


Desde aquel momento

algo cambió.

La atmósfera se volvió liviana,

como si algo retenido en la cámara

hubiera logrado disiparse

tras una casi eterna prisión espectral.


La cámara energética

no guardaba fantasmas:

guardaba almateria espectral,

el estado de la materia que ocurre

cuando el sufrimiento es tan denso

que curva el espacio-tiempo

y atrapa la luz en un vórtice sin salida.


Y en esa ciudad del mundo,

las ancestrales viviendas

aprendieron a respirar 

el fractal roto del pasado, 

curado por el amor 

de la humanidad y del perdón.


—Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad.

Perú, 18 de febrero de 2026.

Derechos Reservados ®


Comentarios

Entradas populares