El Rompecabezas Cósmico


















En el caleidoscopio
de cada cuerpo,
un espejo roto
copia sus ecos
y succiona el caos.

Ausencia y pérdida
de una pieza
del rompecabezas;
y nos hicieron creer
que el juego ya no sirve.

Un punto, un bit,
un qubit, un patrón
en el paisaje cósmico
devora la alquimia
del observador.

La oquedad del fractal
es la rendija por donde
ingresan las sombras
para sorber y aniquilar
hasta la última luz.

Un golpe, una herida
en la manzana 
es el fin de la estrella.

La podredumbre 
enraiza su oscuro infierno
desde el punto herido
del abrupto impacto.

La colisión de los cuerpos,
tras la caída en el vacío,
tras la repercusión
de la gravedad 
libera intensas sombras.

Cada semilla viva,
cada estrella,
percibe el mundo
y la resonancia…

El campo electromagnético
de tu corazón,
de tu intramultiverso,
de la luz que llevas dentro.

Es una estrella cayendo
al abismo del cosmos,
donde el miedo
se disuelve en el viaje
al punto sin retorno.

Cada almateria 
es barro y luz,
es el quantum de Dios 
observándonos, 
encendiendo 
nuestros latidos
y guiándonos 
al horizonte multiversal.

El mal distorsiona la visión,
fractando la herida
en aquel juguete,
quitándole un pie
para arrastrarlo
al túnel del olvido.

El desgarro tiene ecos,
de voces espectrales 
que replican la herida,
girando cual agujero
de gusano.

El bullying se refracta
en el defecto —la llaga—;
es cicatriz y lente
la ironía del sufrimiento,
del dolor almaterial.

Cada ofensa 
cada mal augurio,
el vaho del rescoldo 
y niebla envolvente 
de ondas filosas y abrumadoras,
eclipsa la alquimia neural
y celular de los cuerpos.

La blasfemia, torbellino
infernal en cada palabra;
se vierten los escombros
y las ruinas de la víctima.

El rechazo, la negación,
son cuerdas rompiéndose
en el ojo del resquicio 
en el abismo eterno.

Pero en el filo 
de los lamentos,
de la noche espectral
del abismo eterno de Hades,

Yace una luz 
que jamás se olvidó
de los rostros
de las sonrisas
de aquellos corazones únicos,

Aquel fractal radiante 
que emerge palpitante
valiente y resiliente
liberándose con giros 
y contragiros del fuego, 
de las cenizas, del caos,...

Devolviéndole al cielo
al espejo cuántico
sus cánticos:
«Dios, estoy aquí,
¡no te olvidé!».

Gracias por cada motivo
que me inspiró a obrar;
por cada latido,
gracias por mi respiro.

Y en el nuevo alba,
la humanidad consciente
acaba de renacer,
abrazando a cada ser.

Cada almateria,
en su piel resplandece
la savia lumínica,
el secreto de la vida
que abraza y acaricia
en el entrelazo eterno.

La religión
deja de ser doctrina:
Hoy, es acción,
es amor refractante
es el universo 
en expansión constante,

Curando cada herida,
suturando el ritmo
de la sinfonía cósmica 
del corazón humano.

Curando el paisaje
cada árbol despeja 
el humo sofocante
las manos del mundo
se unen a depurar 
la polución tóxica.

Se disuelve el vil holocausto,
disipando los esperpentos
que nos arrojan al odio
y al filo de las guerras.

Y en la luminostalgia
en las pupilas del tiempo,
va cayendo el durazno,
el almíbar del deseo 
de la plegaria y 
de la esperanza 
en las manos
de un niño hambriento;

Es la nueva semilla 
brotando la vida
cada esqueje, cada hoja, 
cada jazmín, cada pluma,
cada pelo, cada cabello,
cada aleta, cada brazo, 
cada núcleo celestial,
el semblante de la piel,...
en el eterno 
Huerto Cósmico.

—Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad.


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