La XXVII Sinfonía Cuántica












Suenan las piedras del río,
cargando el dolor del mundo,
triturando los gritos.

Lloran las heridas,
la sagrada sangre.

Tu poema: sílaba rota
en la mordaza del silencio;
cortaron el conducto
que destila la dulzura
del almíbar celestial.

El ser: molde de briznas,
vórtice de enigmas,
en cúmulos de obstáculos
que enlentecen cada giro.

Qubits —información que sangra—,
como si una almateria recordara:
labios liban datos…

Ideas que sueñan,
ecuación que grafica
latidos y huellas,
memoria y gen
en el sueño de los fractales.

Eterna sinfonía:
en el canto,
en el frágil color de las flores,
en el candor de las pupilas,
en los abrazos del tiempo.

Masticamos información
y morimos,
cerrando la alegría,
abriendo portales
en las hebras
del código genocuántico:
no son solo hijos,
es el Edén,
es la humanidad.

Yacemos atrapados
en océanos de sombras,
en un lento y denso vaivén,
por cada atadura,
por cada escollo.

El rechazo,
los odios,
resbalo y ruptura:
desvío al abismo
de cada cuerpo
hacia el río de Estigia.

El río, turbio y amargo,
embriaga la realidad;
se vuelve brasa
sobre la piel.

El anillo energético:
infierno devastador,
cubierto de sombras
que apagan la razón.

Partículas perjudiciales:
larvas sórdidas,
respirando en tus costados.

Ahora conoces
el mundo de los caídos:
sonríes por más dosis,
desliz tras desliz,
sin remordimiento;
todo
ha perdido sentido.

Te deterioras:
la estructura cede;
cada célula
fracta en tu cosmos
un hábitat infernal.

Ulceras tus adentros,
adormeces tu ser
en caldo de tóxicos;
enturbias tu manantial cuántico
con el susurro del Hades,
cargando el peso
de un cuerpo
hundido en dantesco lodo.

Te sientes débil;
el letargo quebró tu voluntad,
tu capacidad de sentir.

Luminostalgia:
memoria de la luz,
esperanza que ya no alcanzas.

Abandonas tu cuerpo,
te repliegas a un rincón;
no hay lugar donde habitar.
No es calma:
es lenta agonía,
dejando que las sombras
te consuman
hasta sorber
tu último aliento.

No eran misterios:
era el molde.
Desvelar la esencia,
retirar fragmento a fragmento:
cada superposición
distorsiona el reflejo,
el horizonte cósmico.

Cada inflamación,
cada dolor,
cada insomnio…
—no eres tú.

Es el mármol bruto
por pulir,
por depurar;
el cuerpo afinado
es consciencia.

La sustancia que sorbes
es la forma
en que la distorsión respira en ti.

No es un vicio:
es la voz del caos
aprendiendo tu nombre,
reteniéndote
en su última mazmorra:
el infierno cuántico
del que pocos regresan.

Cada cuerpo:
travesía,
ciclo,
viaje de la energía,
caleidoscopio de fractales,
hogar transitorio.

Un punto escalar
en avance o retroceso
del gran río cósmico:
retorno
a la purificación.

Caídos y errantes:
un hilo de luz
atraviesa vuestros ojos
tras la curvatura oscura.
Respiren ahora
el aroma de la libertad.

Un baño,
ropa limpia,
alimento que no sea veneno,
manos que acompañan,
la lucha por quien amas.

Duele forjar el ser.
Sostener:
la vida no es canto inerte,
es fuerza,
voluntad,
cada latido
junto a otros,
en la partitura sagrada.

El Eterno
te abraza;
siempre estuvo aquí.
Eres tú
quien se aleja,
quien se pierde.

Pero todo retorna
a la fuente
de su origen.

Incluso en la caída,
algo
sigue llamándote.

En lo más hondo del grito,
algo
permanece.

Luz,

amor,  

vida,…  

Dios.


—Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad.

Perú, 28 de marzo de 2026.

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