El río que bebemos



















—¡Hola papá!

—Hola hijo mío

— Sabes papá, 
hay algo que me gustaría hacer.
  
En el salón de clases  
mis compañeros   
se burlan cruelmente  
de mi amigo,  
y no sé cómo ayudarle.

—Hijo,  
quiero enseñarte algo,  
Antes, vayamos a pasear 
al firmamento.

—Está bien papá,

—Hijo,  
te traje hasta aquí  
para que desveles el cosmos.

—Pero no veo nada nuevo papá.

—Hijo,  
contempla el río detenidamente.

—¿Cómo lo ves?

—Se ve sucio.

—¿Notas algún pez?

—No,  
quizá estén envueltos  
bajo las aguas fúnebres,  
entre las bolsas que flotan   
entre la espuma o  
entre los retazos de aquella silla   
cual nave encallada
luego de un naufragio.

Bajo el puente  
yace una impresora rota  
imprimiendo un paisaje  
de espejos rotos,   
atrapado en los brazos   
de un tronco mutilado.

Las blancas gaviotas se zambullen  
en el velo de brizna de estigia,  
aquella fuente que un día fue pura.

—Hijo,  
ahora te daré una tarea,  
deberás de ir a la casa de tu amigo  
y le ofrecerás  
ayuda en las compras de casa.

—Está bien, papá.

Acordamos ir de compras  
con mi amigo,  
su madre le entregó  
una extensa lista.

Llegamos con cinco bolsas pesadas,  
me sentí agotado,  
mi amigo estaba sentado y cansado  
en las escaleras del segundo piso  
pero ahí yo estaba,  
había retornado para ayudarlo.

—Hijo, explícame ahora,  
¿qué cosas compraron?

—Compramos:  
cajas de pizza, litros de leche,  
panes, mantequilla, embutidos;  
y entre dulces, gaseosas, chocolates,  
río recargado de partículas y ondas.

—Ahora, hijo,  
quiero que vayas a la Escuela  
y hagas todo un análisis  
de todo lo que hace tu amigo  
durante un día de clase.

—Sí, papá.

Mañana tenemos clases  
de educación física,  
alisté mi uniforme deportivo,  
mamá me acostumbró  
a planear todo con antelación.

Llevé mi diario  
para escribir todo.

—Papá, esto es lo que escribí:  
mi amigo se sienta adelante  
para escuchar mejor las enseñanzas,  
y evitar las molestias  
de mis compañeros,  
atrás se sientan  
los que fractan el desorden.

Cuando mi profesor le pregunta,  
él solicita nuevamente  
que le reiteren.

Hoy jugó fútbol  
sólo durante diez minutos,  
se sentía mareado y agitado,  
y su espalda derretida en sudor  
como el río carmesí
que llevamos dentro.

Le faltaba oxígeno,  
sus jadeos y el vaho  
hacían que muy pocos   
se le acercaran.

Olvidó su cartuchera  
y también olvidó cerrar su mochila,  
le hice recordar,  
mis compañeros se burlan  
de su contextura
de su andar,  
pero estoy aquí   
para ayudarlo.

Hoy vi a mi compañero  
comiendo los dulces y chocolates  
que compramos,  
se los comió todos,  
solo encontré las envolturas  
al momento de cerrar su mochila.

Llevé una manzana  
y una ensalada  
que preparó mamá,  
le ofrecí a mi amigo,  
él rechazó, dijo que no le gusta  
lo que yo como.

Me invitó un chocolate,  
lo guardé en mi mochila,  
no me gustan mucho los dulces.

—Hijo, ahora tu próxima tarea  
es que vayas a su casa  
y le ofrezcas ayudar  
en los quehaceres.

—Sí, papá.

—¿Hijo, cómo te fue?

—Papá, hoy me sentí mal  
por la tormenta de gritos,  
su mamá lo regaña  
cuando se le pierde una aguja.

Le ayudé a buscar  
un pendiente en el desorden del sofá,  
entre los cientos de objetos tirados  
en el gran vórtice de su sala,  
un caos permitido por sus padres.

Su papá al volver a casa,  
discute demasiado  
por cosas simples,  
reprochando a cada filo  
que daña su sensible piel.

Cual nave estrellada  
en un caótico abismo  
sufriendo por cada desperfecto  
por las heridas del desgaste.

Solo encuentran la calma  
al momento de masticar,  
panes con abundante mermelada   
mantequilla y embutidos.

Se acabó la mantequilla,  
por qué te lo comiste todo  
yo no fui, fue mi mamá,  
yo no fui, ¡estás castigado!.

Bebí un té, 
contemplando con luminostalgia 
la escena del fractal, 
donde los dulces y las harinas 
con abundante grasa devoraban
a toda una familia
sonriendo con cada bocado.

Doblamos el caos en orden,  
demoramos horas,
encontramos muchas envolturas,  
restos de comida en el piso,  
cual figuritas de colección  
de álbumes de supermercados.  
Cada envoltura contenía  
las razones históricas del problema.

Llevamos a lavar  
gran parte de su ropa,  
sus sábanas con restos de comida,  
habían cucarachas y moscas  
conviviendo en los pliegues y rendijas
como un solo cuerpo.

Sacamos un mundo de residuos  
de su habitación  
que convivía con ellos,  
encontramos una serie  
de objetos averiados y viejos.

Le pedí que los desechemos,  
él no quiso y se enfadó,

Le dije que si no haces esto,  
seguirá replicándose el caos,

Tomó aquellos objetos,  
y como un ave  
que se desprende de la basura  
aleteando fuerte  
se despojó de las sombras.

Limpiamos sus oscuras ventanas  
utilizamos dos baldes de agua,  
restregando un líquido muerto  
junto a pegatinas y cintas  
que se negaban a salir.

Cuando volvimos a ver el lugar,  
desvelamos una habitación lujosa,  
brillando en el reflejo  
de sus perplejos ojos  
cual luz de un nuevo amanecer,  
viendo la urbe con gran claridad.

Las bolsas de supermercado,  
las envolturas bajo la cama,  
el grito de su madre al perder las llaves,  
eran el mismo río turbio  
que fluye en nuestros corazones 
en cada vena vaso y capilar,
luz o sombra que se refracta  
de nuestras pieles.

—Ahora, hijo,  
quiero que le invites a casa  
a tu amigo.

Era un domingo,  
él llegó temprano  
en casa mamá divide las tareas,  
hoy me tocó preparar el desayuno,  
una ensalada de vegetales,  
huevos cocidos,  
pan integral,  
y jugo de frutas.

Mi amigo bebió  
un poco del jugo,  
comió su pan,  
dejó el plato de ensaladas.

me dijo:  
aquí yo me moriría de hambre  
viviendo con ustedes.

Su mamá lo llamó por urgencia  
por la visita de un familiar,  
retornando a casa repentinamente.

Mi papá me dijo:  
—ahora cuéntame,  
tus conclusiones 
con tus acciones.

Nuevamente   
fuimos al río,  

Vi en el interior   
un pez grande y uno pequeño,  
y pensé en el agua
que trasluce otros multiversos.

Acaso aquel pequeño pez 
también aprende con su padre,
enseñándole a su hijo
la tarea esencial, 
depurar:
La savia lumínica  
del gran río cósmico.

Aquel pececito  
que me observa   
bajo las ondas del agua,  
y al mirarme 
se hace la pregunta
alza su aleta y sentencia:
¿también bebes de este río?

—Christian Aycho Carbajal 

Dedicado a la humanidad 
Perú, 24 de marzo de 2026.

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de la Cosmopoesía Cuántica 

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