Pristales del Edén













Hay lentes cristalinos

por donde la luz de la verdad

atraviesa las heridas, el sufrimiento,

transfigurando la oscuridad

en razones existenciales.


Aquí yace un misterioso quásar

emitiendo radiante esperanza

en la esencia pristina,

del código fuente inmaculado

de la interdimensión cósmica,

aquella memoria viva del quantum,

donde la humanidad, los seres

somos cosmos contenidos

que abrazan al firmamento

en perpetua orbita luminostálgica.


—Buenas tardes, papá.

—Buenos días, campeón.

—Hijo, ¿qué sucede? Te noto triste.


—Papá, me duele el mundo.

Cada día veo escenas

que no deberían existir:

el eco de los vórtices digitales

estremece mi piel con el horror,

con el pavor a la muerte.


Golpes de distorsión ondular,

escenas de guerras,

humanos despedazados.

Me duele el dolor del mundo.


Duele no poder hacer nada.

Perplejo, entre lágrimas,

quebrado ante el colapso,

ante la extinción de las especies.


Aquel padre abraza a su hijo

en un eterno instante de reflexión

donde sus miradas se pierden

en los bits del trauma

exponiendo la agonía del mundo.


—Hijo, hay sucesos

que los corazones 

y los cuerpos más puros,

llenos de luminostalgia

de los cristales cuánticos no corruptos,

como el tuyo y el mío,...

¡jamás lo admitirán!


¿Ves allá, en el tejado, esas aves?

—Sí, papá: dos palomas

dibujan trayectorias con sus órbitas

en los fractales del alimento.


—Para entender la atmósfera

donde habita la humanidad,

debes mirar desde el espejo

de aquellas palomas,

desde otros prismas.


Imagina ser una de ellas,

observa al lector cotidiano

que cada mañana compra un diario

en la misma esquina.


Su vida es un vaivén:

su casa, su trabajo, las aceras.

Toman esos escarabajos de hierro

donde se posan, se desplazan,

descienden cargados de objetos,

película de tus espejos subatómicos.


Agudiza tu mirada.

Hay hombres libando aguas de colores

en objetos translúcidos;

las rompen en las aceras,

a veces pelean

perdidos entre el humo,

chillando como ratones

o rugiendo como leones.


Otras veces, niños, adultos, ancianos

nos brindan comida,

juegan y sonríen al vernos comer

junto a gorriones, gaviotas:

fiesta de migas, granos de latidos,

fractales de vida para más vida.


También hay quienes tiran desechos

en las calles, en las riberas,

en los caminos del bosque cósmico.


Otros caminan perdidos,

cual estrellas errantes

sin brújula,

balbuceando sin sentido.

Sus órbitas perdieron

la luz del mundo.


Pero hay algunos,

con vestidos elegantes,

que dicen ser los jefes,

unos cuantos que ordenan

escribir nebulosos glifos.


Las ciudades tienen muros sombríos,

parques de entretenimiento frío,

mercados, publicidad, gula, ansiedad.

Guardias custodian la prisión

del comportamiento de las masas,

escudan la energía humana

que succionan los privilegiados.


Cuidan que nadie rebase

los límites, los bordes del cubo infernal.

Con protestas y revoluciones

diseminan incoherencia e interferencia,

desvían los núcleos del camino

confinándolos en el bucle.


La narrativa sombría de falso cristal

se superpone a la razón,

a la verdad perceptual,

con piel cuasi creíble

con sugestiones de miedo.


Nunca fueron guerras

de doctrinas, religiones,

política o ideas.

La retórica enmascara

con hermética y ambigua filosofía,

amalgamada con fractales

de falsa esperanza,

sutil tejido de anzuelos y redes

de las peores mentiras de la historia:

las guerras son por los recursos.


Nuestros pueblos,

nuestra humanidad,

vulnerables, víctimas

de la desigualdad, las crisis,

la ambición, la polución,

las guerras, los holocaustos,

de la muerte infernal.


El verdadero sensus humanus

no es esclavizar;

es trascender el sentido existencial,

la evolución cósmica.


Me pregunto:

¿dónde quedó el sentido filosófico?

¿dónde yace el sensus existentiae?

¿dónde está nuestra humanidad?

¿a dónde vamos?


Estamos atrapados en cada paso,

volviendo una y otra vez al mismo lugar

del sufrimiento de un vórtex infernal.


En la era primitiva del autocolapso:

hombres extinguiendo hombres y especies

para saciar el sádico apetito de unos pocos,

apagamos frágiles almaterias

para mostrar superioridad.


¿Dónde cabe la idea

de que quien posee armas de extinción

posee poder? ¿Qué poder?

¿Poder para extinguirnos?

¿Poder del miedo, de la muerte?

¿Dónde cabe que para vivir

sea necesario acabar con la vida de otros,

seres que tejen nuestro respiro?


¿Dónde cabe que poseer virtudes

no tenga sentido?

Han teñido la ética

con océanos de sangre,

con el eructo infernal del Hades.


Aún no aprendimos a caminar juntos

como humanidad,

ni como prójimos cósmicos

en ayni y sin herirnos,

para atravesar las barreras del tiempo

hacia la luz,

libando del río cósmico

que nos une.


Crearon privilegios y tronos

sobre huesos humanos,

con pilares de inocentes.

Sellaron su báculo infernal

clavando las manos

—irónica corona de espinas—

en la esencia del ser,

llevando al abismo del esclavismo

a toda la humanidad.


Cada golpe en la piel,

cada chasquido cruel,

gotas de sangre

laceran el cuerpo

en el tañido agónico.

Ante el grito desgarrador,

ante las lágrimas en los ojos

llenos de luminostalgia

y susurros de adrenalina.


Es hora de disolver las paredes

de este infierno.

Salir de la catacumba de la hecatombe,

atravesar el nuevo camino

a la superficie del túnel,

a la realidad superior.


¿Cuál es el sentido de vivir

viendo con indiferencia

cómo aniquilan a tus hermanos,

a tu familia, a tu pueblo?


¿De qué sirve vivir sin razón

y morir sin nombre,

esclavo de la oscuridad,

espectro anónimo del supermasivo?


¿De qué sirve latir

sin refractar más razones

que reproduzcan la sinfonía cuántica

del cosmos?


¿De qué sirve nacer

para desgarrarnos el corazón

con la filosa hoz demoníaca,

aniquilando a otro hombre

en nombre de una vacía lealtad?


¿Quién define

quién vive y quién no?

No es un Dios de vida;

es el enemigo

de la creación divina,

del vasto multiverso.


Extinguir una vida

es cortar la secuencia,

las hebras, el hilo energético

de la expansión cósmica

de cada almateria,

de cada ser multiversal,

de cada velo entretejido

de un pueblo, una cultura,

una historia,

de cada cosmos

en los fractales de la ciencia,

borrándolos de la faz.


No borran solo vidas:

borran todo rostro,

todo rastro:

los pies de los niños,

los brazos fornidos,

los cabellos de rosa,

los pétalos,

las patitas,

las aletas,

las alitas,

aquellos ojos tiernos

que un día curvaron

los fractales del éter

en el punto de sus hijos:

la eternidad.


—Hijo, esta es la humanidad

sorbida por su propio error

de percepción cuántica.

No ven más allá

de lo que comen o leen.

Se basan solo en los glifos

que regurgitan la realidad infernal.


—Exacto, papá.

No solo ver,

sino detenernos a observar

con absoluta serenidad el caos

para desatar cada nudo,

liberar nuestros cuerpos

y cada cuerpo atrapado,

limpiar cada manantial contaminado,

la fuente pura del río alquímico

de cada fruto que sorbemos.


Analizar cada problema

y a quienes tejen las narrativas,

esos que maniatan cosmos neurales

para lanzarlos al Hades.

Desconectemos cada intención,

desvelemos las falanges demoníacas.


—Hijo, esta es la humanidad

sorbida por su error

de percepción cuántica

en cada qubit fatal.


—Entonces, papá,

es hora de quitarnos las nieblas

de este falso firmamento

con los ojos del cielo,

cúspide de la conciencia.


Un multiverso donde construyamos

un hogar armónico natural y tecnológico 

donde sembremos vida 

con las semillas del cielo.


Dejando que las aves vuelen,

que la brisa de la libertad

abrace las alas de la humanidad,

de las especies estelares en la espiral,

desvelando y refractando el pristal esencial,

el quantum depurado en el crisol

del Edén Cósmico soñado

en el corazón de sus núcleos.


—¡Bienvenido a la libertad!


—Christian Aycho Carbajal


Dedicado a toda la humanidad.

Perú, 04 de marzo de 2026.

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