El Portal Infernal













Hola, Papá,

se pudrieron 

algunas manzanas

que compramos.


Veamos, hijo.

los frutos 

no son objetos inertes,

son seres que laten luz 

como tú;

son latidos estelares

y cosmos vivos.


En sus velos alquímicos

yace el elíxir de la vida,

la savia lumínica,

el río que circula

en este pequeño universo

bajo su piel suave.


Hijo, cada almateria 

es la suma fractal,

los patrones cimáticos

bellos cristales de luz

en pétalos, polen y piel

del Huerto Cósmico.


La sinfonía cuántica

o la asinfonía

del alimento y del aliento,

de partículas y fotones 

ingresan por los portales

colisionando e integrándose

a la piel fractal,

irradiando eco de susurros 

en el caleidoscopio cuántico.


Hijo,

trae un cuchillo.


El padre secciona

con cuidado

la piel de la herida.


Papá,

¿el infierno

es fuego?


No, hijo.

Observa la manzana,

analiza el colapso 

de la existencia.


Sí, papá.

Hay una especie

de pústulo sombrío.


Aquí ocurrió

un descuido de cosecha,

ocasionó la colisión 

de la materia viva

contra el suelo,

abriendo un portal o rendija 

al infierno cuántico del Hades.


En este punto

la piel se desgarró,

parte de los electrones:

qubits de colores luz

se extinguieron.


Los frutos viven

como los árboles

que los sostienen.


La herida abrió 

paso a la extinción:

sórdidos vampiros succionan

y apagan el río bioeléctrico

de la lámpara cósmica.


La vida se fractura

en caos emocional:

en rostros quebrados

en luminostálgicos sollozos,

reflejo de espejos

de la herida infernal

en el quantum.


El infierno

es el sufrimiento,

el grito

de cada núcleo,

de cada átomo,

de cada célula.


Aquí germina

la raíz y pesadilla

de los males del mundo.


Pero más allá

de toda semilla visible

existe otra raíz.


Cada herida ancestral

determina error cíclico

del bucle existencial

del ser.


Recuerdas, hijo:

¿por qué no te llevas bien

con tu tío?


Un día

él se burló del corte

de mi cabello

frente a sus amigos.


Sus palabras ofensivas

fragmentaron mis latidos.

Me sentí muy deprimido.


¿Alguna vez

pidió disculpas?

Nunca lo hizo, papá,

la herida aún duele.


Ahora recuerda:

¿por qué no te gusta

la coliflor?


Un día

en un restaurante,

Mamá me obligó

a masticar el error.


Vi en la coliflor

fractales dañados 

emanando vaho.


Pero mamá insistió.

Mastiqué miedo,

el mal sabor.


Luego llegaron

huracanes en el estómago,

desequilibrando mis giros,

inflamando mis conductos

neuroalquímicos.


Vomité todo

internado en la clínica.


Desde aquel instante

mi cuerpo rechaza

la coliflor.


Hijo,

las heridas, 

no curadas

no desaparecen;

quedan grabadas

en el quantum

refractando el mal.


Hijo,

hay heridas

que atraviesan generaciones

como semillas oscuras

en los velos sociales y cósmicos.


Las heridas son estigmas

proyectados en la piel

desde los abismos hondos

en el quantum.


El tiempo no cura,

somos nosotros

quienes cerramos 

el portal de la noche

con esperanza de luz.


Todos tenemos desgarros;

todos fuimos víctimas

de algo que fracturó 

nuestros corazones.


Esa herida

no es abstracta:

es trama

de focos extintos.


El grito,

la intención,

las ofensas y

los golpes

emiten ondas

y partículas

que colisionan

con cada cristal

del cuerpo humano

y con cada ser vivo

del universo.


No hay heridas invisibles.


Toda herida

deja cráteres

en la piel cuántica.


Somos seres de energía

con partículas resonantes.


Patrones cimáticos,

cristales tejiendo el Edén 

o distorsionando en infierno.


No somos roca fría,

ni objetos; sino almateria 

de conciencia resonante.


Sentimos,

pensamos,

escuchamos,

percibimos la luz

que nos provee la vida

y la sombra

de la muerte dantesca.


Por eso, hijo,

quien camina 

con el corazón herido,

deja agujas invisibles 

en la piel del mundo.


Siembra

semillas de esperanza,

de amor

y de vida

en cada rostro

de este inmenso

multiverso.


Hijo mío,

tu corazón y tu cuerpo

es templo de fractales 

de vida.


Aprende a decir no

y a cerrar tus portales

cuando los espectros

pretendan infiltrarse 

para dañar tu ser.


¡Hijo, gracias por existir

te quiero mucho!

¡Te quiero mucho, papá!


Se funden en un abrazo

en el eco de la expansión

del universo;

ambos son tiempo-luz.


El infierno no es fuego,

es incendio de sombras

en cada núcleo

que perdió la luz

y el calor

en sus órbitas.


La luz radiante

es el amor que abraza

la creación de Dios

en un entrelazo eterno

al multiverso 

donde se expande la existencia… 


Y en el suspiro de los seres

Dios respira,

su aliento es pulso 

que curva el espacio

y abraza el tiempo.


—Christian Aycho Carbajal


Dedicado a toda la humanidad.


Perú, 07 de marzo de 2026.

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