Un fractal del cosmos













—¡Papá!
—¿qué es el Perú?

—Hija mía,
tenemos una deliciosa
tarta de manzana
en la mesa.

Antes de explicarte
tenemos que deleitar
el manjar cuántico
que transfiguró tu mamá
con la magia de sus manos,
amasando y horneando
el fermento de espigas,
manzanos y dulces
con fractales de amor.

—Hija, saca los platos
con los cubiertos.

—Esto es para ti, mi princesa.

—Gracias, papá.

—Este otro para ti, mi amor.

—Amor, tu vaso
de chicha morada,
y esto es para ti, mi bebé.

—Antes de deleitar
daremos las gracias
a Dios por compartir
con nosotros
estos latidos de vida.
Amén.

—Hija, este fragmento es Perú,
este otro, es otro país, 
y cada parte, hasta la última porción, hasta el último quark, es un fractal del mismo cosmos. Nadie es dueño de nada; solo somos fragmentos del todo, donde yace la deliciosa alquimia del amor refractándose
en nuestras pieles en cada generación. En la piel del Amazonas y de los trópicos yacen los misterios de cantores harawikuq. Titilan infillones de seres: cigarras, chinchillas, lechuzas y luciérnagas en el sombrío firmamento jade, cantando en los brazos de la alquimia clorofílica, la sinfonía cuántica. En la orilla radiante del espejo fractal salino que besa la luna abrazada a estrellas y galaxias, el profundo sueño del cosmos ulula el enigma del tiempo. Cada carita tierna, con pelajes de nieve y plumas del sol, mimetizados en liras de luz en el silbido de la quena del inca, abrazando a sus hijos en la sinfonía de la memoria épica. Inmensas voces de ángeles cantan himnos de libertad con tinyas y zampoñas de un pueblo que jamás se rindió. En el eco fractal de cada corazón, en una película del viento, se desliza la voz de Micaela Bastidas con la promesa beligerante cantando entre las almas. El niño Fernandito, que lloraba mares de luminostalgia junto a millones de hijos, se encontró con su madre, latiendo la ópera celestial de su dolor en cada núcleo de la Pachamama. Túpac Amaru aún camina en cada verso de la sinfonía cósmica, con su vaso de chicha, en el aroma de maíz dulce y qora, elíxir de la savia lumínica. Brindando la alquimia de la chicha, susurrando en el petricor la nostálgica lluvia de sal, rocío de las pupilas del mundo. El fractal carmesí del Tahuantinsuyo aún irradia en sus ríos, en cada arteria,
en los capilares,
en el eco de los Andes:
el renacimiento del ayni,
el canto cósmico,
concordia de la evolución humana.

En el fractal del inmenso viaje
Pachacútec sonríe junto a su esposa.

Atahualpa y Huáscar se abrazan
entre las madejas y el kaypu,
hilar de su linaje interdimensional.

La sinfonía andina
se funde en la sangre virreinal,
en nuevas pieles,
en nuevos kipus,
brotando nuevas semillas
de un fragmento sublime.

No es Perú:
es un pedacito del cosmos
en un lugar llamado país,
con historias distintas
pero en un solo verso,
en el harawi cósmico
del abrazo humano.

El canto de un nuevo mundo
donde se sella un pasado,
una historia en la espiral
de la memoria del quantum,
los ríos vivos de Saywite,
semilla y fruto
en las terrazas del tiempo.

Cada especie
un fractal del multiverso.

Somos luces
en cuerpos cíclicos,
floreciendo azucenas, cantutas,
retamas y amancaes,
esparciendo brotes de luz
en la historia
y en la cultura viva.

—Y tú, hija mía,
susurro y suspiro
de dulces manzanas,
eres un pedacito
del gran amor
entre yo y tu mamá.

Eres tú
nuestro pequeño universo.

Y es así este hermoso país:
la diversidad del cosmos
en un solo fractal llamado
Perú.

—Papá, en conclusión,
¿qué es el universo?

—Es todo lo que vibra.

El cosmos latente
es Dios.


— Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad

Perú, 15 de marzo de 2026.
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