El Retorno












Un día estaba sentado

en un asiento de la plaza central de la ciudad,

escribiendo a las estrellas del eterno,

canto y dulzura sinfónica.


Y vi unos pasos errantes

con el rostro quebrado

que se asomó a mi umbral,


Cualquier otro mortal salía huyendo, 

espantado ante la envoltura 

de estropajos y tufo pestilente,

que había secuestrado

a un inocente.


Hola, ¿Puedo sentarme aquí?

con una voz seca.


—¡Sí!


¿Tendrá un encendedor?


—No, no tengo.


¿Usted fuma?


—No, no fumo.


El humo salía de su boca,

desprendiendo el rojo carbón,

cual infierno ardiente

que aspiraba una y otra vez...


Me miró y derepente, 

comenzó a hablar

como si hubiera encontrado a alguien 

en quien descargar 

la pesada carga que llevaba.


Sabes…

mi esposa me abandonó hace cinco años;

se enamoró de su jefe.


Tuve un hijo,

y ella me borró hasta de la vida

de mi propio hijo.


Hoy ya no me importa nada;

prefiero pasarla bien.

Al fin y al cabo…

mañana me muero.


Total, a nadie le importará

de qué morí,

porque existencia no tengo.


Lo noto muy callado.


Escuchaba muy atento

sus palabras.


¿Entiende usted el lenguaje

más allá, en lo profundo

de lo invisible?


—Se refiere a la metáfora, ¿verdad?


—¡Sí!


—Entonces, le escucharé.


Tú, yo y todos

somos la suma de las probabilidades,

la vibración de infillones de núcleos

que configuran y flexionan

nuestra expresión,

nuestra esencia.


Nuestra piel

es el eco resonante

del impacto de aquellas heridas

que mantenemos vivas,

que palpitan y se alimentan

de nuestro sufrimiento.


El agricultor

logra la coherencia

depurando cada fracaso.

No hay cosecha buena

sin buena tierra,

sin buen cultivo,

sin buena semilla,

sin buen riego,

sin esfuerzo.


El hombre fitness

aprende a sostenerse en la cuerda

de su nuevo estilo,

su cuerpo,

evitando la tormenta de caprichos.


Todo se mueve

bajo cada constante,

bajo los filos de cada intención espectral,

de luces o sombras

que enlazan los pulsos,

la voluntad

y el andar.


En guía dañada,

del esqueje roto,

brota la distorsión

del ser.


¿Dime por qué

te dedicaste a esto?


Me cuesta decirlo,

pero confío en usted…

Aún recuerdo las palabras hirientes

de la mujer a quien amé

y de su madre:

“Eres un fracasado,

ganas muy poco,

das muy poco a tu familia,

y no es la vida que ellos merecían”.


Otra razón

fue la muerte del ser

que me trajo al mundo,

a quien amé y amo mucho.


Sabes:

La alquimia del ser

se tuerce en la oscuridad,

deslizando:

sus palmas,

sus tallos,

sus hojas,

sus manos,

sus patitas,

sus aletas,

sus orbitales,...

hacia la luz.


Sutiles hilos

de caricias y tentaciones,

tentáculos que atan mundos enteros

al abismo y al caos.


Las sombras que se ciernen

en el río alquímico,

infectando la pureza

y la densidad fractal,

palpitan en mil realidades paralelas.


Hay almaterias perdidas

en un bucle

que las larvas tejen y palpitan

en sus conductos,

en sus venas…


Destilando control

de sus deseos,

de las pasiones,

deleitando el sabor

de los labios del infierno.


Diseminan el caos.

Y si bebes el caos…

el caos controla tu ser.


Entonces: esto…

tomó control de mí.


Pero sabes

qué es lo que nos caracteriza

a todos los que nacimos:

siempre buscaremos

la luz de la vida,

como las plantas y animales

en el gran túnel

de la adversidad.


Todo requiere esfuerzo

y gratitud a quien

nos da la energía.


¿Qué define tu vida?

¿La definen las sombras

o la luz que infundes

en tu manantial cuántico?


El ser es la refracción

de todo lo que fundes

en tus portales,

lo que vibra

en tus entrañas,

como ondas de probabilidad infinita.


Alguien dejó los filos

cual néctar de la tentación;

unos lo beben

llorando hemorragia turbia.


No es paz

el letargo momentáneo

de la sustancia que sorbes;

es el báratro cuántico

que distorsiona el cosmos

desde el interior del ser.


Quien daña la tierra

daña sus raíces,

fracturando la fuente

de los rocíos

que caerán de sus ojos.


El ser, semilla o filo,

de los ojos del cielo eterno:

su final es el árbol

o la sangre de su propia mano.


Cada cuerpo,

fractal de escalas,

engranaje y eslabón,

núcleo de cooperación

del gran río cósmico

de la vida.


Dime ahora tú:

¿dónde estás ahora?

¿Cuál será tu siguiente paso?


Aquel hombre

apagó su cigarrillo,

tomó su mochila,

la tiró en el tacho,


como quien destruye las cadenas

de algo que lo mantenía atado,

crujió el vidrio del Hades

y el sórdido líquido en pedazos.


Vi las palomas volar,

contemplando una liberación.


Me dio las gracias,

¡muchas gracias!

con una sonrisa,

como si aquel hombre

hubiera regresado a la vida

luego de un largo viaje…

bramando entre lágrimas

¡Mamá regresé!


Y se fue como una estrella fugaz,

con la mirada perpleja en el horizonte,

como si hubiera olvidado

el arroz a punto de quemarse.


Nunca más lo vi en la calle.


Todos volvemos

a nuestro origen,

contemplando con luminostalgia

la felicidad del eterno río;

somos rostros y manos,

con un corazón,

en un ir y venir constante.


¿Dime ahora

cuál es tu próximo paso?


Manantial cuántico…

siempre vuelve a la luz.


—Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad 

Derechos reservados ®


Comentarios

Entradas populares