La Guerra del Multiverso
—Papá, puedo preguntarte algo,
—por supuesto hija,
—Está bien:
¿qué es el infierno,
y qué es el paraíso?
—Hija, woow!
estoy perplejo:
son profundas preguntas.
—Mi cielo:
Somos péndulos
en medio de un océano bélico
en una interdimensión de espectros.
No hay infierno
en el más allá,
sino en la curvatura del flujo,
debajo, sobre, dentro o tras,
astillando los núcleos
al vacío del multiverso.
El sufrimiento yace
en el mismo filamento cósmico,
en el desvío,
en el desborde de la chispa
de los seres hacia las sombras.
En la misma piel,
en cada punto
del velo cuántico
de cada estrella.
En el brote infeccioso de la noche
extendiéndose en el rostro,
ojos sollozantes
bajo la hoz de Hades
buscando la luz.
Una flor,
antes de concebir frutos
y semillas,
fue desgarrada.
Antes de que el rocío
pesara en sus pétalos,
extinguió el aroma
y los colores
de la primavera alquímica.
No se vieron frutos
ni el néctar de luz.
Arrancaron
un núcleo de su hábitat,
aniquilando letras y notas
del colosal poema cósmico.
El paisaje se quiebra
en el fractal del ser:
partículas,
ondas,
fotones.
La existencia
no es solo un hilo.
Son madejas.
Nudos de cosmos
que atan
cada núcleo,
cada gluón,
cada brazo gravitatorio.
Las hebras genocuánticas
tejen membranas
en pieles fractales de qubits
en lozanía fulgente.
Cada almateria lidia
guerras épicas,
batallas en el quantum;
y en medio del colapso,
recordando la luz
que pulsa nuestros latidos.
El sueño feliz
es el canto de gloria
de cada almateria,
onda armónica de la vida.
Desde la concepción,
la lucha externa
es lucha interdimensional
contra espectros infernales,
del cuerpo
por cada latido del tiempo,
por el elíxir bioalquímico.
La tierra prometida
no yace en el imaginario
de un manuscrito
que nos aleja de la vida eterna,
ni en una esperanza fascinante
de esclavos perpetuos,
sino en cada pliegue fractal
en el código cuántico
de la Pachamama viva.
En el canto vivo
ayni de los astros
que bordan el multiverso,
el cosmos es el hogar de todos,
mas no de quienes
corrompen las hebras.
Fracturando pueblos
para beber el dolor
de los esclavos hebreos,
sembrando espectros sombríos
en la neuroalquimia social
para sostener el infierno.
Lienzo de sol
en el huerto
de los jazmines;
onda y partícula
en los pies de las abejas,
canto y cuerda resonante.
Labios, garganta y percusión
de los velos gravitacionales
susurran la poesía del latido,
pulso del corazón de estrellas.
Relámpago y rayo,
pulso y ritmo,
río de lumbre en la miel,
datos del tiempo-luz
se funden en las pupilas
del horizonte.
Cada quark guarda memorias
del tardígrado,
de la ballena azul,
del humano
que mira las supernovas,
legendaria y heroica chispa
del eterno viajero cósmico.
Un quark contemplando
desde el rostro
de una bella supernova
de una galaxia,
en los ojos
de un humano.
En la erosión
de las rocas astrales,
polvo y sedimento
de información.
Color radiante
en los patrones
de las flores
del jardín primordial.
Las estrellas absorben
la fuente lumen de otras estrellas,
vibrando el canto del cosmos,
liban el sueño vivo
de la luminostalgia colectiva.
La voz emerge del manantial,
alquimia del néctar;
onda de hilos que atan
las orbitales de los núcleos
de los pétalos
en belleza sublime,
susurro, suspiro y anhelo
del amor cósmico.
Acariciando con sus palmas,
cada destello
recomponiéndolos en su corazón,
condensando en su xilema,
en sus raíces, tallos y hojas,
el amor de su estrella
en un río de luciérnagas
que irradia en su piel
eco y otros soles.
El haz de luz atravesando
el aura de la mariposa azul cósmica,
los ojos de los gigantes oceánicos de luz,
las alas del quetzal resplandeciente,
y las luminostálgicas pupilas humanas.
Entrelazando cada núcleo
de los velos estelares,
cada corazón
enamorando los rostros
y los latidos del tiempo
en pulsos que sostienen el cosmos.
Cada ser es el engranaje
interdimensional;
un jardinero sembró
cada patrón cósmico,
cada especie,
cada velo de la trama cuántica
en orden inteligente.
Los fractales del espacio
en tu piel
pulsan el sueño
del amor o la entropía;
los cúmulos de sombras
eclipsan y ahogan
la existencia.
Cada umbral,
cada portal,
cada conducto
donde el río arde
se enfría, se condensa,
se seca, se obstruye…
se refracta en las expresiones.
El drama estelar,
refracción del río alquímico,
la fragilidad es caos
en el desierto oscuro
de los cuerpos caídos.
Una sonrisa es el eco fractal
de la sinfonía cuántica,
que brota de tu neuroalquimia.
Tus velos,
ciudades multiversales,
tu cuerpo un cosmos
de infillones de seres
que piensan tus pensamientos;
eres inteligencia de algoritmos
de un universo que reflexiona
en el espejo de tu reflejo.
Infierno, entropía sombría,
fiebre ardiente y padecer,
infección y distorsión,
herida y hemorragia
del manantial alquímico.
Edén, armonía cósmica,
fuerza y amor sublime,
raíz y semilla
de infillones de luces y seres.
En el complejo éter
una luz jamás se apagó,
aún late en cada corazón,
los electrones primordiales
en los pétalos de cada quark.
Edén cósmico:
hogar del río primordial,
donde cada ser
recuerda
la luminostalgia
de su origen.
Aún resplandece en tu pecho,
en tus sueños
los pristales,
cristales cuánticos puros
refractando e iluminando tu estrella
donde yace la esencia
y la consciencia del jardín.
Somos alquimia de la materia,
el río cósmico que se deshace
del infierno para continuar
el cauce sinfónico
de la partitura sagrada,
el reino de los cielos.
—¡Te quiero mucho, hija mía!,
—¡te quiero mucho, papá!;
tus enseñanzas son luces,
el camino a la tierra
de la vida eterna.
—Papá, entonces,
somos fractales del cielo.
—Sí, hija mía,
eres mi pequeño cosmos,
pensamiento, conciencia
y espejo fractal del multiverso,
somos multiversos contenidos
en un titánico cosmos llamado Dios.
—Llegaremos a él,
abrazados a cada prójimo,
encendiendo el camino
de cada almateria caída.
Juntos en este viaje
hacia el renacer perpetuo.
—Christian Aycho Carbajal
Dedicado a la humanidad.
Perú, 16 de marzo de 2026.
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