Espectros













Hay señales que enseñan

con señas los caminos,

alineando, torciendo o retorciendo

el suspenso de los pasos

de los péndulos andantes

a las concavidades infernales 

o a los jardines del cielo.


Hay críticas o elogios

que se condensan,

incendiando o iluminando,

donde las revelaciones

son verdades simultáneas,

confluyendo en el ritmo

de los pulsos del cosmos.


Bajo el misterio umbral,

infillones de puertas

se abren y se cierran;

se cierran y se abren.


Bajo las alas que baten

los susurros del viento,

yacen espectros

o chispas boreales 

deslizándose,

traspasando las rendijas,

colisionando en la danza

de los corazones

que tejen la piel de la realidad,

en preproyecciones y 

cubiertas de qubits.


El firmamento

imprime los velos estelares

en impactos de ondas,

en olas grandes y pequeñas,

en cúspides y abisales,

en pétalos de orquídeas

o podredumbre inhóspita.


Labios sedientos 

beben ríos de atmósferas grises,

ojos desiertos 

lloran lágrimas de ríos grises,

ríos grises

infectan el cielo 

con las tinieblas del infierno.


Y en el fractal de los fractales,

de un Edén ancestral colapsado 

donde el cielo 

aún abraza a sus hijos,

yacen los vestigios

de un enigma vivo.


En el hogar de un sabio,

su hijo menor

trajo un mundo en sus manos.


—Hola, papá.

—Hijo mío.

—Papá, encontré este juguete

cerca al puente de la escuela,

en un rincón bajo las piedras

cuando lanzábamos al río 

para deslizarlas en la piel del agua

deleitando cada rebote.


Ahí, estaba él 

bajo un túnel de piedras.


Alguna niña lo perdió.


—Puedo verlo.

—¡Sí, papá!


Entre sus manos se acostaba

un muñequito de algodón,

envuelto en estropajos,

con los ojos desorbitados,

con la sonrisa ausente.


Un aura extraña

bordeaba sus esquinas,

escalofríos de curiosidad

los llevaron a destejer

el filo macabro de los alambres

que encadenaban sus brazos

y la mitad de su maxilar.


—Papá, 

tenía agujas incrustadas,

las quité para no herirme

al traerlo aquí.


En su espalda, 

un parche deshilado

con grietas oxidadas.


Desenrollamos sus ataduras,

desencriptando cabellos humanos,

una fotografía borrosa

sepultada en su pecho.


El niño miraba perplejo

con profunda luminostalgia

a aquel tétrico fractal.


Viendo desenvolver 

cada filamento,

replicando un canto

que su padre sostenía,

la plegaria de la libertad.


El padre explicó al niño

las leyes invisibles

que operan en los rincones

de la materia del cosmos.


—Hijo, hoy revelamos

la ruleta fractal.


Ves estos cabellos:

poseen el código genocuántico,

puente entre conciencia y universo,

fragmento y fractal,

partícula y onda

espejo y reflejo del universo.


La intención, demoníaca o lumínica,

Vértices de onda colapsan la realidad,

un grito y eco que recorre el multiverso.


En el reino del espejo cuántico,

donde la probabilidad 

es un fractal sensible,

un rito de onda teje

con hilos de intención y deseo

el momento del espacio.


El ondulamiento cuántico,

entramado de partículas,

conecta la réplica fractal inherente

con las fuerzas de consciencia.


La intención demoníaca,

un susurro en el viento,

atrae la realidad

hacia el abismo del mal.


Hijo, canta la sinfonía del cosmos:

Cada palabra, cada deseo,

es onda, es intención,

atrayendo los estados de las partículas.


Hijo, la niña que perdió este juguete

es aquel ser que desbordó su frasco

por úlceras de odio,

para envolver en el muñequito

un vórtice infernal,

colapsando su esencia almaterial.


—Papá, entonces la niña está atrapada

en las fauces del Hades.

—No, hijo: la niña es las fauces.


Mira sus dientes:

son los alambres que ajustan

los brazos que desenrollamos,

aquel hilo que envolvía su boca,

apagando sus labios

en una línea infeliz.


Cada vez que dormía,

reemplazaba las pestañas 

por ceños de agujas

hincando sus médulas,

mordaza y flagelo

de sus sonrisas.


—Papá, la foto es de un joven.

—Sí, hijo: ahora sabemos

que ya no era una niña,

sino el filo de las sombras

colapsando cuerpos.


Aquellas intenciones, 

manos y voces de conjuros,

se despliegan desde las sombras

para infectar la luz de la vida,

para expandir su sombra

de tortura y sufrimiento

del supermasivo infernal.


—Papá, ¿podemos revertir esto?

—Sí, hijo: ya hemos desenvuelto el caos.


Hijo mío, al caminar

deja que tus huellas

sean señales y semillas

para los que vienen

detrás de la noche.


Refractando las señas

en sus corazones,

en órbita a la vida eterna:  

Dios.


—Christian Aycho Carbajal


Dedicado a la humanidad.

Perú, 19 de marzo de 2026.

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