Eliod
En un reino muy lejano
gobiernan los reyes católicos,
Iris y Arturo, fruto del amor,
nació una princesa:
Ylenea, flor atesorada.
Mas el reino, la corrupción
lo ha destruido por completo;
el amor y el sentimiento
de la humanidad.
Por causa de las libertades
excesivas a la lujuria,
a los vórtices digitales
que bebió el sentido humano.
Insertando espectros del libertinaje
del ocio, de la corrupción,
donde la anarquía rompe
la razón en egoísmo,
ambiciones desmedidas y caos.
En el pueblo ya no se oyen
historias de amor,
todo se tornó oscuro
y los reyes temen
que el reino desaparezca.
Al no encontrar
al consorte idóneo
para la princesa Ylenea,
el rey Arturo se encuentra
mal de salud.
Altos mandos militares,
príncipes de otros reinos,
envueltos en historias
de infidelidad y problemas,
no cumpliendo con las expectativas
de los reyes.
Dos príncipes optaron
por otra sexualidad,
mostrándose indispuestos;
al llamado de los reyes,
continúa en pie la búsqueda,
mientras tanto;
La salud del rey Arturo empeoró
debido a la creciente contaminación
y al descuido del gobierno.
La creciente ola de robos, saqueos,
homicidios, golpea a la población.
Los ríos han sido contaminados,
miles de personas mueren a causa
de enfermedades en infiernos cuánticos.
La drogadicción en las escuelas;
en las calles, descontrol social
amanecen bajo los efectos,
semidesnudos; otros muertos
por accidentes y bacanales…
La reina Iris ha traído
a los mejores doctores.
El rey Arturo no soportó la operación;
los médicos anunciaron su defunción.
El castillo de luto,
la reina Iris y la princesa Ylenea
lloran mares de sal y angustia,
ante el pueblo que se desangra.
La reina convoca al pueblo
para anunciar la trágica noticia
«Ha muerto su majestad, el rey Arturo».
El pueblo prepara las exequias
y los protocolos para despedir
el cuerpo junto a la iglesia.
La reina Iris y la princesa Ylenea,
abrazadas mirando el semblante
del rey, aquel esposo
y padre ejemplar y muy sabio
lucía en un largo sueño;
Sus rostros quebrados,
sus ojos inundados de dolor
y en luminostalgia.
El reino ahora está
a cargo de la reina Iris.
La princesa Ylenea, una joven bella
e inteligente, conversa con su madre
al sentirse acongojada, para superar
este triste suceso.
Decide solicitar la aquiescencia
de la reina Iris para hacer un retiro
en el convento más alejado del reino,
en compañía de los sacerdotes.
La reina se asegura de enviar
tropas para resguardar
a la princesa Ylenea durante dos semanas.
La reina decide gobernar
con el apoyo de su consejo
y de la iglesia.
La princesa Ylenea emprende su viaje.
En el segundo día, un grupo
de criminales abatió a las tropas,
secuestrando a la princesa.
La reina Iris se enteró por medio
de una misiva que pedía
por su rescate.
Los criminales la maniataron,
y la llevaron a una casa alejada
amordazada en un pesebre.
El monto era excesivo,
exigiendo por su liberación
la suma de dos barcos con oro.
La reina respondió que eso
requeriría de tiempo para ser reunido.
Los delincuentes le dieron un tiempo
de cinco días; en caso contrario,
asesinarían a la princesa Ylenea.
Un joven humilde, Eliod, ingresó
a la casa donde vivía su amiga,
una anciana a quien solía visitar.
Al no contestarle, vio en la puerta
a unos hombres armados.
Eliod sabía dónde estaban
las llaves de su anciana amiga.
Él ya conocía a los malhechores
y decidió ir a salvar a la anciana
de modo sigiloso.
Logró ingresar por la puerta
posterior, donde está el pesebre
de animales. Oyó pasos
y se escondió tras las vacas.
Al entrar a la puerta de los cuartos,
en la silla, una mujer de piel radiante,
con cabellos rubios, vendada;
dos hombres la vigilan.
Aquel joven, Eliod, espera
el momento oportuno
para salvar a aquella mujer.
Al caer la noche, dos hombres
intentan ultrajar a la princesa Ylenea.
Eliod decidió salvarla,
buscó en el mueble el cenicero,
apagó la luz, tomó puñados
de cenizas de ahí en ambas manos,
arrojándoles en los ojos
cual potente gas pimienta.
Mientras se retorcían buscando agua
en la oscuridad, él desata a la princesa
y la lleva a salvo, en dirección
a la parcela inmensa de maíz.
Ella le preguntó a dónde iban.
—Estoy salvando tu vida—.
Ella asintió.
En la noche de luna llena
se ve la maraña del oscuro bosque.
Unas luces y linternas junto a hombres
la buscan; ellos siguen huyendo.
Eliod conoce un lugar seguro:
una cueva que un día visitó,
un lugar poco accesible,
logrando llegar tras horas
de arduo camino.
La princesa con sed y hambre,
pero Eliod tiene comida
en su mochila, quesos, cancha,
unas galletas y néctar de almíbar,
que Eliod lleva siempre por seguridad.
Ylenea le cuenta quién es.
Él, impactado, a la luz de la luna llena,
por tamaña hazaña:
salvó a la princesa
y aún no lo podía creer.
El frío es fuerte; Eliod logró reunir
hojas secas para hacer una cobija
y, con unas leñas, logró hacer una fogata.
La princesa se durmió segura,
mientras él narraba épicas historias,
que sus abuelos le contaron.
Al amanecer, Ylenea veía
una chaqueta cubriendo su cuerpo,
apoyada al calor de Eliod.
A los primeros rayos del sol
se miraron con dulzura.
Ella al fin conoció a su héroe, Eliod,
de quien se había enamorado
a primera vista. Al conocer la historia
de su amiga, la anciana que vivía,
quien fue asesinada, la princesa
presenció ese hecho, amordazada.
Eliod lloró por su amiga,
a quien trataba como a su madre.
Él, un joven huérfano que huyó
del orfanato por temor a los abusos
de unos curas; un hombre amante
de la filosofía, las ciencias, la política…
Vivía a dos horas de viaje.
Decidió ir a la casa de una de sus tías.
pidió prestados dos corceles,
aseó y cambió la ropa a Ylenea
para pasar desapercibida.
Desayunaron y emprendieron el viaje:
dos días rumbo al castillo del reino,
dos días de viaje, una travesía estelar,
tejida por las fuerzas del cielo,
en el primer descanso.
Y en ese primer descanso,
bajo cielos colisionados
urdiendo en secreto el amor,
el Quantum de sus almaterias
comenzaron a comunicarse.
En lenguaje cuántico
de ondas bioeléctricas y frecuencias
que atraviesan por las pupilas,
un lenguaje que sólo
el universo comprende:
Todos tenemos un libro cósmico
el canto eterno del tiempo
de los núcleos escalares
atesorando y escribiendo
con tinta roja, cada latido.
En el primer descanso,
las cajas de resonancias
de Eliod y la princesa
cantan en silencio
pulsos por el amor
a la vida y a la existencia.
Un péndulo de abrazos iónicos
la vida, un canto de miradas
el abrazo de Dios tomando sus latidos
y en el centro el universo
se introduce estallando supernovas
de estrellas en suspiros.
Sus almaterias en un firmamento
un camino de conductos arbóreos
que encienden luciérnagas cuánticas
vibrando en sus ejes
la sinfonía de su refracción.
En el corazón y la mente de Eliod
su majestad la princesa,
su rostro, su sonrisa, su aliento,
su voz, sus jadeos y su piel.
Resuena el suspenso sísmico
orquestando sus latidos,
sus sueños que giran en su eje,
como un huracán de pasión,
envolviendo su aliento.
Tejiendo el entrelazo,
con cantos de serotonina
ella sonríe, ambos soñamos
el mismo incendio, colisionando
nuestras ondas que atraviesan
por nuestras pupilas, sin parpadear.
La luminostalgia enciende nuestros
rostros, cara de luna y sol,
aliento y susurros enamorados
le tomo de las manos, sin entender
el límite de lo prohibido, tomar
la mano de una princesa.
Me abraza la cintura pegada a mi pecho,
gracias, Dios, por inmensa alegría;
sus cabellos angelicales electrizan
sus campos bioeléctricos.
Me deslizo en ella con los dedos,
su carita, sus mejillas,
ella me acaricia,
toca el canto de mis labios.
Y en un cerrar de ojos,
un beso profundo
canta melodías dulces
en mis fractales cuánticos.
Durante el viaje, ambos llegaron
a enamorarse perdidamente,
despertando un amor increíble,
era el deseo de su padre.
Ylenea se preguntaba
cómo así había un joven tan inteligente,
humilde y guapo en un lugar tan lejano,
agradeciendo a Dios por este regalo.
Al llegar al reino, se enteraron
del rescate. Los soldados dejaron pasar
a la princesa Ylenea y a su héroe Eliod.
La sorpresa fue impresionante
para la reina Iris, que le ofreció
una recompensa a Eliod
por salvar a su majestad.
Sin embargo, Eliod
no aceptó la recompensa.
El joven dijo:
—Yo la salvé por humanidad,
porque intentaron abusar de ella—.
La reina se sentó a conversar en privado
agradeciendo aquel gesto;
Eliod respondía con respeto
las interrogantes de la reina,
oyendo la travesía heroica.
Eliod se despidió y decidió retirarse.
La reina Iris aún no podía creer por qué
no aceptó la recompensa.
Eliod salió del castillo sin despedirse
de la princesa, volteando a mirar
con tristeza aquel recuerdo que palpita
el corazón por su majestad,
Recordando a la princesa de sus pupilas,
la dulce melodía de su destino,
en suspiros que se oscurecian
con cada paso de retorno a casa.
Tarde fue cuando
la princesa Ylenea se enteró
y salió del castillo desesperada;
no se había despedido de Eliod
que ya tornaba a su aldea.
La princesa lloró desconsolada.
La reina no creía ver lo que sucedía;
Ylenea necesitaba volver a verlo.
Decidió enviar a sus soldados
para buscar a Eliod.
Lograron traerlo al atardecer.
Ylenea lo esperaba; sus ojos se llenaron
de gozo al verlo. La luminostalgia
cubrió sus ojos, abrazándose
en el encuentro de ambas almas.
La reina Iris, pasmada al ver la actitud
de su hija, decidió casarlos.
Invitaron a otros reinos y al pueblo
para celebrar la boda imperial.
Al fin, Eliod, hombre sabio, guapo
y humilde, se hacía rey junto
a Ylenea; el destino selló el deseo
de su padre, con un sabio hombre.
Recuperó los ríos y manantiales,
restableció la sinfonía cuántica
de las almaterias etéreas
con políticas cósmicas
de calor y amor humano,
volviendo a sembrar la vida.
La madre de la reina,
contempla con orgullo
junto a los reyes,
abejas, polen y flores
de una nueva primavera cuántica
fractada en el jardín estelar del Reino,
donde se respira armonía multiversal.
A lado de la mujer más bella,
aquella princesa que un día rescató
de las manos del mismo Hades,
Gobernaron con justicia y recuperaron
aquella humanidad que por poco colapsó.
—Christian Aycho Carbajal
Derechos reservados.



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