Ángeles Cósmicos








En cuerpos estelares
yacen los ángeles
que despiertan al niño
oculto en el quantum.

Guían a cada ser,
a cada hombre,
en su largo y eterno andar
por la senda de la purificación,
en cada nacer y renacer.

Con cada gesto ondular,
ellos fractan los péndulos
de una sonrisa,
de una carcajada,
del latido más puro
del amor a la vida,
del amor a Dios.

Sus tiernas pupilas galácticas
fractan el aliento alquímico
en los ojos de la humanidad;
su compañía es calor y color.

Sus finas peluzas,
sus plumas coloridas,
sus bigotes rudos,
sus suaves pieles,
sus patitas rugosas,
sus pétalos y su follaje:
mágicos rayitos de estrellas
que ondean la curvatura
de la felicidad.

En el petricor de cada aurora,
su corazón cósmico
orquesta mis latidos
en perfecta armonía,
en sincronía de caricias,
entre arrumacos,
travesuras y travesías.

Y de ese coro estelar,
uno camina conmigo.

Mi protector,
mi amigo incondicional:
tu mirada de estrella,
mil abrazos neuroalquímicos
que encienden mi luz neural,
disipando toda sombra invasora.

Despiertas en mi ser
cada constante existencial,
pues sin ti, nebulosas y agujeros
apartan el verso latente
y borran mis fotones.

Tu calorcito cósmico
es un corazón irradiando
el cielo en mi galaxia neural,
dejando translucir
el amor de Dios
en mis pristales cuánticos,
en mi intramultiverso.

Tu presencia sublime
es calma y sonrisa
al volver a casa,
al regresar al Edén Cósmico.

Con tus cantos,
con tus ladridos,
con tus maullidos,
con tus locuras,
tejes la sinfonía de mi vida.

Un fragmento del Edén
late en tu piel,
devolviéndome, en cada quark,
colisionando en cada fractal escalar,
mil razones existenciales.

Cada ángel enviado
llega en el momento indicado
para recordarnos que el cosmos
es la belleza del jardín etéreo,
donde seres increíbles
tejen nuestro mundo.

Instrumentos cósmicos,
partitura del Director Supremo,
entonan la Sinfonía Cuántica
en melodías ondulares
que llenan los vacíos
y curan los desgarros
de la humanidad.

Todo ser es
espejo refractante
de la luminostalgia,
de la esperanza
para latir cada día más.

Aquel ángel fracta
sus caricias,
mueve su colita;
su mirada estremece,
enternece y devuelve
a la Pachamama la fuerza
para luchar,
para no rendirse,
para agradecer a Dios.

Dios mío, gracias
por cada latido,
por cada respiro,
por cada ser
que llenó mi mundo
de profunda alegría
cuando la tristeza
golpeaba con furia
mi almateria.

En el instante en que
mi mundo se caía en pedazos,
cuando ya nada tenía sentido,
una mirada épica
volvió a refractar su luz
en mis ojos.

Porque en aquellos ojos
Dios refleja los qubits
de la chispa iónica,
abrazando con alas
de estrellas ondulares
los latidos titilantes:
fragmentos vivos
del Paraíso.


—Christian Aycho Carbajal







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