El Núcleo de la Razón













Es el multiverso
un océano de posibilidades latentes,
desde el corazón de los neutrinos
hasta el eje de las galaxias;
la rueda gira en función de la energía.

La consciencia del hombre
es la visión neural translúcida
del contexto de los espectros
y de las luciérnagas
que liban luz o parasitan
las hélices cósmico-existenciales.

Un ejemplo de esta abstracción
ocurrió hace un mes,
cuando fuimos a una excursión de aventura
a un bosque cósmico.


Todos llevamos pollo, res y embutidos
para un gran festín,
sin prever que el suceso
sería extremo.

Eran las siete de la noche
cuando aguardábamos el instante
para servir un almuerzo tardío,
tiempo fractado en la montaña.

Bebíamos a gusto,
concentrados en la fogata
y en el instante compartido.

El olor de la carne asada
era increíble,
de esos que te transportan
a un viaje cuántico feliz,

Aquel donde cada quark,
cada átomo, cada célula
vibra en armonía
con los aromas del festín cósmico.

Al rato, un lobo se acercó
a husmear la comida.


Nadie lo vio;
solo el narrador,
en un suspenso terrorífico,
percibió el inicio
del panorama épico y viral.

En tan pocos momentos de luz
se acercaron más lobos;
los amigos, distraídos,
entonaban canciones bellas
envueltas en bromas,
alcohol y risas.

La manada devoraba
el gran festín del año:
lobos hambrientos
que comenzaron a pelear,
destrozando todo a su paso
para proteger sus presas,
engullendo incluso las provisiones.

Cuando el estruendo voraz
de la pelea estalló
con ladridos y utensilios,
como un pavoroso tintineo,
el grupo se percató
del colapso acontecido.

Vieron cómo la carne exquisita
había atraído
a dos docenas de lobos.

No fue el bosque,
ni los lobos,
ni la noche encendida.
El error fue la desconexión con el mundo,
ese umbral previo
al despertar de una nueva consciencia.

El error quebró cinco años;
un hijo quedó en abandono.
No por maldad,
sino por no leer
las señales vivas del entorno,
por no habitar la atención.

La alegría de aquellos hombres
se transformó en preocupación,
en rabia y pavor.
Los lobos huyeron
luego de saciarse.

Fue una tarde inquietante.
El grupo regresó antes,
alterando sus planes.

Los lamentos posteriores,
las discusiones de pareja y de amigos,
fractaron relaciones
como almaterias rotas
tras una explosión.

Existen razones-agujero,
ojos de manipulación y destrucción.

La carne asada fue una razón alquímica:
un punto donde convergieron
los deseos y anhelos
para saciar un hambre incógnita.

Un cazador que deambulaba cerca
analizó la situación:
los lobos van donde hay comida;
el olor los atrae,
y saben que donde hay voces humanas
hay alimento.

Observó restos en el césped:
ratones, cuervos y pajarillos
terminaban lo que quedó.

Vio la ingenuidad de los jóvenes
al dejar la comida expuesta,
confiando en que nada ocurriría
mientras la atención
se dispersaba en el momento.

Hablaban de fútbol,
de estrellas de farándula;
el alcohol y los cigarrillos
nublaban la razón neural
en una atmósfera entretenida
y grisácea.

Los lobos también se hirieron;
los más débiles recibieron
mordeduras profundas
de otros que peleaban
con vileza por comer.

El narrador gira entonces
la ruleta filosófica,
extrayendo probabilidades
de los espejos históricos.

Todo es matemática:
si la razón original falla,
todo lo demás se fracta
en las cifras del origen.

Las presas son una de las razones.
Toda razón primordial se planea,
se somete a supuestos
y a predicciones probabilísticas.

Se contemplan contingencias;
se bebe con moderación
para no dañar la razón neural.

Las rupturas amorosas
y las discusiones
son síntomas de la sombra original.
No hay culpables:
hay aprendizaje filosófico.

En un caso extremo,
si hubiese ocurrido una muerte,
sería el síntoma máximo del desliz:
algo que pudo suceder
por desconexión etérea.

El mundo se fracta
según vertientes cósmicas:
un núcleo alquímico
puede ser supermasivo del colapso
o celebración de construcción.

En este caso,
el núcleo creó una vertiente positiva
para los lobos,
que aprovecharon el instante
hasta pelear por cada presa.

Fue deconstructivo para el grupo humano:
el alcohol y la molestia
generaron discusiones,
peleas y un supermasivo negativo.

La atención se basa en razones;
todo se basa en motivos:
si sales a trabajar,
si vas al mercado,
al parque, al cine,
a la discoteca
o de excursión…

El mundo gira
en función de constantes.
Es el hombre quien interpreta
los códigos de la clave
para romper la envoltura,
caer en el error
o crear un campo energético distinto.

El hombre es semilla y sembrador.
Puede producir más frutos,
sembrar elíxires alquímicos,
usar matemática encriptada
en la ética cuántica:
números, proporciones, simetrías.
Toda estética es belleza cósmica
tejida por un Dios matemático.

Para llegar a un punto
se mide:
cada movimiento,
cada instante.
La felicidad se planea
con minutos de alegría y pasión
en cada latido cotidiano.

El amor es una ecuación,
fractal de instantes cósmicos
que expande, multiplica
y sostiene la vida
en razones de luz,
en el aliento eterno de Dios.

La belleza sublime
es la sinfonía cuántica,
eje que entrelaza los núcleos
de frutos y cultivos
de probabilidades previstas,
refractando las razones
de la felicidad.

¿Y tú?
¿Qué —y quiénes—
te impulsan a vivir?

--Christian Aycho Carbajal


Poema dedicado a una nueva forma de ver el mundo.


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