Oda al Varón
Un poema épico sin título
flamea entre las sombras
y en la nebulosa neural,
yace un héroe, un caballero,
un soldado constelar
sentado en el sofá
del luminostálgico olvido…
Con la retina quebrada,
con rocíos en las pupilas
postergado en la noche,
con los brazos abatidos,
esperando un abrazo sincero.
Su esencia humana
versa en susurros de angustias,
madrugando el anochecer,
desgarrado por las fauces
de la tormenta del Hades
donde forja su nombre,
luchando radiante y jadeante.
Salió a trabajar temprano
sin un bocado,
el estómago reclamando
la savia lumínica
que ondula sus latidos,
sus venas, su vigor
reforzando sus rotores.
Su amada molesta
domésticas discusiones,
desayuno olvidado,
hambre y cansancio
ulceran sus conductos…
Quizá nadie vea su llanto,
mas él, demuestra en silencio
su amor tangible,
sus plegarias a Dios,
por una familia saludable.
Mostrar debilidad no debe,
no puede, espectros sombrios
en el quantum neural social
aun persisten dañando el tejido.
Pero no hay tiempo,
la rutina laboral lo sorbe
en el estrés,
en la exigencia del jefe
producir más.
Sus brazos desnudos,
cual estrella colisionada
por las inclemencias
por los golpes del sol,
por los látigos del frío
ganando el sustento
a fuerza de pesado sacrificio.
Su amada familia
lo espera en casa;
la sonrisa de su hija,
constantes existenciales.
Abrazos que le inspiran
a no rendirse,
a no renunciar
a sus necesidades,
a sus sueños
fortaleciendo el velo cuántico
que protege a su familia.
En sus manos lleva
el esfuerzo tejido en dinero,
el almíbar de cada día,
para sostener su mundo,
su tesoro más preciado.
Un mundo donde los hogares
se desprenden en pedazos,
arrastrando consigo
los ecos de las almaterias
en el abismo del colapso.
Caen y siguen cayendo
las letras del libro;
cada poeta, cada corazón,
su valor, su esencia,
fundiéndose en las sombras
del huracanado supermasivo,
del olvido existencial.
Aquella amarga tempestad
del desgarro moral,
el puente que con sus huesos
el hombre construyó.
Pasan infillones de espectros
deshumanizantes,
cantando su colapso,
silbando su fin existencial.
Pero bajo aquel puente
de sudor y esperanzas,
yacen las semillas,
las cápsulas del hombre,
el reflejo de la historia,
el pristal cuántico.
Aquellos cristales
que atesoran la memoria
en las cápsulas dimensionales:
la historia del hombre.
Sus cantos, su arte,
su pasión, su amor,
sus sueños, sus deseos,
esculpidos en el mármol,
en el yeso, en la madera,
en el pan, en el cemento,
en el algoritmo, en la ciencia,
en laboratorios, en el espacio,
en la materia prima…
Moral y belleza de imperios
y culturas, en versos vivos
que cantan su valor primordial,
el canto eterno de su victoria.
Brotan del suelo las semillas
surcadas en la Pachamama
que sus manos callosas labran,
operando su avatar agrícola.
Con semblante de esperanza,
siembran en el pristal
el reflejo de sus latidos,
su amor por la humanidad.
No se perdió el respeto,
sino el eje de la contemplación
a su legado, a su ejemplo,
a su tangible herencia:
la evolución y el desarrollo
de las grandes culturas.
El cimiento del hogar,
los pilares de las estructuras,
los umbrales, los techos,
los balcones, las escaleras…
Las obras de arte,
los puentes, rascacielos,
túneles, carreteras, fábricas…
Las grandes invenciones,
la tecnología ondulante
de circuitos electrónicos,
la ingeniería robusta teje
el velo de su honor y dedicación.
Grandes inventores, filósofos,
científicos, visionarios, poetas,
obreros, campesinos, artesanos,
panaderos, pintores… todos genios,
magos alquímicos existenciales.
Sus obras son carrozas
deslizándose en las urbes,
en los hogares, en la universidad,
en los hospitales, en los campos…
transportando almaterias
al destino de los sueños.
Los ejes del desarrollo:
la bombilla, el motor,
el auto, el tren,
el avión, el cohete,
las naves extra vehiculares,
el televisor, la radio,
el teléfono, el computador…
Grandes monumentos,
los estadios, las torres,
las iglesias, los aeropuertos,
las estaciones y rieles,
las represas, los barcos,
los hangares, los muelles,
la gran civilización…
Lo construyeron valerosos varones,
la fuerza bioeléctrica masculina;
pese a los riesgos,
murieron uno y millones
durante las grandes edificaciones.
Forjando desde la excavación
hasta enlazar cada ladrillo,
sortando los peligros
hasta llegar al techo
que protege los latidos
de su esposa, de sus hijos,
en el calor humano.
El hombre escribió
el poema cósmico
con sudor y esperanza,
dejando que el quantum
responda el eco de sus latidos.
El hombre sueña,
el arquitecto diseña,
el ingeniero formula,
el obrero construye,
el panadero provee el pan,
el campesino los abastos,
el comerciante los insumos…
Todos son las piezas
del entrelazo cuántico-social;
hombres necesitando
de los hombres,
para construir más puentes
a la revolución cuántica.
El varón, arquitecto del cosmos,
escultor de la belleza,
pilar de la moral, pilar del Arca,
protector innato de la creación
sagrada de Dios.
En sus abrazos
entrelaza el mundo,
velos sociales,
custodio de las especies,
custodio del bienestar
de todos y todas.
Forjando la luz
del latido humano,
el pan y elixir alquímico,
desplegando las sonrisas
de sus hijos, paradigma
de su linaje existencial,
en el canto a la vida.
La Sinfonía Cuántico-Cósmica:
grandes hombres la componen
con los instrumentos
de sus vértebras,
la lira de notas cuánticas
sus brazos fornidos,
arpa de cuerdas cósmicas
con el timbre vibrante
de sus titánicos latidos
el tambor del multiverso.
Querido héroe, un abrazo
se extiende en las sílabas
de este poema,
susurrando reverencia
y perpleja admiración,
Desbordando
tu valor colosal.
tu nombre:
Rey de tu almateria
y de tu hogar.
Tu nombre se trasluce,
en otras galaxias neurales,
revelándose mientras
disipa las sombras,
en la claridad de la conciencia
que yace en los pristales cuánticos.
En nuestra esencia humana,
tu amor reluce su entrelazo original
la lucha y constancia eternas,
por la constante existencial.
—Christian Aycho Carbajal



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