VII Canto a Dios












Me disloqué los tobillos

corriendo del pavor,

me arrodillé,

besando la tierra

mis pupilas se hundieron 

en el polvo cósmico

con lágrimas en los ojos...

 

La muerte, 

con su afilada hoz,

se acercaba,

controlaba mi respiro

envuelto en miedo

de sus sombras,

paso a paso.

Dije: ¿qué sentido tiene

mi existencia?

Había perdido tu señal.

 

¿Dónde estás, Dios?,

grité desesperado,

con el verso quebrado

en sílabas afónicas,

brotando destellos

de sal y rocío.

 

Con la impotencia

de un grito demoliendo

mis silencios,

lágrimas frías recorren

mi corazón y mi rostro.

 

Sollocé en la ranura

de mis heridas;

cada golpe de mis latidos

batiendo nostálgicas frecuencias

en mis vértebras musicales.

 

No busqué el fuego,

pero los dientes del Hades

calcinaron mis palmas

de papel en un descuido.

mi corazón en agonía...

 

He navegado los conductos 

del éter carmesí 

de mi intrauniverso cuántico;

 

El paraíso interno 

donde cantan los quarks.

susurrando tu nombre 

en perfecta sinfonía 

cada gluon, bosón, 

leptón y fermión,

poseen tu código,

cada átomo, 

cada molécula, 

cada célula;

cada portal, 

cada puente del tiempo...

 

Imploré tu nombre,

tendiendo mis brazos,

y algo empezó

a iluminar cada pristal

del mi almateria 

con tu incandescencia.

 

De mi piel estelar

brotaban humo sombrío,

cual incendio que se apaga.

El dolor se disipaba con tu energía,

dejando iluminado mi universo.

 

El aliento de tu génesis

de tu bórea iónica 

acrisoló mi espejo cuántico 

cristalizó mis átomos de diamante

transfigurando el código error del dolor 

y renovando mis pristales.

 

No olvidé tu nombre,

mi Dios; mi canto

es alquimia consciente

que disuelve las cadenas.

Salí libre con tu gracia,

con el corazón de diamante.

 

He ahí que entendí

que eres tú, Señor,

la energía etérea

condensada en todo

nuestro multiverso.

 

Me enseñaste a expandir

el reflejo del amor

y desplegar el sentido

configurado en mis brazos,

 

Para envolver en mi calor

en cada latido,

en cada pulso,

el entrelazo nuclear

de nuestra existencia.

 

Aprendí a ponerle plumas

de amor y esperanza

a mis alas de pulsar

con la alquimia de Dios,

para surcar la constelación

de su creación.

 

Dios está en el camino,

está donde piensas

que todo se ha terminado;

Él, está allí.

 

En la penumbra del árbol,

en la nostalgia de tu reflejo,

observando tus manos,

tus heridas, tu dolor...

 

Él escucha cada latido

de desesperanza.

No pierdas la fe,

¡Él, está ahí!,

en tus jadeos,

en cada latido.

 

Está en aquel lugar

donde alzas su nombre,

brillando e iluminando

tu alimento, tu aliento.

 

Es Dios el pan,

es Dios la luz,

es Dios tu voz,

es Dios el calor,

es Dios tu corazón,

es Dios latiendo en ti...

 

Es tu canto, tu alabanza,

tu sonrisa, tu alegría;

es tu voz entonando su nombre,

uniéndose al canto

del canario que trina

tu grandeza, tu luz,

fundiéndose en la sinfonía

interdimensional

que despierta el quark

dormido en el vibrante manto

de su amor cósmico.

 

Del árbol,

del humano...

de las estrellas,

del multiverso...

 

El sol irradiando el tiempo,

la luna tejiendo los océanos,

las estrellas pulsando el amor,

las galaxias ondulando los quarks.

 

Las guirnaldas bordan

el cielo de luces sublimes;

el firmamento cuántico

flejado en supernovas

del Creador celestial.

 

Ecos que irradian suspiros

y sueños alquímicos,

tejidos en el reflejo

de la película

del pristal cuántico.

 

¡Gracias!,

¡Gracias, mi Dios!,

por ser el pulso etéreo,

por ser mi alimento.

 

En tu manantial

mi sed de luz

encontró su reflejo,

sonriente y gozoso

libando el elíxir alquímico

de la eternidad existencial,

que lleva tu nombre, Dios.


—Christian Aycho Carbajal


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