VIII Canto a Dios
Un susurro
en crescendo
silencioso,
brota de mi pecho.
¡Escucha! Lo digo
entre jadeos,
la sístole, la diástole
del latido de Dios.
En mi reflejo
brillan los fonos,
los vierto al cielo:
tu canto, ¡Oh, mi Dios!
Señor, cada paso,
cada aleteo, cada salto,
cada nado, cada destello,
cada rotor, cada giro, ...
Cada latido titilante,
ondula tu nombre,
dejando huellas
en el camino eterno
del río cósmico.
Sedientos de tu luz,
de tu fuente incesante
que restaura nuestro jardín
nuestra Verde Galaxia.
Eres savia lumínica
que fracta tu reflejo
en el caleidoscopio
de tu hermosa creación,
de tu multiverso
interdimensional.
En la guerra cuántica,
yo soy el primer soldado
que restaura su coraza;
mi intrauniverso se viste
con tu armadura, mi Dios,
Para defender la vida,
de infillones de soldados,
que protegen la luz
ante lo supermasivo.
Venceremos, Señor,
venceremos contigo,
porque eres tú
la bioeléctrica alquímica
que disipa a las larvas,
los espectros del Hades.
El primer canto
de mi almateria
es tu reflejo,
mi Dios.
Eres tú, mi Señor,
el calor que sostiene
el cuerpo del niño
abandonado
y desconsolado
por aquellos espectros
que secuestraron
a las almaterias frágiles.
Fundido
en el corazón,
en las manos
que cubren
la espalda fría.
Eres el pulso,
el corazón
que late empatía,
solidaridad, moral...
ante los espejos
de la sombría
indiferencia.
Eres la fuerza,
el primer socorro
a las almas caídas
en la piel humana.
Te busqué
por todas partes:
en libros,
en paradigmas,
en cada rincón,
en cada espejo,
en las sombras.
Me perdí buscándote.
Sin saber
que estabas siempre
en mi corazón,
en mis células,
en mis moléculas,
en mis quarks,
sosteniéndonos
en cada latido.
Eres tú la belleza,
el primer rotor
de mis ejes,
el primer paso,
el primer aleteo,
el himno del cielo,
la sinfonía cuántica
del infinito multiverso.
Eres tú, mi Dios.
Señor, tú eres
la bendición
de mi respiro
de cada día,
la aurora estelar.
Mis manos
se aferran a ti.
No quiero
que te apartes
de mí, Bendito Dios.
No hay nadie,
ninguna otra luz,
a donde no vayamos.
Todos nos hallamos
en tu camino,
y a ti vamos, mi Dios.
Señor,
eres el canto cósmico,
el primer poema
que tejió el verso
de la belleza,
que teje el cielo,
el Edén de tus hijos.
Señor,
soy un almateria
a tu servicio.
Haz de mí el instrumento
de tu partitura.
Cantaré tu verbo,
el amor a tu creación.
Con mis brazos
tu calor derrama
en los corazones
de tu infinita creación.
Cantaré con tu chispa
el enigma de tus cantos,
abrazando a mis hermanos,
a cada cuerpo latente
de tu sagrada creación.
Señor, he oído tu voz
en mis pristales cuánticos.
Surcaré océanos,
forjando mi canto,
tendiendo puentes
a tu centro gravitacional.
Llevando el eco
de tu lumbre
para encender alegría
y gozo en cada latido
titilante, sediento,
hambriento,
errante y angustiado
de tu restauración,
de tu luz alquímica.
La dulce refracción
de la glucosa
de tu fuente ondulatoria,
mi elíxir que
reanima mi aliento:
eres tú, mi Dios.
Guía a mi cuerpo
en tu gracia,
mi Dios.
Soy el ave de tus alas
intergalácticas
que destila guirnaldas
de supernovas
en tus espirales
de púlsares, galaxias,
urdidas por quarks.
Soy el gorrión herido
por la tormenta,
con un pico que canta
el trino a tu Luz
en el alba de tu gloria.
Señor, mi canto
es el cariño
a la eternidad
que lleva tu nombre
en cada resonar,
en cada palpitar
de tu corazón cósmico.
Eres la luz
que vuelve a encender
y delinear
el renacimiento
de las flores cuánticas
del paraíso perdido,
la tierra prometida.
El dolor, Señor,
son los peldaños
de los cuales me libero
para llegar a ti.
Eres el secreto
mejor guardado
en el cristal original
de la conciencia,
El sueño del
Edén Cósmico
que siempre estuvo
ahí, oculto en la sombra
del túnel existencial.
Eres el latido
del quark y la galaxia,
el abrazo al niño
y al gorrión herido,
el Edén que siempre
late en el ahora.
Eres el sueño humano
y de las luciérnagas
estelares y apasionadas
en su evolución,
bordando tu corazón.
—Christian Aycho Carbajal



Comentarios
Publicar un comentario