Pristales Cuánticos
Hay silencios que se oyen
en el interior de los oídos,
en el palpitar del neutrino,
en el intrauniverso
de los cráneos
de las vértebras
de la coxis,
hasta el yunque,..
Donde los Quarks
cantan la polifonía
el eco de otros quarks,...
fractados por versos
de pulsares, galaxias...
En las calles de la urbe fría
se deslizan mis sueños
impactando en el espacio
de los velos interdimensionales
plasmando en mis esquinas
vuelos, gravedad y reposo.
Todos los cuerpos
se desplazan en la piel energética,
en las redes de átomos,
en los ríos, entre sólidos duros,
en el aire, en pantanos,
en el inmenso océano
y en la piel constelar.
Mis gélidos fémures,
mis tendones y ligamentos
tiemblan en el inhóspito silencio
de los días grises de nieblas
y frío que congela pensamientos.
El rugido de los ejes
fricciona con sus desgastes
y con el humo y el hedor a jebe
mi asfixiado respiro.
El camino extenso
en el frío vaho de la nebulosa,
en los gases umbrios
de la constelación terrenal.
En el firmamento
de muros y ventanas,
de árboles y colinas
pasan cual cometas
estrellas estresadas
con sus velos
y órbitas heridas,
En la acera cada huella,
cada chispa que desprenden,
plasman colores, hedores
aromas y formas distintas,
Colillas de cigarrillos,
cáscaras, heces,
empaques vacíos,
hojas secas, líquidos,
polvo, basura estelar...
Mis rodillas y talones,
mis velos estelares
palpando y palpitando
quarks que rozan
y colisionan con el mármol,
con el cemento rígido.
En el impacto de cada huella
en cada jadeo un hilo
de imágenes se funde
en mis pasos golpeando
mi sinapsis con ráfagas
de recuerdos refractantes.
Aquellas novelas que irradian
mis pristales de luminostalgia,
que se vuelven a crear
con las ondas asociativas
aquellas canciones
que solíamos cantar.
Aquellos bonitos lugares
el café, los restaurantes,
los domingos de familia,
las conversaciones,
aquellos momentos,
cuando compartíamos
su rostro, sus sonrisas,
Los días cuando paseamos
con nuestro gatito,
tan pequeño y tierno
con sus ojos de cielo jade,
tejiendo los días más felices.
Con aquellas miradas
endulzadas y ondulantes
en la miel de nuestros ojos marrones,
en los besos de cada aurora,
Un beso en sus ojos,
en su nariz, mientras
sentía en mis conductos
en mis sentidos,
Mi cuerpo deleitaba
la alquimia de su calor,
descifrando los mensajes
neuroalquímicos de sus labios,
La savia condensada
sus chispas estelares
que encendían mi luz
el brillo de mis quarks,
del iris, de mis pupilas.
La memoria es alquimia
que asocia el flujo
de patrones similares,
que convergen en nostalgia,
el dolor de la pérdida,
reproduciendo el vacío,
el eco de la falta
del placer ondular.
Me sentía vivo,
cual estrella radiante,
que levita en el giro
de su universo.
Mas la forma de borrar
este vacío, es el intercambio
de una nueva luz, que ocupe
cada fractal del caleidoscopio.
La memoria es relativa,
cuando otra constante existencial,
se expande ocupando
la galaxia neural
con aquel nuevo sol.
Las ondas son las fuerzas
que trenzan las formas
de la materia desde
las semillas, el germen,
árboles, humanos, animales,...
estrellas, todos naciendo
y renaciendo una y otra vez.
La urdiembre responde
a una configuración
maestra, el código cuántico
de la fuerza bioeléctrica,
de los seres vivos.
Que se desarrollan,
florecen, frutecen,
multiplicándose
para continuar la explosión
de la vida en un Big Bang,
el vuelo de las luciérnagas cósmicas.
El pristal cuántico,
es la memoria
de las almaterias,
el espejo que retiene
los golpes ondulares,
del entrelazo del afecto.
La conciencia purifica
estos pristales,
la luz sorbida disipa
las nieblas, aquellas,
sombras que dañan
a las almaterias.
Aquella luz,
que una vez encendió
tus pristales cuánticos,
tu almateria estelar,
la chispa pulsante y
electromagnética
de tu existencia, es Dios...
Christian Aycho Carbajal



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