El Sueño Cuántico de la Vida













Es la vida un sueño profundo

de la materia en la oscuridad 

del espacio sideral, 

dónde ondulan y laten las luces 

dibujando los ojos amados

de la materia tallada

del mármol cuántico...


En las sombras

de la noche cuántica,

ondulan y laten las olas,

los flujos líquidos

del infinito mar cósmico.


Las bombas que baten

los cielos en suspiros.

El corazón pulsa el tambor

de la savia lumínica

de los vientos alegres 

que reaniman el cuerpo

y estremecen el alma.


El ondulante arpa

teje la sinfonía etérea,

con sus cuerdas vibrantes,

encendiendo las luces

de los nuevos versos

en cada momento humano...


Sus párpados

son el telón

del cine de fotones.

Se sientan los átomos

a disfrutar el salado

olor de las palomitas

que los dientes no demoran

en masticar, deleitando

el dulce almidón 

y la épica luz y las ondas

del multiverso estelar.


En la noche cuántica,

cierra los ojos,

respira hondo;

el aire inunda el cuerpo

de oxígeno sosegado

que apaga el caos material...


Se sostiene el cuerpo

en los brazos,

de una suave cama

de nube de miel 

de la verde galaxia,

bajo la sombra segura

del árbol de roble.


En el sueño

del estudiante,

viajan los cuerpos

a velocidad luz,

mientras el olor a pan

recién horneado

enciende un horizonte

que ilumina sus ojos.


Contempla las rosas 

y deja que el perfume 

se disipe en sus venas

aplacando sus misterios,

gira su enfoque,

y se redirige a una orilla;

este paisaje es un sueño.


Debajo del árbol,

el estudiante

que leía su libro

se quedó dormido 

hundiéndose 

en las profundidades

de la raíz...


Sueña con la última página

que su mente reenciende:

nuevas líneas

que el autor

jamás escribió.


Reescribe el viento,

la brisa, el océano,

la vida de aquel hombre

en nueva hoja,

la cinta corre,

el protagonista

no conoce su rostro.


Siente estar

en un avatar,

estira los brazos,

mueve sus pies.


Está en un chalet

y al otro lado

la algazara de jóvenes

que lo llaman

como a uno de los suyos.


Le dicen: «Ian, te estamos

esperando».

Observa una mesita

con alcohol y unos cigarros.

Juegan a la ruleta rusa

por apuestas,

observa el giro.


Pero una chica,

al verlo, le dice: «Amor».

Le mira a los ojos,

lo observa fijamente;

ella siente una extraña sensación

que sus ojos reflejan.


Le sonríe y toma su mano,

cruza los dedos,

apretando fuerte,

mientras detiene su respiro.

Me besa mientras

sostengo mi ahogo,

pensando en quién

es la enigmática joven.


En la mente de la amada,

desconocida por el cuerpo,

su cielo se nubla;

siente que su mundo

se cae porque nota

que los besos de Ian

no saben a amor.


Al volver a casa,

ingresa al baño

a ver su reflejo

y observa un rostro

demacrado, una piel

envejecida.

Siente que han transcurrido

muchos años.


Cuando observa

sus manos con arrugas,

se toca los ojos y grita

de locura, y su voz

se desgarra en otra

que resuena a anciana.


Su alma se pregunta:

«¿Qué me ha pasado?

Al volver a casa era otra,

y hoy, ¿quién soy?».


Entra a su habitación

y observa un cuadro 

de recuerdo 

en escala de grises

con una fecha que data

el día en que falleció

su amado Ian.


Sus lágrimas inundan

su cuerpo, sus gritos

opacan la luz de la casa...

Sollozos que tosen,

pegados al piso, 

preguntándose:

«¿Por qué, por qué?».


Ella se duerme en el piso,

derramando océanos boreales

en cristales del dolor,

abrazando la foto de su amado,

acariciando su imagen...

Escucha que alguien abre

la puerta con llaves.


Se sienten unos pasos;

es un joven que posee

el color de su piel

y los ojos de Ian.

Le dice: «Mamá,

¿qué te ha pasado?

¿Por qué estás ahí?».

Ella no puede entenderlo.


Su hijo la abraza,

siente su calor

que la llena de alegría,

llenando esa tristeza

con una esperanza extraña.


«Mamá, traje pizza,

está listo el café».

Ella siente el aroma

que le recuerda

a los momentos

más felices del ayer.

La niebla oscura y dulce

consuela su alma...


Ella recupera la calma

y se sienta a la mesa.

Él se va a la puerta e ingresan

dos personas más:

una niña pequeña

y su amada. La llaman:

«Hola, mamá, ¿cómo estás?».

La niña le dice: «Abuela».


Ella observa detenidamente

a la nieta y no lo puede creer.

Recuerda todo de su pasado,

y observa en la niña

su reflejo tan idéntico.


«Se llama Sofía».

La niña le pregunta:

«Abuela, ¿estás bien?

Hoy aprendí en la escuela

a escribir las sílabas».


Ella, anonadada y casi

sin pegar una sílaba,

se llena de una alegría

desbordante que la lleva

a pensar en aquello

que está pasando.


Su hijo le dice: «Mamá,

mañana es el cumpleaños

de Sofía. Ya hicimos los planes,

eres la invitada principal.

Hoy tienes una cita

en el salón de belleza».


La abuela recupera

su conciencia existencial.

Su amado un día dejó

de existir a causa

de una enfermedad

por consumo de alcohol.


El estudiante

despierta del sueño,

siente el llamado de su madre:

es hora del desayuno

para ir camino a la universidad.


Dime, acaso eres tú

el ser quien contiene 

la respiración

de la constelación 

de los cuerpos 

en suspiros...


El próximo átomo 

en el inmenso manantial

de las galaxias de 

donde danzan 

neutrinos y quarks

que observan 

los giros de la materia.


Siente los sueños cuánticos

de otros en tu ser,

siente el calor

del beso de una luz

que enciende la vida...


—Christian Aycho Carbajal

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