El Lazo Eterno del Amor













En el tenue susurro

de su último aliento

exhaló un deseo 

al alma de los neutrinos:

 

¡Amarla!, en la eternidad.

 

Él, la besó en la órbita 

de sus luceros, 

su mano se aferró a sus dedos, 

con el deseo de latir a su lado, 

las lágrimas lo inundaron,

una niebla apagó su luz...

 

Se apagaron las luces

en un pavor estremecedor.

 

Ya no se oye,

ni su voz,

ni la pausada sinfonía

del silencio.

 

La rosa perdió su color,

la miel su dulzor,

los frutos su néctar,

las flores su fragancia...

 

Las canciones su candor,

los paisajes su verdor,

la tierra su petricor,

el dolor su sabor...

 

Las estrellas sin lumbre

olvidaron su nombre,

muriendo petrificadas

en el eco del último arrebol

suplicando a los astros

sus rayos de luz.

 

Dejando a los árboles

cenizas en su historia 

en su xilema

en sus semillas fragmentadas

en lamentos de silicio,

los nimbos besaron sus almas,

calcinando en humo sus gritos.

 

Durmiendo en su lúgubre piel

el sueño del insondable olvido

en la materia negra

que sueña la nostálgica luz,

su más triste recuerdo.

 

Y entonces, 

el cosmos pinceló en su ser:

Los pulsos, sus sueños;

los pulsares, sus ojos;

los remolinos, su mirada;

los bailes, sus besos;

los quarks, su reflejo.

 

Las aspas, sus manos;

los núcleos, sus deseos;

en la galaxia, su alma;

absorbidos en el vacío,

en el agujero de su ausencia.

 

En su tétrico mundo

las almas perdidas

vuelan en la espesa niebla

silbando en el viento...

 

En los cristales del tiempo

vibran las ondas

de una sinfonía apocalíptica,

el trágico desenlace

de una noche cuántica, infinita.

 

La fuente de su conciencia

en el cráter de las cenizas,

donde su alma aún titila

la configuración divina.

 

Su alma acecha la esperanza

en el timbre de una llamada,

en el eco que encendiera

su universo de sombras.

 

El amor al fin no morirá

y volverán a encontrarse

sus almas en otros cuerpos,

en otra piel...

 

En el mismo 

entrelazo cuántico 

que los una, 

una y otra 

y otra vez...

en la inmensa

eternidad.

 

 

Mi Sinfonía Perfecta

Millones de violines

y pianos entrelazan 

paradisíacas sábanas

donde sueña mi Diosa,

y nuestras almas melodiosas 

danzando el Vals eterno

de los neutrinos y quarks.

 

Bongos, bombos

y saxófonos

endulzan los silencios

de nuestras miradas.

No quiero despertar aún...

 

Una voz fina

se desliza

en mis mareas,

en mis olas,

en mis nubes,

en mi radiante aurora

en mis ecos interestelares...

 

Respiro tu voz,

libando tus preguntas,

en mi mano una rosa,

un poema bello

toca mi pecho

con tu semblante

con luz en tu boca.

 

Tus jadeos delinean

épicas aventuras 

el cuento vintage:

soy el caballero armado

que se arrodilla 

ante su majestad,

 

La princesa 

que brota 

en el cielo

de tu rostro...

 

Y sus manos tersas hipnotizan 

mis reflejos orbitales

en cada reverente beso...

soy llama encendida

fiel servidor de su esencia 

fundido entre constelaciones 

y el brillo de sus pestañas.

 

Soy el escudo de su alma

el brillo de mi bastión 

estandarte de mi fortaleza 

la musa de mis luchas.

 

Traje un ramo de versos 

y un corazón de titán

para transformar 

las llanuras 

en ubérrimas 

uvas y duraznos, 

en el brillo de tus sueños.

 

He caminado 

en los desiertos de la luna

he navegado la tempestad, 

he surcado los nimbos 

de la eterna nebulosa 

de La Mano de Dios,

al fin te encontré 

mi galaxia de ensueño.

 

Soy fuerte,

pero me derrito

en la ternura

de tu mirada.

 

El albo de sus dientes

es luz de mi paraíso,

donde sonríen

todas las estrellas

de mi universo.

 

Es su divino cuerpo

el canto eterno,

la sinfonía perfecta

que levita las almas

en el éter de la felicidad.

 

Es la guitarra

que vibra nostalgia,

empañando 

mis cristales cuánticos 

con sus cánticos 

con su deslumbrante vals

de mil, cien mil... luces.

 

Te ruego,

mi cielito tierno,

que jamás

se apague la llama

que encienden

nuestras almas.

 

Quiero despertar

cada mañana,

siendo ese reflejo

suave y silente

de cada latido lento, ...

 

Eres ¡tú!...

el vivo misterio

de mi tórax,

el cantar infinito

de mis vértebras

en los sonetos estelares.

 

Mi Sinfonía Perfecta,

ciernes en mi cielo

polen de estrellas,

que alborotan

mis galaxias vibrantes.


--Christian Aycho Carbajal

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