Ósculo Infernal












Cuando las personas pierden

el sentido existencial,

sus cuerpos entierran sus alas

en el filo de la hoz,


Sin que ellos sean conscientes,

la oscuridad disruptiva,

los arrastra en las tinieblas 

tienen como objetivo 

apagar su cuerpo, sus latidos. 

en el ocaso del colapso.


Un día no muy lejano,

en la hora del crepúsculo

de los ríos y avalanchas

—viajes de las almas

hacia el esclavismo humano—

yo leía la narrativa de los mercaderes

y sus ofertas de réquiem.


Y quizás, a un metro 

distal de mis pies,

percibí, perplejo y palpitante,

la colisión de un cometa perdido

en la acera de la estación.

Mis pupilas,hipnotizadas,

enfocaron la caída triunfal….


Era un cuerpo chispeante

que aún desprendía

el rojo carbón calcinante

de un mundo que explota

bombas de oxígeno.


¡Oh, sorpresa!

Era la colilla de un cigarro

que aún humeaba en el frío cemento:

la pesadilla viva de la muerte

disfrazada de un fino relajo.


Aún flamea el daño

en sus ardientes brasas.

Aún exhala el ósculo infernal

en latidos infectados.

Aún despide el hedor del Hades

—luego de haber besado

los labios de un alma frágil—

aún despide el olor

de los últimos jadeos

de estrellas incendiadas.


Trocó el susurro de sus sueños

y de una decepción, 

del no todo es lo que parece,

del placer en una obsesión 

en un reloj en cuenta regresiva

que acorta las horas en minutos

de asfixia y fiebre,


Luego de impregnarse

en sus pensamientos;

luego de que sus nebulosas

ahogaran el eco

que buscaba el espejo del dolor…


Y en el silencio feroz

que deja el daño,

un susurro nace no del alma,

sino de núcleos astillados

que vibran cenizas.


Si las células hablaran,

romperían tus tímpanos

rogando que no apagues

la luz de sus vidas.


Aquellos seres que,

desde la multidimensión,

imploran por sus vidas,

por tu vida, ruegan

los latidos pulcros

de tu existencia.


El carbono distorsiona

la proyección de su expresión,

el color de sus luceros;

las grietas pintan

en su reflejo otro ser.


La niebla es hulla

que se adhiere a los núcleos,

son cenizas que apagan los versos

en cáncer de lenta agonía.


Los cristales pierden su color,

ya no liban la conciencia;

se cierran los circuitos

y los conductos pierden

núcleos neurales.


Su esencia humana

se disuelve lentamente

en un río gris,

devastado y atrapado.


El huracán que despoja

almas en el humo,

desarraigándolas

de cuerpos sin retorno.


Ya no encienden

las luces de su conciencia;

las estrellas de su cuerpo

irradian gritos desgarradores

de la muerte calcinando

y apagando sus párpados.


Y en algún momento

de la historia del frío crepúsculo,

cuando el sufrimiento 

ahoga el alma en dolor agónico

la mente grita el himno funebre.


Las almas se interrogan:

¿Para qué latió mi corazón

en las horas de angustia?

¿Valió la pena sobrevivir?


¿Cuál fue mi razón, mi miedo,

el amor, el objeto

de haber masticado el tiempo

y de haber dejado

huellas y susurros en el viento?


¿Cuál fue el eco de mis jadeos,

o alientos en las almas:

fueron para amar

o para lastimar?


¿Fue mi vida un poema 

o un dilema, sin esencia,

sin existencia, sin versos,

sin plumas, sin universo,...?


—Christian Aycho Carbajal


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