Trino en Vuelo











La esencia de los cuerpos

es inherente a su entorno.

Cada cuerpo son violines,

pianos, quenas, tinyas, ...

que emiten melodías celestiales,

cual trino de maravillosas aves.


Cada cantar es único,

cada cuerpo es un intrauniverso,

cada cuerpo vibra las cuerdas

y teje melodías y pulsos

con versos diferentes.


Como el sollozo de los hijos

en el funeral de sus padres;

como el gemido de rabia

ante la crisis que afecta

el estómago de las familias.


Como la falta de trabajo

y oportunidades

que les provea a los humanos

proveerse de las baterías necesarias

para seguir latiendo

en el mundo de las migajas.


Cada cuerpo canta y baila

las melodías, los trinos,

presentando colores y formas

de las colisiones radiantes

de luces y pulsos.


Cada cuerpo canta

las notas del reflejo

de sus caminitos,

como los gorriones

tejen trinos de alegría

que enternecen a la Pachamama,

nuestra madre tierra.


Vislumbradas las almas

desde otras dimensiones,

presentan diferentes colisiones;

cual rostro agrietado de la luna,

los cuerpos no son iguales.


Cada herida, cada cráter

lleva el sello de las estrellas,

de los golpes ondulantes.


Cual dedos que pincelan melodías 

y desgarran y colapsan cuerdas

o el reflejo de los senderos

de espinas, desiertos, oasis...

a lo largo de sus membranas.


La esencia de los seres susurrantes

es particular; no son como los átomos

del río, cristales homogéneos

combinados con sales y minerales.


Todos los seres latentes

en los conductos de su éter,

en su savia lumínica arrastran

el reflejo del contexto.


Llevan el reflejo del mundo

químico característico,

llevan la expresión de la luz-calor

de la proyección cuántica.


La materia se dispersa

en sus unidades mínimas

y se vuelve a enlazar

en materia viva que irradia pulsos.


Al momento del colapso,

vuelve a convertirse

en materia durmiente

en los brazos de la nebulosa.


Pero en un momento luz,

reciben colisiones de la chispa:

una excitación cuántica

de hadrones, de neutrinos y quarks,

que encienden el renacimiento.


Como la colisión primaveral

que vibra las almas

de la verde galaxia

para encender flores supernovas

y frutos coloridos del elíxir

en la fiesta del vals cuántico.


Y volverán las estrellas

a renacer en el enlace

de infinitos quarks

para formar su cuerpo.


Las plantas, desde sus conductos,

liban el agua y el polvo

subatómico de la tierra

para sorber nutrientes

y convertirlos en savia lumínica.


El hombre y los animales

se alimentan de las plantas

y de animales menores,

quienes desintegraron la materia

y la convirtieron en cuerpos

de batería energética.


La música, la sinfonía cuántica

o los pulsos de la naturaleza,

despiertan a los cuerpos

en estado de reposo;

vuelven a enlazar a los núcleos

reactivándolos a estado radiactivo.


La vida atrae a la vida.

Los núcleos radiantes

se entrelazan en el abrazo

que reenciende sus cuerpos

en Ayni cósmico, en amor.


La mente humana ha sido

corrompida en su funcionamiento.

Han distorsionado su esencia,

deformando la materia neural,

instalando miedo, ideas

para atraparlo en un estado de pavor,


haciendo que no pueda exceder

los límites de su cubo,

sumiéndolo en la prisión

de los límites de su mente.


En otros términos, domesticaron

al hombre para que viva atrapado

en la prisión de los intercambios

del pan por el metal, 


Alimentándose de sus angustias,

de sus llantos, de sus pesadillas

de sus sueños que se perdieron 

en la alquimia de sudor

por vida para otros.


Hoy domestican sus deseos,

sus sueños, sus emociones,

atrapando a sus familias e hijos

en papeles de deudas y plásticos.


Como la paradoja del periquito

que fue comprado para ser criado

en la jaula, la cárcel de su vida

y el fin de su linaje existencial.


Donde sus latidos están limitados

por el frío metal recubierto 

que lo separa de su familia, 

de su mundo, del futuro

de su generación...


Puede recibir comida,

la batería que no reaviva

su esencia corporal,

su esencia natural.


Le dan alimentos que agravan

su esencia, estresando

su estado en caos distorsionante,

en melodías de dolor y soledad.


Está obligado a cantar,

a repetir lo que digan sus amos.

Si no hace eso,

le dirán que es inservible

y lo exiliarán.


Al hombre lo encerraron

en la prisión que él mismo

—sabe con certeza ahora—

conoce y habita.


Tiene que trabajar

para mantenerse de pie

y comprar lo que le dicten,

con el frío metal 

cual rejas que lo separaron

de sí mismo y de su familia.


Si deja de comprar

o no paga los impuestos,

dejará de repetir

la sinfonía de sus amos;

terminarán quitándose

la angustia aplastante.


Y tienes que masticar

de aquello que, en esencia,

no es tu batería natural,

aquello que no encaja

en tu lienzo, que marchita 

tu jardín cuántico.


Aquello que no clamaron

tus galaxias cuánticas,

derivando en fragilidad,

sumisión y dependencia.


El lazo de la prisión metálica,

la dependencia mental

que se ha gestado,

se disuelve con la conciencia.


Cuando el hombre recupere

la naturaleza de su alimento,

purificará su esencia;

sus cristales dejarán

la niebla y las cenizas empañadas.


Dejará el estrés cuántico

disolverá su monólogo 

y volverá a reflejar las luces

de su manantial cuántico,

encendiendo conciencia y ética.


Y volverán a cantar los periquitos

y los hombres sus melodías de libertad

en una sola sinfonía etérea


En la partitura de Dios

romperán los nudos

que atan a sus almas,

desplegarán sus alas 

en el vuelo.


Y sus esencias brillarán

la sinfonía cuántica,

la savia lumínica de la vida,

cual estrellas constelares,

por toda la eternidad.


--Christian Aycho Carbajal

Comentarios

Entradas populares