Réquiem de las Cenizas
Con el encanto de tus ojos
con tu belleza constelar
de diosa tentadora y letal
enmascarada en opio...
Has encendido mi pasión
para encajar
tu feroz mordida
en mi yugular,
bebiendo los cielos enteros
de las almas
de mi universo...
Has inyectado veneno
con tus colmillos negros
en las llagas de mi alma...
Has transmutado
la sinfonía de la lumbre etérea,
del trinar de los jilgueros,
en el tronar de graznidos
de los cuervos
del agujero de gusano
que ondulan las cenizas
de arsénico en mis quarks...
Desangra mis núcleos,
rompe los ecos del vacío
en arpas destructantes
que apagan las luces
de mi multiverso
cuántico-estelar...
Rebotan una y otra vez
el ritmo enternecedor
que sabía a perfume de jardín,
del néctar existencial,
a la absurda sinfonía
del espantoso antiverso...
Pueden las teclas
del piano triste
hacerte sollozar,
pero este dolor
arranca las cuerdas
en abismal dolor...
Incendiando el piano,
cortando la membrana
de hierro y luz
en putridos ríos
del Hades...
Pero la melancolía
de mis notas desgaja
su negro infierno
y los opaca
en espejos de ira
e insodolores...
Dicen que los hombres
no lloran,
pero los océanos
reflejan
sus corazones rotos.
El plañido
de las almas caídas
tintinea en las heridas,
fluyendo magma
de ardientes
rubíes carmesí.
El espectro de
sus sombras
hipnotiza sus ojos,
los envuelve en su niebla,
en sus sábanas
encubre espadas y lanzas
eternas de sufrimiento...
Se posa en su pecho,
aplastando sus sueños,
cortando el viento
de sus pulmones...
Devora el misterio
de su existencia,
desarraigando
el alma del cuerpo.
Llévate mi cuerpo
a tus filosas fauces;
déjame el espíritu,
lleva contigo
mis memorias
en tu río carmesí.
Corta las cuerdas
que retumban dolor,
que me encadenan
a este dantesco infierno
de desesperanza...
Has desgarrado
mi barro cuántico
y el dulce éter
de mis latidos...
¡Consuma el holocausto!
¡Qué esperas, dime qué!
Esta agonía supera
tu perfidia...
—Christian Aycho Carbajal



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