Alquimia Fractal










En el torbellino de la urbe

festejos por aniversarios,

resuellan latidos agitados

en melodías que desbordan

algarabía, pasacalles,

tumulto aprisionado.


En la penumbra 

del incienso a tabaco,

con perfume a monóxido,

bullicio, murmullos, clakson,

la desgastante rutina

de un océano estrellado

de rostros indiferentes

plegados al vórtice digital.


Un alma-niño solloza 

en las calles ,

y ningún alma siente

sus ondas desgarradoras,

nadie capta su sinfonía.


Trata de descifrar

los luceros de su madre,

mientras todos pasan página

de tragedia,del pavor,

en clics invisibles,

cual algoritmo vacío.


Su mente se retuerce,

sus latidos resuenan

en electrones agitados,

la melodía de su voz,

sus vértebras tiemblan

iones junto al miedo.


Su garganta-emite-cuerdas

desafinadas que se desvanecen

en lágrimas ácidas

en un universo de sequía,

dejando orillas heridas

en retina roja de sus ojos.


Labios resecos, deshidratado 

y sin los rayos del entrelazo,

en un parque sentado

con un corazón que palpita

sombras de abandono.


El niño camina larga distancia,

cerca de una estación,

con hambre,sed,

silencio devastador.

La noche tenebrosa

y el frío abrazan

su piel de angelito.


—¡Mamá, tengo frío,

¿Dónde estás?

Quiero a mi mamá!


Sus ojos reflejan soledad,

la noche que flagela

su espalda, dedos fríos,

rostro quebrado

contemplando la luna.

Sus piernas tiemblan,

el niño jadea nieblas

que enfrían su almateria.


Se acerca a una choza pobre

de algún vagabundo,

refugio de pobreza

pero rico en calor humano,

donde calienta sus quarks

en la cobija de una estrella errante.


Una mujer se asoma;

está ebria, ve al niño

y lo abraza, exclama:

—Piero, Pierito, mi hijo,

regresaste,ya no estaré sola,

te amo,mi hijo.


Ella saca panes,

latas de conservas,

calienta y alimenta al niño.

Él, en silencio, come

junto a ella con llanto,

solo asiente a lo que diga

la buena señora.


Su almateria: caleidoscopio roto.

Sumergió sus reflejos internos

en el relajo abisal del alcohol

tras el naufragio de su hijo

en accidente del tiempo.

Su espejo quebrado en yoes

buscaba calma en la botella.


Su esposo la abandonó

con otra mujer, y ella se dedicó

al alcohol, sobreviviendo

con maleta y sueños

despedazados en pesadillas

en calles de infierno social.


Ella vio en los ojos del niño a su hijo,

y desde ahí no quiso dejarlo.

El niño afirmaba que su mamá

vendría por él, pero su madre

jamás lo buscó, y nadie dio

aviso a la policía.


La calle, ratas, gatos, palomas,

olor a comida, a podrido,

a restos de desechos y fluidos,

a petricor, se convierten

en su nueva casa.


Su nueva familia: una mujer

de latidos estrellados

que vive de la caridad

cerca de la estación del tren

y de la ayuda divina en alimentos.


Bajo un puente, 

en parque antiguo,

tejió su nido caliente

para proteger sus latidos.


Ella deja atrás el alcohol,

se sume en calor maternal,

le enseña a vivir la vida

en calles, con personas

cual corazones astillados.


Drogadictos, alcohólicos,

todos llevan vidas rotas,

pero corazones que aún

exhalan aliento humano,

encontrando relajo mortal

en vicios, aquel beso devastador

del Hades, sumiéndolos

en supermasivo social.


Ella se preocupa 

por las baterías estelares

que nutren cuerpo y alma,

las amalgama con su amor,

con esencia maternal,

en alquimia de un plato:

abrazos ondulantes, 

sonrisas y latidos de vida.


El niño logra sentir

calor más profundo,

sinfonía que ella trenza

en entrelazo de su ser,

abrazando su nuevo núcleo.


Le da esperanza de amar,

de luchar por la vida,

hasta olvidar el dolor

que pesaba en ella,

y en él cura la herida

del abandono.


La felicidad de su nueva madre 

era infinita, ella se dedicó 

a él y dejó el vicio,

que dañaba su almateria.


Vive vida en la calle,

sufre las inclemencias

de naturaleza social.

Observa la polución,

vertederos, pájaros,

peces muriendo

en bosques y ríos,

calles agrietadas

y mentes contaminadas.


Conoce sufrimiento,

sacrificio de luchar

en calles para seguir

con vida, pese a ver muerte,

escenas de terror y caos,

Ella consolaba su almateria.


Mundo donde hambre,

drogas, delincuencia,

no solo golpean o dañan,

son modos de supervivencia.

Pero ella le enseña

que eso no es correcto.


A sus doce años, 

él siente susurros de dolor

que golpean fuerte 

en el pecho: su nueva madre 

sufre en silencio.


Una mañana ella muestra

dolores más intensos.

Él pregunta:—¿Mamá, estás bien?

Ella responde con ahogos:

—Estoy mal, estoy mal...


Él vuela cual ave por ayuda:

—¡Mi mamá está mal,

necesita ayuda!

A puesto de Cruz Roja

en plaza cercana.


Ambulancia viene

y la lleva de emergencia.

Él toma su mano;

ella,con supermasivo

devorando sus latidos

y llanto en ojos,

le dice:—Vas a estar bien.


Con sonrisa sincera

al ver a Adriano, le dice:

—Piero, mi Pierito, ¡te amo!

Y en ese momento,

ella deja de respirar...


En sala de emergencias,

médicos nada pueden hacer.

Muere de ataque al corazón.

El niño llora

con alma despedazada.


Sus restos son cremados.

Él guarda el reflejo

de mejores años al lado

de su madre sustituta.


Ángel, enviado por Dios

para dar aliento de vida,

compartiendo últimos años

con hijo, felicidad

que un día se apagó.


Y así, entre cenizas y memorias,

el niño aprende que ángeles,

aquellas estrellas, eligen apagarse

para enseñarnos recomponer

cada átomo fragmentado

de nuestra almateria.


Médico interroga al vacío

espectral del niño:

—¿Tienes familiares?

¿Quién responde por tus latidos?

Eco responde:—No tengo a nadie.

Solo a mi mamá,que murió.


Sus quantum responden

con mirada devastadora:

—Solo tengo reflejo de ángel

que me enseñó convertir

lágrimas en amor.


Médico lo lleva

a hogar de niños.

El niño agradece gesto,

hace muchos amigos,

vive al lado

de otros niños huérfanos.


Hermanas y sacerdotes

cuidan de ellos,

les educan en valores,

artes, humanidades,

ciencia, filosofía...


Logra terminar escuela,

colegio, bachillerato.

Ahí conoce amor de su vida,

joven muy hermosa.


Pero padres de su amada

no aceptan tal relación,

porque es huérfano

y no tiene casa;

vive en habitación

arrendada.


Padres de la chica

la desarraigan a otro país

desconocido, sellando con muro

los fragmentos de aquel amor.

Para ellos, su hija merece

hombre acomodado.


Él siente peor abismo 

en cada latido de corazón.

Empieza a trabajar

en institución

donde destaca como

mejor empleado.


Su compañera de trabajo,

mujer viuda, y él

se enamoran con locura,

tienen hijo, y él vive 

con nueva familia.


Pero un día, cuando hijo menor

cumple doce años, amada esposa

fallece de cáncer terminal.


Hombre se queda solo,

a cargo de tres hijos:

hija de diecisiete,

hijo de quince, menor de doce.

Sigue trabajando para sostenerlos.


Hereda casa, bienes.

Un día, paseando al mar

con hijos, se topa

con hombre muy parecido a él.


Queda perplejo por parecido.

Va tras él; en mesa de playa

están sentados ancianos:

su madre al lado 

del extraño hombre.


Los reconoce y pasa de largo

junto a hijos, tomando otra mesa.

Hijo menor sale a servicios,

se topa con quién sería su abuela.

Anciana reconoce en sus ojos

al hijo que abandonó una vez.


Se acerca al niño y solloza,

abrazándolo, indicando

que se parece a su hijo,

a quien abandonó a seis años.


Padre, preocupado

por demora de hijo,

va en busca y, cerca de allí,

encuentra a su madre

abrazando a su nieto.


Padre, enfadado,

le exige que suelte al niño.

Madre lo mira fijamente

y percibe que esa voz

le recuerda a esposo.

Al ver semblante, reconoce

rostro parecido: es su hijo.


Señora le dice: —Hijo,

¿eres tú Adriano,mi hijo?

Cometí peor error

al abandonarte.Por crisis,

tu padrastro quiso venderte

a traficantes de órganos.


Yo enloquecí; necesitábamos

dinero, él se empeñó 

en sigilosa idea, planeó

secuestrarte con su clan, 

descubrí su plan, 

en su vortex digital 

mientras se duchaba,

jamás lo hubiera perdonado.


Decidí llevarte a otra ciudad

y dejarte para que alguien

te encontrara y te diera

latidos de vida.


Él responde: —Me dejaste

en mismo infierno,

ahí donde sufrí momentos

más dolorosos de existencia.

Pero ahora tengo familia,

esposa que ya no está,

y tres hijos.


Él conoce infierno

de sufrimiento humano,

desgaste, caída errante

de estrellas humanas.


Comprende que perdón

es alquimia del alma,

que transfigura rencor

en quantum de comprensión.

Su corazón hace torsión cuántica

hacia coordenadas del origen.


Señora posee mundo

de comodidades y fortuna

que fallecido esposo dejó

junto a hermano mayor.


Padrastro murió víctima

de ajuste de cuentas:

cometas de pólvora atravesaron

sienes, colapsando

su galaxia neural, chispas

de cabellos y mirada.


Momento de pavor

deshumanizado, atravesado

por sombras de Hades,

sorbiendo alma de su estrella.


Madre abraza a su hijo.

Él,anonadado, la abraza,

le pide coordenadas

para visitarla y acompañarla.


Fractal se pliega

sobre propio latido,

cada lágrima, multiverso,

cada abrazo, entrelazo,

ecuación cósmico-alquímica.


Amor humano sobrevive

a todos desgarros

de zarpas de Hades,

aquellos donde amordaza

almas en ego, devorándolas

lenta y súbitamente.


Corazones que sufren

heridas de crisis,

de guerras, de la hoz

de muerte desgarrándoles

esposas, hijos, aquellos

núcleos de felicidad,

dejando hondos vacíos.


Almateria del mundo,

estrellas humanas,

se reconfiguran en espirales,

hebras y cristales

que unen almaterias errantes

en constelaciones ondulares.


Y en centro del vórtice,

amor desborda y replica

perpetuidad de vida,

reflejo de destellos

de niño y mujer

en radiante calor estelar,

vibrando cual quarks eternos

en ojos de humanidad.


—Christian Aycho Carbajal


Poema dedicado a la humanidad.



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