II Canto a Dios
En el motor del multiverso
en la hélice más íntima
late un fulgor que canta,
late la vida en jade verde,
late el secreto de lo eterno.
En el núcleo de los cuásares,
tu espíritu traza círculos
radiante, perpetuo,
con espirales bailando
la sinfonía eterna cuántica.
Junto a ti, cada
latido a latido,
beso a beso,
sueño a sueño,
melodía a melodía,
canto a canto,
la vida es río sin orillas...
Desde el código sagrado
grabado en el spin del quark,
gracias por orquestar
el ser en el quantum.
En la tierra,
las flores celestiales
despliegan el edén sublime
en sus pétalos,
como supernovas
que cantan tu esencia,
el elíxir del tiempo.
Siembran los brazos
semillas en el rocío,
milagro de la materia
que ora tu nombre eterno.
El aurora acaricia
párpados y pieles
con su radiante destello,
la fe que germina,
el verso bebe del origen.
Sacía el cielo su sed
en alas verdes el soplo
que las almas escriben
en partituras sagradas.
Beben sueños de luz
en savia de memorias,
en latidos que tejen vida
en lluvia de hadrones.
En el tiempo, tu amor
es el verbo palpitante,
susurro perpetuo, suspiro,
las almas son filamentos
que encienden la fiesta
en el vals de las esferas.
Los cantos construyen
la matriz cuántica
en prismas vibrantes,
en imanes sagrados
Dios forjó su abrazo.
La unión de los núcleos
en el corazón estelar,
con neutrinos que bordan
quarks en el vacío constelar.
En las pupilas
de la multidimensión
Dios vibra en cada spin
en cada giro, en cada hélice,
en la piel y manantial de luces
del río vivo, astros que ríen.
Las almas trinan
sinfonías tiernas
que caldean los cuerpos
en alientos y éxtasis.
Las flores germinan
el fruto del elíxir vital
con el canto de su fuego,
en dulce néctar que alimenta
las almaterias, a su estirpe
en el código de las hebras.
Cada aurora un canto,
una alabanza, es el himno
a tu nombre, a tu gloria,
¡Mi Dios, te amo
en cada partícula!.
Como trino de alabanzas
que las almas elevan
con sus sutiles cánticos,
el éxtasis cuántico del quark.
En el pico del gorrión
la canción que nace
desde sus entrañas,
donde habitan células,
moléculas, quarks...
articulando melodías
de gratitud infinita.
Le cantan al Dios,
el río lumínico de la vida,
porque en cada vibración
ondula tu amor sin límites.
Mi corazón late la existencia,
late el tiempo sin pausa,
que tú, Dios, has encendido
con tu chispa inmanente.
Mi canto existencial
es el eco de tu sinfonía
en la acción de ayudar
en el amor al prójimo
en el umbral del alma,
en la plenitud,
en la escasez...
Cuando la aflicción
roza sus espinas
en mis latidos,
mi alma plasma
tu nombre en mi voz.
Y mi corazón escribe
el verso infinito del alfa...
Dios eres tú,
el latido universal.
—Christian Aycho Carbajal



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