Épica Cuántica













Érase una vez, en el umbral épico 

del nuevo capítulo interdimensional 

de la humanidad, aquella

donde se forjan los hombres 

en el fuego de la adversidad

en las duras batallas 

contra las tinieblas.

 

Existía un reino del multiverso 

sumido en la eterna lucha 

entre la luz y la noche de la 

nebulosa oscura.

 

La vida un combate constante 

contra bárbaros demonios

que amenazaban con apagar 

la luz, la chispa de la existencia, 

y solo los más valientes 

se atrevían a enfrentar 

el abismo y emerger victoriosos

 

Habitan familias corteses,

Bernardo un hombre recio,

de buen carácter, que estudio 

las ciencias y se preparó 

como espadachín en el ejército.

 

Fue convocado por el Rey Elión 

para proteger el reino y sus vidas 

partió a la guerra el soldado,

contra el imperio cruel y bárbaro,

 

Un hombre de 

consciencia elevada,

y empatía humana

que había jurado 

para siempre no rendir 

su corazón al amor.

 

Pues una innombrable llama, 

infiel, quebró con dolor 

su juramento, de no volver 

a enamorarse.

 

Creyó que su vida 

ya no necesitaba de amores, 

sino de otro quehacer,

luchar con honor, 

morir con gloria

por su rey, 

por su patria 

por su deber.

 

Se alistó entonces en la legión,

con las fuerzas de su designio

para frenar al invasor 

que había osado sorber 

la luz alquímica de su nación.

 

Fue ardua y feroz la batalla,

mas aquel hombre, en la refriega,

de la contienda, resultó el más osado,

salvó al rey de una lanza que iba 

a traspasar su espalda.

 

Aquel hombre luchaba 

con entrega total,

que salvó la vida 

de sus comandantes

y compañeros, 

un héroe de leyenda,

ensalzado por el Rey 

y sus comandantes.

 

Pero una flecha enemiga, traidora,

su antebrazo llegó a traspasar;

su savia lumínica carmesí,

el éter de su fuerza merma,

mas el reino logró vencer

la más feroz batalla.

 

Pocos quedaron con vida, 

malheridos, en un campo

épico y trágico lleno de cuerpos

mutilados, descabezados, horadados, ...

donde la muerte extendió sus sombras 

y su esperanza pudo fenecer.

 

Mas cual espejismo en la llanura roja,

una joven con su familia apareció,

llegando a salvar a los soldados,

a esos cuerpos que el hierro desangró,

en charcos del éter lumínico.

 

Allí, una doncella enfermera, 

hermosa cual semblante 

de piel tenue y de rosa celestial,

su brazo sostiene con fulgor,

cura sus heridas con manos ligeras

y un torniquete ata, 

cortando con premura 

la tira de su vestido blanco.

 

Tras ella, sus samaritanos familiares

en carruajes llevan a los caídos

a un hospital para sanar los cuerpos.

 

Es operado el valiente soldado,

la flecha es por fin extirpada,

limpiando el óxido y la infección

que con fiebre lo había postrado.

 

Mas en su mente, la luz de aquella

enfermera no cesa de brillar,

cual estrella en su espejo cuántico.

 

Su corazón, herido, palpitaba

por el astro de aquella mujer,

pero la infección no se rendía,

y el dolor persistía en su ser.

 

Tras una semana de agonía,

oyó unos pasos que calmaban

sus latidos y sus jadeos, 

sus pupilas débiles, 

ardiendo en llamas de fiebre.

 

La puerta se abrió. 

una luz incandescente

unos cabellos de ángel 

colisionaron en sus pupilas,

de repente.

 

Era la enfermera Enira

Un saludo y en un silencio,

Se miraron cual almas 

que se reconocen desde 

un tiempo anterior al tiempo.

 

Ella preguntó por su dolencia,

revisó su brazo, vio la infección,

no te esfuerces, vas a recuperarte,

acarició su rostro con dulzura

con la alquimia bioeléctrica,

que enciende el núcleo latente.

 

Mientras ella curaba la herida,

él inició el diálogo que cambió

el curso eterno de sus latidos.

Y en ese acto simple, ella y él

quedaron para siempre unidos.

 

Fue un milagro 

ver la recuperación:

la infección sanó. 

El médico, atónito,

no salía de su asombro 

al ver una cura tan veloz,

cual alquimia mágica.

 

Quedó con verla, 

una cita que fue 

por la bella enfermera aceptada,

la que encendió de nuevo 

sus latidos.

 

El Rey buscó a su héroe insigne,

para honrar su valor y su entrega,

otorgándole tierras cerca del trono,

por haber salvado al reino entero.

 

El Rey convocó una gran ceremonia,

todo el pueblo fue invitado al festejo.

El caballero citó a su bella doncella,

la enfermera la dueña de su almateria.

 

Fue el momento cumbre de su vida,

esperar con ansia y suspenso

suspiro y latidos 

de sus quarks enamorados

que ondulaban sus latidos.

 

Y de repente el público 

murmura y en la puerta 

una bella estrella

tan radiante y divina,

que desde su ingreso al gran salón

del Castillo, brilló con luz propia,

acompañada de su padre.

 

El caballero aguardaba. 

El Rey anunció

el inicio del protocolo.

Ante la ovación de todos, 

le entregó títulos y honores,

por salvar la vida del Rey 

y del reino, nombrándole 

Duque Bernardo, y a su 

bella doncella, Duquesa Enira.

 

La ceremonia 

entonces continuó

con un banquete y 

con números artísticos,

y el vals sinfónico, 

la Sinfonía Cuántica.

 

Un beso mientras bailaba

selló el amor, el calor humano

en la gran fiesta Cósmica

donde los corazones,

danzan en el firmamento,

en el entrelazo cuántico 

de un sueño real,

 

Es la vida un sueño cuántico

donde el soñador y el sueño 

la almateria latente.

observando su esencia 

en el caleidoscopio cuántico.

 

los fotogramas plasmados 

por fotones que delinean 

la belleza de la sinfonía

holográfica, aquello 

que nuestras galaxias 

oculares contemplan. 

 

Somos el quark del 

cosmos observando 

desde la ranura del espejo

la hermosura de su reflejo

el espejo cuántico fractal

de nuestro multiverso.

 

—Christian Aycho Carbajal



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