Tratado 100
Donde gobierna la sombra,
la razón es un ciego,
un terco que se aferra
a unas pocas monedas
a cambio de vender
su almateria, su esencia,
su nación, su familia.
Y en la oscuridad,
se desvanece
sin dejar huella...
Eligen el mal menor,
¡vaya mal menor!
Sabiendo que
se avecinan futuros años
de crisis, de colapso...
Años de quejas,
de caos, de protestas,
de descontento social
para la nación,
para ahogarnos
en más y más crisis.
Utilizan narrativas
emocionales para ofuscar
la mente del pueblo,
sabiendo que las sombras
financian la careta
del oscuro ventrílocuo
faz demoníaca maquillada
que habla de democracia,
libertad, justicia social...
¡vaya democracia!.
La dignidad...
¡Qué dignidad!
La de quien traiciona.
Su vida vale un plato
de frijoles a cambio
de recursos naturales.
Aquellas riquezas
de la soberanía
que valen millones,
millones de platos
que alimenten
generaciones
de toda la nación.
Duele creer
que la esencia humana,
los valores morales,
aquella educación
de mamá...valgan
unas migas de pan.
Caen como presas
fáciles en el anzuelo
y en las fauces infernales
que cazan las almas
de nuestra humanidad.
Devoran las mentes
en los vórtices táctiles
que exhalan el humo
que secuestra sueños
y los convierte
en la oferta del engaño.
Cual incautos limosneros
por un centímetro de hilo,
dueños de madejas de oro,
de minerales, petróleo...
y abundante riqueza.
Educación, salud,
agricultura, vivienda,
ciencia, tecnología,
cultura, seguridad,
derechos...¡No!
Mantener y hundir
a los esclavos
del consumismo.
Y a quien saque
la cabeza fuera del agua...
¡Vaya explotación de
la riqueza"nacional"!
Desaparecieron lagunas,
ríos, manantiales, bosques,
derramando venenos en
cielo, suelo, agua...
Se levanta el pueblo,
clama el caudillo dictador:
¡Ya verán! Hora de sacar
a las fuerzas del orden,
desatando feroz violencia
y muerte contra el pueblo.
Quebrantan la Constitución
y cada norma, cual fascismo,
para controlarlos,
para sembrar delitos,
para enjaularlos.
Hundirlos más
en el mar de la miseria,
que se queden
como esclavos
otros cien años más.
La historia se repite
una y otra vez.
Las generaciones
repiten la debilidad
del abuelo, del tatarabuelo...
la tentación al soborno,
la traición al prójimo,
la misma humanidad.
¡Recuerden!
Nos quitaron
el Jardín del Edén
para convertirnos
en inquilinos
de aquello que era
de la humanidad.
Aquella tierra prometida,
un anzuelo tentador
escrito en sus templos,
un sueño inalcanzable
para el esclavo de hoy.
Mientras ellos disfrutan
caviar y faisán, tú te
conformas con un té
con galletas.
Ellos se deleitan,
ríen a carcajadas
en su banquete,
mientras tú oras
por un pan
que te alcance...
Tú pagas tus tributos,
te sorben tus pensiones,
devoran cada centavo
de tu sudor, tu esfuerzo
y tu sangre; tus sueños
truncados en el tiempo.
Mientras te dicen
que te conformes
con tu miseria,
que en el más allá
hay un paraíso,
mientras deleitan
el poder, la riqueza.
Tu sufrimiento
es su justificación.
Tu vida se deteriora
y llegas a tu último día
postrado en cama
en la indigencia,
en el olvido,
en el anonimato.
Mientras ellos aseguran
sus generaciones,
sus vidas y viven
en plenitud.
Derogan el bienestar
y aprueban el entreguismo
de la soberanía en bandeja,
deteriorando los servicios
públicos: pensiones,
educación, salud,
transporte...
Inventan fallas,
planean el caos,
te causan la herida,
la infección, luego
te ofrecen la cura
con servicios privados
para exprimirte más
y más dinero
del que tributas,
del que aportas...
No construyen hospitales
ni escuelas; servicios
públicos postergados,
tecnologías desfasadas
y destartalados.
No hay medicina,
no hay sistema.
¡Vuelva mañana!
Prefieren dormir
obras en parálisis.
Se alimentan del dolor
y hasta le devoran
la sangre al cemento,
convirtiendo sueños
en escombros...
No hay carreteras,
solo trochas de la muerte
con cráteres en el asfalto ,
y no hay rieles,
porque no les conviene
que el pueblo llegue
en masas a la capital
a revolucionar su gobierno.
El pueblo se muere
en la puerta de emergencia
sin que logren atenderlo.
El pueblo se muere
lenta agonía, estremeciendo
en silencio su dolor
y nadie escucha,
es cambio de turno.
El panadero, el artesano,
el pintor, el escultor,
el obrero, el agricultor,
el profesor, el estudiante,
la ama de casa...sienten
en la carne tamaña crisis.
Constriñen los estómagos
en hambre, en estrés,
en enfermedades
que destruyen sueños.
Del hospital a la morgue...
donde la humanidad
muere sin luz.
El cuerpo yace adolorido,
débil, jadeante, sin esperanzas...
conectado al suero
del fracaso de un sistema
devastador de la humanidad.
—¡Señor! Tiene que sacar cita.
—¡Tiene hijos!
—¡No tiene!
Aquel ciudadano
llegó solo con su mascota,
atado a la gélida silla.
y vuelve luego de una hora.
—¡Señor!¡Levántese!
— ¿Está dormido?
—¿Se murió?...
Así muere el pueblo
en las sombras.
¿Es este el futuro
de una nación?
Y aún creen
que los candidatos
pintados por los medios,
por encuestadoras
millonarias,
representan al pueblo.
Aquella nación humana
crea su propio infierno
de las manos
del mismo Hades
que les ofrece el cielo
en frutos diferentes
con el mismo veneno.
Pero ¡despierta!
Los gobiernos
no nacen del invento
de la farándula,
ni del espectáculo
ni del cómico influencer,
ni del más corrupto,
que baila en la impunidad...
Nacen del vientre
del pueblo y sirven
al pueblo, con el alma,
con cada latido,
con amor, con honor...
Aquella esencia alquímica
que nos entrelaza
a toda la humanidad,
consciente, ética...
por la evolución
de nuestra especie.
Con la única revolución
el abrazo cósmico a la humanidad
el entrelazo existencial
de la justicia interdimensional
cifrado en los núcleos
de todos los seres latentes.
—Christian Aycho Carbajal



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