Elegía a una Estrella
ampanilla celestial,
tu voz resuena
en la caja de mis latidos,
en el álbum de tus huellas
en cada caricia de mi rostro
en mi almateria.
Tus besos de néctar
fundían mis quarks
con tu luz alquímica,
tus luceros de almíbar
ondulaban mi aliento.
Millones de versos
solo condensan un quark
de tu infinita hermosura,
mi bella musa estelar.
Sellé en tus mejillas de luna
cada sueño de cristal
que reflejaban mi esencia
en el epicentro de tus latidos,
en tu almateria estelar.
Velo del sol, lumbre galáctica,
con la longitud del cielo
no logro medir tu dulsol,
batería de mi núcleo.
Mi cuerpo se desvaneció
en las sombras de tu adiós,
en la noche de piel gélida.
que ya no refleja tu radiante luz.
El columpio ondea su vacío
en el asiento fantasmal
con el jadeo frío del viento,
donde tu sombra aún susurra
en las hojas que colisionan
en mis pies enraizados.
Lágrimas que se funden
en el suelo gris de las cenizas,
en el cauce de mis grietas,
en el eco de tus pulsos,
en el fantasma de tus dedos.
Las hojas cambiaron
de verde al rojo de mi herida,
caen cual cometas en cada fotograma
que arde en mi velo neural,
y con cada una, muere en mi cuerpo
en lenta agonía,
al cruel abismo donde el olvido
se desintegra en polvo.
Cuesta respirar tus sombras
que me asfixian en ahogo,
en el arrebol de tu silueta,
que nunca más volverá.
Se desmorona la madera
como tu olvido,
la banca del parque que sostuvo
el abrazo de nuestras almaterias,
atesora el eco de un pasado
que se funde en el moho.
El umbral de mi puerta
ya no siente tu llegada,
mi reina, mi amor,
perdió la magia de tu luz,
los besos que fundían mi existencia.
La ventana perdió
su transparencia,
sus cristales saben a lágrimas,
a cenizas, a hierro corroído
que enfría mi habitación,
y el cadáver en polvo cósmico.
El sofá es un agujero negro,
un callejón de muros de espadas
que despedazan mi cuerpo
en giros abismales
sorbiendo mi alma en gritos.
El cuaderno de poemas
se quedó en el último día,
en el eclipse de tu olvido,
en el algoritmo que calculó
el byte exacto del virus
de tu sombría traición.
Dejé de escribir el tiempo,
en el diario disuelto
en la curva sin sentido,
sin aliento, sin latidos,
sin un rayo de tu luz
en este cadáver sombrío.
Las canciones,
la sinfonía cuántica
que solíamos entonar,
son sollozos desgarradores
que desnudan la piel del alma.
Son torbellinos de supermasivo
que me sumen
a las fauces del Hades,
averno ardiente,
calcinando mis cristales
en cenizas,
en un infernal otoño, sin ti.
Quisiera que escuches
las llagas de mis gritos,
que el piano y el violín
sorbieron en sus cuerdas iónicas
en su devastadora elegía.
Tu traición duele,
distorsiona mis quarks,
agrieta el cielo cuántico,
desangra el espejo de tu luz
en fragmentos astillados
de materia oscura.
Muerto al fin el cuerpo,
mis cristales cuánticos
se funden en los pliegues
de las raíces del árbol etéreo.
Volverán a renacer
en nueva estrella,
con luz de supernova
iluminando el sabor de tu reflejo
latiendo este entrelazo existencial
por toda la eternidad.
—Christian Aycho Carbajal
Poema dedicado al amor,
aquel amor que un día
encendió mis latidos.



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