III Canto a Dios
El color del elíxir
del éter lumínico,
el candor del alma
se oye en cada canto,
en el tejido ondular
de los instrumentos
de las arpas resonantes
en el clamor, en el amor
que narran la historia.
En las memorias
en los espejos de los quarks,
en los velos estelares,
campaneando los ecos
en el mantra de la belleza
que levita las alas
de la almateria,
alzando sus alabanzas
a Dios en cada latido.
Las culturas humanas,
la flora, la fauna, estelas...
han desarrollado,
a lo largo del tiempo,
domar el viento
con sutiles melodías
que enternecen y
estremecen los latidos,
las galaxias neurales
y las membranas
del intrauniverso.
No dejes, Dios mío,
que las sinfonías lozanas
de las culturas humanas,
de nuestra naturaleza
de nuestra almateria
se extinga en guerras,
holocaustos, polución...
Los seres humanos
protegeremos cada cantar
desde los quarks,…los tardígrados
la flora, la fauna, la
humanidad,...
los púlsares, ...los quásares.
Sus vals, sus sonatas
sus trinos, sus gorjeos
sus susurros, sus rugidos
sus jadeos, sus suspiros...
son la explosión
de los colores,
de las melodías,
aromas, sabores, tacto,...
de la belleza sublime.
Infillones de átomos
ondulan tu atmósfera
con fiestas de hadrones;
pianos, violines, tambores,
zampoñas, quenas, tinyas...
Pincelan el holograma
en sus rostros la moral,
los sueños, los anhelos
la sincronía sinfónica
interdimensional.
Las finas voces del alma,
el regalo sagrado y divino,
reactivan la materia pulsante,
ondeando el multiverso
en la celebración épica.
Tus quarks navegan soñando,
y contemplando cautivados,
con cada pulso, cada sonido,
cada fotón, cada calor,
en el firmamento de
las posibilidades.
La expresión del mundo
cuántico se proyecta
en los neuralquímicos,
en las carcajadas de la felicidad,
en la Sinfonía Cuántica,
de tu partitura sacratísima.
Gracias, Dios nuestro,
en nombre de todos
con cada pulsación,
y por cada latido,
por ser la energía
que ondula el centro
gravitacional del alma.
Tú eres quien late
en cada corazón,
en cada núcleo,
de hasta el mínimo
ser pendular latente.
Tú eres la esencial
luz y onda primordial,
el programador total
de nuestro omniverso
cuántico-etereal.
Te dedico mi cantar,
y que todas las sinfonías
sigan meldunzando
a la vida, al omniverso,
a las estrellas, al amor...
Porque eres tú la vida misma;
eres tú el entrelazo cuántico,
el amor desde una flor,
desde la abeja, del colibrí...
desde el ATP, desde el ADN;
eres el polen, el perfume,
el aroma, el sabor, el néctar...
Eres la fuerza de los púlsares,
el ósculo de la Luna,
el ardiente abrazo del Sol,
el pliegue de la Pachamama
en la sístole y la diástole
de las estrellas y quásares.
La fuerza que nos hará
amar más, la vida mía
y la de todos los seres vivos,
tus hijos, los núcleos
lucernitentes vivos.
Eres tú el paisaje estelar,
el arrebol, la aurora boreal;
eres el canto que levita
los latidos y los anhelos,
más profundos de mis
nostalgias cuánticas.
Porque eres el júbilo
que llena el vacío
del palpitar samaritano
en la ayuda al prójimo.
Porque eres, Dios,
la luz que guía mis noches
cuando la angustia,
el dolor, las sombras,
nublan la visión
de mis cristales.
Eres tú el cálido abrazo
que llega en otro ser humano,
el refugio en una persona
cuando siento desfallecer.
Eres tú mi conciencia,
nuestra luz y
energía primordial
que nos motiva a cuidar
la vida de todos,
Tu eres el arquitecto
en nuestra conciencia
en nuestra almateria
que reconstruye y fortalece
el Arca y el Edén Cósmico
en el presente terrenal
por toda la eternidad...
En el lienzo constelar,
donde las almas se entrelazan,
mi mayor huella será,
el eco de mis latidos
que resonaron en el prójimo.
Cuando renazca en otro cuerpo,
y mi alma vuelva a latir,
tu entrelazo mi Dios,
será el canto de otras almas,
que reflejen los ecos de tu amor.
Ayudé a tus hijos
a salir del abismo infernal,
para encontrar latidos
de esperanza, y ahora,
en el silencio, mi corazón
late con gratitud.
En cada latido, una oración,
en cada eco, un reflejo de ti,
mi alma canta tu gracia,
y se eleva hacia la eternidad.
¡Gracias, Dios mío!
por mi razón existencial,
por la vida.
Amén.
--Christian Aycho Carbajal



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