Réquiem de los latidos
Su alma frágil y errante
jamás había planeado
vivir sin su amada,
su único centro, su sol.
Como aquellas otras almas
con cristales fracturados
que se desangran en silencio.
Aquel pulsar de esperanza
que encendía el brillo
de sus quarks oculares,
observando la constelación
bajo la nebulosa
del olvido eterno.
El viento desgarra
sus sales lacrimales
en ríos bajo sus mejillas
ahogado en el polvo cósmico
de un álbum fundido
en amnesia existencial.
Las luces del astro radiante
ya no alumbra su camino,
la niebla ha consumido
su galaxia neural
y los portales
de su intrauniverso.
Su elíxir cuántico
ha sido devorado
por el frío espectro
de la deshumanización.
Aquella fina luz
que fingía ser amor,
era el ángel de la muerte
que le inoculó
dantescas pesadillas
de esquirlas
de sufrimiento y agonía
en su éter carmesí.
Su corazón fractado
late ácido ardiente
tóxico primordial
que corroe la médula ósea.
Un mensaje en el móvil:
un golpe seco...
cierne recuerdos
de palabras de amor
en latidos machacados.
En el eco de un rincón
yace una voz
bajo el cristal del ahogo
sin que nadie oiga.
Las mentiras que sabían
a chocolates, a promesas
a viajes, a mascotas,
a sonrisas consentidas...
Se disolvieron
en el cadáver cual prisión
de un ataúd, atado
a los clavos pérfidos.
El alma reza su último salmo
en coplas de llanto,
en latidos fúnebres
que exhalan luto
bajo los nimbos
de la traición.
El poema
llora versos negros
de sangre
en contralatidos
disfuncionales, sin paz.
El silencio truena
lamentos fríos
en avalanchas de nieve
que sorben latidos
tosiendo témpanos de hielo.
El humo derramó
su mirada eterna
en astillas, en cenizas
en hielo, en ajenjo.
Una sonrisa serena
brilla en el rocío
de sus labios,
la noche ríe
la ironía súbita.
En cada grieta arde
la sal de la estrella
que colapsa en
el ríos de llagas.
Colapsados en la piel
en el rostro muerto
de miradas sin horizonte
sin aliento existencial.
El éter carmesí
ondula sin fuerzas
en sus conductos
pulsantes sombras
del desencanto.
Es vino amargo
de hierro, hiel y sal
que funde heridas
en el velo del alma.
Su boca esconde el secreto,
pero su voz y su cuerpo
liberan gritos cósmicos
de la tortura fiel,
El dolor desgarrador
fuego en llagas del esófago
corroen sus arterias,
hasta infectar sus huesos.
Y en cada grito interestelar
bajo el cristal impenetrable,
sólo encuentra como respuesta
el vacío de las miradas
que observan el nicho
pasando cual ríos, sin destino.
Cantan las flores
la savia del réquiem
en grietas rotas
sobre la lápida fría del mármol,
Profiriendo noscánticos del adiós,
más que a los latidos del amor
y a la sinfonía de la vida.
Somos almas rotas
que pasamos el tiempo
buscando la cura
para nuestras grietas,
Llenando el vacío
con lágrimas de dolor
con el sudor del esfuerzo,
para muy poco sonreír.
Y en el mármol gélido
de un desolado octubre,
yace una nota extraña
que alguien escribió
con tinta de eternidad:
“Observa a tu lado,
a tus radiantes almas distales
tú brillas en sus reflejos,
el calor de tus latidos,
sigue vivo en ellos.
Vive y ama cada momento,
tu legado sigue ondulando
el entrelazo en sus corazones,
el abrazo existencial
por toda la eternidad.”
--Christian Aycho Carbajal



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