V Canto a Dios











Una energía pulsante

en la savia lumínica

en el elíxir alquímico 

en el barro del quantum

germinó todas las especies.

 

En diferentes capas 

de un cuerpo estelar

cuyo núcleo vibra en todas

las escalas o capas del vasto

multiverso interdimensional.

 

La sinfonía cósmica

estrellas, púlsares, 

sol, luna, bordan 

con sus pulsos y luces

vibrando el latido

de los velos, el aliento 

de las almaterias.

 

Las capas del multiverso

corresponden a núcleos

del mismo germen,

bajo su propio

entrelazo cuántico.

 

Cada capa es una galaxia

con sus propias leyes

sujeta al lazo del ayni,

un sistema existencial

en el cimiento de la

conciencia cuántica.

 

Cada núcleo latente

de cada arpa cuántica

es un cubo cósmico

del tejido cósmico 

interdimensional 

de las especies.

 

Todos los cubos

resuenan en sus pristales

la savia lumínica

que anima la rotación

del eje en cada capa.

 

Todos los seres desde

los quarks animados,

átomos, moléculas,

células... quásares,

somos la suma de la

ecuación luz de la vida.

 

Somos núcleos

de la eterna red cuántica

del vibrante río cósmico,

cada especie es importante,

porque late el multiverso

en sus venas.

 

Cada especie posee velos;

si un núcleo se desprende

del arpa sinfónico, 

culmina su razón

existencial en la capa.

 

Si por alguna extraña razón

falla uno de los géneros

en sus constantes del ADN

o simplemente empiezan

a morir, la capa se extingue.

 

La desaparición de una capa

genera la grieta cuántica,

el abismo en los fractales,

la desconexión forja sombras

absorbidas por un supermasivo.

 

La consecuencia

es catastrófica:

a más capas extintas,

los fenómenos

se hacen más tangibles,

más trágicos.

 

La torsión inicia

en la extinción

de las especies

que rompe el equilibrio,

la sinfonía cuántica

de nuestra naturaleza.

 

Cambios climáticos

pueden generar

calentamiento global

o glaciación, liquidando

núcleos y desgarrando 

el velo existencial.

 

Un grito que nadie escucha

yace en la zozobra

que devora almaterias

en la penumbra nebular.

 

Croa la rana incubadora, 

croa en el silencio,

la quagga y el rinoceronte 

negro lloran el lamento

en la amnesia 

de egoísmo humano.

 

El delfín de río chino

es el eco de un silbido

en la memoria 

de la Pachamama,

en el lienzo de las sombras

de la extinción...

 

Es tanta la ambición desmedida

del hombre que generó

una crisis sin precedentes.

La tierra se secó, sumida

en una sequía devastadora.

 

El hambre y la desesperación

se apoderaron del hombre,

llevándolo a cometer actos atroces,

hasta caer en la barbarie

del canibalismo humano.

 

Todo esto fue consecuencia

de su inconsciencia

y egoísmo existencial.

 

La tierra es un hogar

de todos, pero el hombre

ha ido sembrando el colapso

de las especies fundamentales

 

con la invasión, tala, minería...

y la codicia desmedida

por recursos e inconsciencia

que por su misma existencia.

 

Aquellas almaterias

importantes en el engranaje

entrelazado: enlaces, 

giros, rotaciones,

y equilibrio del cosmos.

 

Por cada día que pasa 

son más latidos

borrados del paisaje estelar:

doscientas especies 

de flora y fauna, 

que se desvanecen 

en el infierno 

de nuestra inconsciencia 

sin dejar rastro.

 

La humanidad

es una capa más

en el entretejido

de los interquarks,

un ser extraordinario,

capaz de reconocer

su conciencia cuántica.

 

Amar cada especie,

reconociendo la importancia

de proteger y respetar

sus espacios, sus entrelazos,

su linaje, en el Arca Cósmica.

 

Somos conscientes

de construir el Edén Cósmico,

un nuevo mundo

para preservar nuestros latidos,

en el latido más grande

de la creación,

el latido cósmico de Dios.

 

Y volverán las manos 

del hombre a abrazar,

a besar a sus hijos, 

a sembrar las semillas

de la vida en los pliegues

de la Pachamama y

del firmamento constelar.

 

A proteger cada latido,

cada jadeo, cada suspiro,

eternizando el palpitar 

del entrelazo de Dios,

cada ser, la esencia, 

el elíxir de su amor 

su creación más sagrada, 

¡La vida!.


--Christian Aycho Carbajal

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